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Caminan por encima del techo 4

14/05/2009 19:52 1 Comentarios Lectura: ( palabras)

Recuerdos mòviles, borrosos; sentimientos desconocidos y una inocencia que pugna por sobrevivir.

 

  CAMINAN POR ENCIMA DEL TECHO 4

 En las mañanas los caminos que bajan de la montaña al pueblo se encuentran lodosos debido al rocío que cubre como un brillante velo todo el pueblo y sus alrededores. Mas entrada la mañana el sol endurece las calles tornándolas polvorientas.

Por uno de esos caminos se distinguen dos hombres que vienen caminando de vez en cuando cruzan unas palabras mientras entran al pueblo, el cual despierta y los comercios abren sus puertas como decenas de ojos somnolientos que al final, en movimiento dispar, quedarán abiertos mirándose a sí mismos.

 

Ernesto, el mas alto y delgado de los hombres, trae el sombrero de paja inclinado hacia atrás dejando ver su frente amplia y con algunos rasguños. Es un joven de Veintiún años que en sus movimientos y mirada denota audacia y astucia; pero también algo de ingenuidad típica de las personas jóvenes de su región. Camina a la par con Remigio que es Diez años mayor que él. Bajo, de espalda ancha y ojillos penetrantes como los de un mono Babuino; además de un sombrero viejo de fieltro, lleva su ruana recogida en la parte de adelante, dejándola caer hacia atrás como una capa. Ambos caminan y miran a lado y lado a las personas que no parecen notar su presencia, ocupados en sus quehaceres matutinos.

 

- Venga, echémonos una cerveza que acabaron de abrir la tienda – Dijo Remigio a Ernesto, que simplemente siguió a su compañero y entraron en el establecimiento. Bajaron dos sillas que estaban encima de una mesa, se sentaron en ellas y con un silbido, Remigio le indicó al dueño que atendiera. – Dos cervezas – Dijo levantando la mano y mostrando dos dedos simultáneamente.

- ¿Qué va a hacer ahora; se va para la parcela? – Pues sí – Dijo Ernesto – pero primero voy a visitar a mi mamá que trabaja por aquí. – El tendero en silencio puso las dos botellas sobre la mesa y se fue en seguida a seguir con sus labores detrás del mostrador.

- Oiga ¿será que su mamá no tendrá algo pa desayunar?; es que yo voy a ver a mi  mujer y los hijos pero todavía me queda lejos – Preguntó Remigio después de pasar un gran trago de cerveza. – Pues, voy a preguntarle – contestó Ernesto, bebiendo de su cerveza también. Remigio se limpio la boca con la mano y mirando hacia una pared que tenia colgado un almanaque cuya imagen era una casa junto a un río, dijo como para sí – Esa vaina de andar buscando… - Se calló un momento, volteó sus ojillos penetrantes hacia Ernesto – A mí no me parece que haya necesidad. ¿Usté que opina? – Ernesto tomo otro trago de cerveza, respiró fuerte por la nariz y mirando el pico de la botella dijo con desgano – Yo no opino nada, ahora estoy cansado. Y bueno, si uno come vacas, ¿Por qué no asar terneros? – Remigio lo miró fijamente y le sonrió dejando ver unos dientes incompletos y desportillados. – Así es como debe ser. Estaba viendo si me iba a ayudar o no. Recuerde que esto no depende de mí tampoco. Pero vaya a donde su mamá que yo me tomo otra y lo alcanzo allá a ver si hay desayuno, aquí yo pago. – Dándole una palmada en el hombro y con un movimiento de cabeza le indicó que se fuera.  Ernesto se levantó y caminó hasta la puerta, allí se detuvo unos segundos para mirar de soslayo a su compañero que ya golpeaba la mesa con la botella para llamar al tendero.

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Caminó por la calle polvorienta  rodeando el parque; tuvo que detenerse y sentarse en una de sus bancas para sacudir su pie derecho y sacar una piedrecilla que se había metido entre la suela de su alpargata y su pié. Conseguido esto, prosiguió su marcha. Llegó frente a una gran casona pero no tocó sino que rodeó el lugar hasta una pequeña puerta de madera que daba paso a un patio con un gran árbol.

 

Ya la estufa de leña estaba encendida en sus cuatro fogones en los que hervía agua de panela en una olleta y agua en otras ollas. Graciela observaba a Elodia pelar unas papas y echarlas sobre una olla grande puesta sobre la mesa. - ¿Quiere mas pan o agua de panela? – Preguntó Elodia. Por una natural timidez  rechazó la oferta con un gesto de su cabeza, a pesar de que en realidad si quería más.

 

Una joven de cabellos rubios, rizados y desordenados entro en la cocina, con aire somnoliento le preguntó a Elodia si había café; ella le indicó la olleta que estaba en un costado de la estufa, la muchacha tomó una taza de un anaquel y se sirvió. Al salir rascándose la cabeza, reparó en Graciela, pero como quien observa a un gato o a un pollo; luego su mirada pareció atravesarla y salio de la cocina cruzando el zaguán en dirección al interior de la casa. – Señora, ¿Quién es ella? – preguntó Graciela señalando con el dedo a la joven que se alejaba en bata lentamente. – Ah, una de las que trabaja aquí – Dijo Elodia sin poner mucha atención - ¿Cómo usted? – Interrogo Graciela. El rostro de Elodia se puso más severo y sus ojos se abrieron mirando fijamente a la pequeña. – No, niña, yo no hago lo mismo que ellas.- Graciela asintió con la cabeza y guardó silencio un instante. - ¿Por qué?, ¿luego, ellas que hacen? – Volvió a inquirir. Elodia la ignoró un instante como para desembarazarse de la pregunta, pero los ojos de la pequeña seguían fijos en ella esperando la respuesta. - ¿Se acuerda de la señora Margoth?; la que la trajo aquí. – La niña afirmó con la cabeza. – Bueno; ella es la dueña de esta casa y aquí… se… trabaja. - ¿Cómo así, que hacen? – preguntó Graciela  mirando con sus ojos marrones fijos a Elodia. – Pues, hacen… fiestas – Dijo Elodia dando por terminado el tema. - ¿Fiestas? Nosotras con mi mamá vinimos al pueblo unas veces y mi mamá no sabía que aquí había fiestas. – Pero seguro su papá sí. – Dijo Elodia en un murmullo, mientras lavaba en un balde las papas que acababa de pelar.

 

¿Mamá? ¿Papá? Quería saber donde estaban, quería ir a buscarlos, pero su mente se llenaba de imágenes distorsionadas y una sensación de inmovilidad la invadía  como si su cuerpo no le respondiera. No entendía. Escucho los pájaros cantar en el patio; sus silbidos formaban una polifonía difícil de seguir; le pareció que el canto de un pájaro era más fuerte y su melodía era más corta y repetida.

Los ojos de Elodia se iluminaron y su cara y su cara mostró felicidad. Secándose las manos con el delantal salio de la cocina apresurada, no sin antes advertirle a Graciela que no se moviera de allí y que no fuera a tocar nada. Atravesó el patio rodeando un gran árbol hasta una pequeña puerta de madera; los silbidos de alguien al otro lado la traían; corrió el cerrojo de metal y al abrir la puerta, allí estaba Ernesto sonriéndole. – Hola mamá – le dijo mientras la besaba en la frente. – Hijo – Contestó Elodia mientras tomaba su cara entre sus manos y luego lo abrazaba. - ¿Qué pasó? ¿Otra vez se fue para allá? – Ernesto entró y cerró la puerta sin asegurarla. – Uno tiene que hacer algo, mamá, y además, después de que uno empieza no puede decir que no. Pero tranquila que yo me estoy por aquí un rato y luego me vuelvo a la finca. Tengo hambre, ¿tiene algo? – Despacio fueron atravesando el patio hacia la cocina. – Ernesto, coja pa otro lado o siga en la finca, no se vaya mas para allá. ¿Qué saca con eso? – Ay, mamá ustè no entiende. O son ellos o nosotros y vea que tenemos unos unos cerquìta. Antenoche tocó podar por allá cerca de la hermosa. – Elodia palideció y sus ojos sin querer miraron hacia la cocina. - ¿La hermosa? ¿Antenoche? Pero es que acaso… - Si, ya se había trabajado hacia ese lado pero no por allá. ¿Hay desayunito, mamá? – Dijo Ernesto entrando en la cocina. – Ya le frito unos huevos. – Respondió Elodia. Ernesto no había visto a Graciela porque estaba sentada en el piso, fuera de su vista; pero al oír que iban a preparar mas comida, la niña se puso de pie, con la intención de ser tomada en cuenta en la repartición de las viandas. – Uy ¿Y esta? ¿Trajeron una muchacha con hijos? – Dijo Ernesto mientras soplaba un poco de agua de panela que su madre le había servido. - ¿Cuál es su mamá? – Pregunto Ernesto a la niña. – No, mi mamá no es de aquí, nosotros vivimos en… - Hágame un favor niña – interrumpió Elodia – tenga esta escoba y vaya barra el patio, ahora voy y miro – y empujándola con la escoba en la mano, la sacó de la cocina. – No es hija de una de las muchachas pero es la sobrina, parece que la mamá esta enferma, no sé. – Elodia puso el sartén al fuego y empezó a batir unos huevos en un recipiente. – Ah, mamá, vengo con un compañero. ES que nos pusieron a hacer una cosa, que a mi no me gusta, pero toca. – El corazón de Elodia se contrajo mientras, sin mirar a su hijo, echaba los huevos en el sartén. - ¿Y que es? Digo, hijo, si me quiere contar. – Ernesto se acomodó junto a su madre y sirvió una taza de café. – Es que, como le dijera; nos dijeron que fritáramos las gallinas, pero también los pollitos iban en el plato. – El corazón de Elodia latía fuerte y una sensación de tristeza la embargó. – Ay, hijo, la compañía de esa gente lo ha puesto a hablar mas raro; yo no le entiendo. – Aunque si entendía. – mamá, aquí uno se acostumbra a no llamar las cosas por su nombre. Quita cargos de conciencia, dicen. El acaso es que se nos fueron dos pollitos y tenemos que llevarlos al asadero. Por lo menos tengo que buscarlos. - ¿Y su compañero? – El si creo que disfruta haciendo eso, yo le tengo hasta miedo. – Dijo Ernesto mientras ya saboreaba los huevos que le había servido Elodia. – Voy por la niña esa a ver si ya acabó. – Salió al patio y no vio a Graciela por ningún lado. Al atravesar el patio en dirección a la puerta, un escalofrío mezclado con repulsión le subió del estómago hasta el pecho al ver en el umbral de la puerta a un hombre bajo y fornido acurrucado acariciando la cara y los hombros de la pequeña, que lo observaba inmóvil, petrificada. Al percatarse de la presencia de Elodia, el hombre solo levantó la mirada y posó sus ojillos penetrantes en los de la mujer. – Buenos días. ¿Usted es la mamá de Ernesto? 

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Tuata (7 noticias)
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Masterx (16/05/2009)

Porsupuesto que sigue gustando, espero la proxima publicación