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Crónica marciana

17/08/2009 02:11 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

William Chaves es el director de un grupo de investigación sobre ovnis. Entre seguidores y críticos, este hombre dice que tiene un mensaje cósmico y comunicación directa con los extraterrestres

Qué sucede cuando se mira demasiado el cielo?

La voz algo carrasposa del hombre al otro lado de la línea suelta frases a ritmo de avalancha, como si la llamada se fuera, dice muchas cosas en poco tiempo, cosas que a veces cuesta entender. "A las siete", apunta y pone la cita en una dirección que repite tres veces. Cuelga. William Chaves es un hombre singular. Habla de ovnis, de mensajes cósmicos, de encuentros con razas interplanetarias, de conspiraciones. Habla y algunos lo escuchan, otros lo ridiculizan. Sus detractores lo acusan de charlatán y él encoge los hombros y repite con vehemencia: "¡Esto es serio, es científico!".

Son las siete de la noche y en la puerta hay un cartel en el que se lee OVNIS y Congreso Internacional para el III milenio. Dos extraterrestres miran desde la inmovilidad de una foto y desde adentro emergen otros seres más terrenales: dos mujeres y tres hombres que preparan el pequeño auditorio, que en realidad es una especie de capilla acomodada en el salón comunal. Entre imágenes de Cristo con el corazón en la mano y de alienígenas cabezones que miran el infinito, William, el director del grupo de investigación ufológica Contacto Ovni, se mueve con una agilidad que contrasta con esos kilos que inflan su camisa: revisa el video beam, toma nota de los asistentes, da instrucciones. Está en todas partes. Su humanidad se agita y su boca resopla. Transpira. Luego detiene el torbellino en el que él mismo se convirtió y, casi como un reto, suelta: "¿Quiere ver un ovni?"

Entonces Jaime Medina, que parece ser la mano derecha de Chaves, pide silencio con expresión severa, como anunciando el advenimiento de una epifanía hecha video, en la que aparece un objeto metálico con una luz verde que lo traspasa. La cámara hace un zoom que lo deja en primer plano y el aparato, bastante nítido para los estándares de grabaciones de naves extraterrestres, impresiona a los asistentes, que irradiados por la luz del proyector se asombran con mandíbulas y ojos muy abiertos. William señala la nave y asegura que es la mejor captada y que fue grabada en Bogotá, en el humedal de Córdoba. Tiene una sonrisa triunfal. Es una de las últimas adquisiciones para su archivo lleno de fotografías viejas, en las que aparecen puntos sobre el firmamento, siluetas borrosas y 'sospechosas' que él guarda en una vieja carpeta que lleva adosada (siempre) bajo el brazo.

El salón se puebla con 21 personas que se acomodan en pupitres de madera y metal y que pagaron 10 mil pesos (cada uno) para asistir a la conferencia, de los que 3 mil van a las arcas de la arrendataria del salón. Atrás, Myriam Arce escucha al ufólogo. Ella es la subdirectora del departamento de investigación, al menos así es reportada en la página del grupo (www.epagos.com/contacto-ovni). Delgada, con el pelo largo y entrecano, la mujer que fue publicista y que ahora mantiene sus ojos apuntando al cosmos, se apura a explicarme que para entender lo que veré y escucharé en esta conferencia debo tener claro el contexto, que inicia en los mismos albores de la humanidad, cuando los alienígenas ya estaban paseando por este pequeño planeta. Entonces comienza a hablar de Egipto, de India, de la América precolombina, de libros sagrados y ruinas. Descubre lo que según ella son evidencias encriptadas en el pasado, que va anunciando con un entusiasmo propio de motivador profesional. "¡No te imaginas todo lo que se ha descubierto!", dispara. Y parece cierto, pues para una mente escéptica todo parece un asunto que rebasa la imaginación.

Por eso es, quizás, que Myriam presenta al médico Roberto Hernández, como garantía de ciencia en un terreno en el que la especulación es materia prima. Es un hombre mayor, de mirada extraviada y que suda como gaseosa congelada en tierra caliente. El hombre sonríe con amabilidad, se sienta y declara que no solo es médico, sino que también es músico y que tiene un diplomado en astronomía y un magíster en Administración de salud. Anunciados los títulos, alarga la mano hacia una bolsa y saca su Reseña histórica y científica, que habla del campo energético humano. Entonces comienza con explicaciones laberínticas sobre la luz con la que vibra cada ser, sobre cómo la ciencia hace descubrimientos sobre la energía humana y sobre las conexiones con los extraterrestres. Explicaciones que, debo admitirlo, entendí muy poco y que el médico soltaba ante un interlocutor que, para el caso, tenía una expresión cercana a la de un lobotomizado.

Y todo se pone más complicado, más raro. Las personas empiezan a relatar sus experiencias, sus teorías. Juan Carlos, uno de los ponentes de la conferencia, habla de los linajes cósmicos, de nuestra ascendencia interplanetaria, de los universos paralelos, de la Atlántida, de naves de plasma. Mientras que una mujer intenta aclararme lo que el hombre dice y con un dibujo explica que un electrón puede estar en varios lugares al tiempo. En eso, afirma el expositor, se basa parte de la tecnología alienígena, en la capacidad de traspasar dimensiones. El auditorio permanece en silencio. Asintiendo. Maravillado. Flota en la brea espesa de una teoría que reúne física, suposiciones, contactados, ovnis & Co.

Yo quiero creer

Vuelvo a encontrarme con William en una cafetería cerca a su residencia. El hombre viste como siempre: Saco oscuro, corbata a medio anudar, camisa en tono pastel y mocasines. Podría ser un personaje de ciencia ficción, un detective en retiro al estilo de Philip K. Dick, de esos que han librado demasiadas batallas, pero que cuentan pocas victorias. Solo que William no suena como un hombre derrotado, sino todo lo contrario, él habla con una seguridad que linda con el fervor y tiene una sonrisa que se acomoda frecuentemente en su cara y su mirada, cuando explica su labor como ufólogo, es brillante, como la de un niño que cuenta sus aventuras.

Se sienta y pide un cruasán y una gaseosa. El lugar huele a pan quemado. Da un mordisco y explica que su primer ovni lo vio a los 12 años de edad, en 1976 a las 12 de la noche. Recuerda que estaba haciendo una tarea y oyó un sonido parecido al zumbido y una voz que le decía que saliera. Obedeció el mandato, fue a la terraza de su casa y vio varias naves de distintos colores. La impresión fue enorme, por lo que desde entonces, dice, el tema de los extraterrestres lo apasionó y a los 17 años ya daba conferencias en el garaje de una casa en el barrio La Soledad con sillas prestadas, algunas películas de astronomía y un puñado de videos de avistamientos.

Ahora tiene las sienes plateadas, es ingeniero de sistemas y director de su grupo de investigación ufológica. Su hoja de vida la repite como una letanía: ha sido asesor de programas de televisión, ponente en varios congresos nacionales e internacionales, investigador de cientos de casos de avistamientos y abducciones, además de autor de un libro. Incluso ahora también tiene algo de activista ambiental, pues dice con mucha preocupación que por el cerro de Huika pasará un poliducto que, según el, amenazará el ecosistema del lugar.

Jamás se casó ni tuvo hijos. Le pregunto por su soledad. William da otro mordisco al cruasán que se descascara. Se queda un momento en silencio y luego asegura que se ha enamorado varias veces, pero no ha podido consolidar una relación duradera, pues no es sencillo que una mujer acepte su particular afición. Sonríe tímidamente, mira por la ventana y dice, con algo de humor, que tiene un amor cósmico. Hay algo profundamente conmovedor en el lado más terrenal de este hombre, que afirma que ya no le preocupa que lo critiquen, porque lo suyo "¡es serio, es científico!".

La verdad está allá afuera

Ahora William tiene una cachucha que baila mientras aletea con sus brazos. El sol está pleno. Hay calor y afán. La peña de Huaika, un lugar entre las montañas de dos pequeños pueblos de Cundinamarca (Tabio y Tenjo), espera. 40 personas equipadas con carpas y cámaras, que se agolpan en la acera a la espera del bus intermunicipal, todos dispuestos a capturar una imagen, a tener un recuerdo sobrenatural. Todos atraídos como polillas por las luces de los supuestos ovnis. Una suerte de turismo intergaláctico tiene su punto de partida a la salida de Bogotá.

Pero William es claro y gruñe cada vez que alguien dice que va a ver platillos voladores, pues asegura que la salida no se trata de eso, que él no puede prometer avistamientos y que aquel que acuda con esa expectativa puede salir muy defraudado, aunque, por supuesto, no niega la posibilidad de ver dichos fenómenos. Digamos que deja la puerta entreabierta. Igual, la mayoría parece guardar un férreo optimismo que se incrementa con cada historia, con cada anécdota de avistamientos, con el recuento de los contactos logrados en un lugar que ya es mítico en los círculos paranormales.

Mucho se ha hablado de este lugar. A principios de los 90, un campesino de la región dijo que fue raptado por los extraterrestres. El hombre desapareció en Tenjo y apareció en Pitalito (el titular en su momento lo anunció como: "De Tenjo a Pitalito... en ovni"), contó su historia, desfiló por los noticieros y usó su efímera fama para autoproclamarse como sanador milagroso, hasta que el fraude fue expuesto públicamente. Más tarde un programa de televisión conducido por el periodista Roberto Tovar Gaitán, investigó los fenómenos allí ocurridos y emitió una serie de informes sobre las extrañas luces que danzaban en el cielo. Incluso William Chaves escribió un libro al respecto llamado Huaika, la puerta de los dioses, en el que cuenta, entre otras, sus experiencias que van desde avistamientos a contactos directos con alienígenas.

Luego de 45 minutos en bus y 40 mil pesos, los asistentes se disponen a recorrer la trocha que los llevará hasta donde acamparán, justo abajo de la montaña que se ha convertido en escenario de eventos celestiales de toda laya. El ufólogo señala la peña y explica que en el lugar existen ciertas características 'geomagnéticas' que lo convierten en un portal. Por eso, los que hoy se estrenan en este tipo de travesías, como Jairo y Eduardo -sonrientes, amables, en tonos ocre y con equipajes tan grandes como su curiosidad-, se emocionan como infantes, mientras que los más avezados, como Jaime y el médico, parecen tomárselo con una seriedad casi litúrgica.

A la llegada, las personas instalan sus carpas y se disponen a comenzar una sesión de meditación dirigida por Chaves, que no solo es el líder de la excursión, sino que también es un contactado, lo que en el argot paranormal quiere decir que se comunica con los que él llama "hermanos mayores"; lo que, por supuesto, le da un estatus distinto y acaso superior al de los demás participantes. Por eso Jaime dice con convicción: "yo he visto ovnis, pero William es un contactado", como explicando la importancia de aquel hombre que resopla después de la caminata y que ahora intenta reunir a la gente disgregada en un círculo.

Son las seis y media de la tarde y el aire helado llena los pulmones. William, finalmente, logró recuperar la atención de las cuatro decenas de personas, que se sientan sobre la grama húmeda. El hombre reparte fotocopias que muestran un platillo volador y un título que se anuncia como: "La verdad de los contactados". Y dice que esta salida tiene como fin estar en unión con la naturaleza y abrirse en mente y espíritu. Luego vuelve a advertir que es posible que no aparezcan naves, pero que de aparecer "por favor, no griten ni corran".

Su público asiente, todos cierran los ojos, siguen las instrucciones de la voz ronca que les indica que visualicen una luz azul, una nave. Luego les ordena que se metan en ella, que sientan su interior, que la toquen -todos alzan sus manos y palpan sus paredes imaginarias-, que respiren profundo, que se conecten con la tierra, con el mundo 'intraterreno'. Hace una pausa y dice que "si vinieron aquí es porque fueron llamados", luego añade: "No están aquí por casualidad, sino por..." y los asistentes, como un obediente coro colegial, completan: "por causalidad". A 30 kilómetros al noroccidente de Bogotá, a cuatro de Tenjo y uno de Tabio, un grupo de personas un poco aletargadas y con cándidas sonrisas se prepara para conectarse con el universo.

Aquí han llegado hombres y mujeres de todas las edades y procedencias unidos, quizás, solo por la intención de encontrar respuestas venidas del cielo. Hilda, por ejemplo, es una mujer mayor que cuenta que desde que vivía en Estados Unidos el tema le apasionaba y por eso siempre ha estado en la búsqueda de aquellas extrañas luces en el firmamento. Claudia, con su acento de cachaco tradicional, asegura que cuando ha venido a Huika a meditar ha sentido que rejuvenece y que incluso los negocios (gracias a aquello de la energía) ahora marchan mejor. Jaime, que es ejecutivo de ventas publicitarias, afirma que desde la niñez sintió un llamado, pues cuando vio La guerra de las galaxias supo que allá arriba había más que rocas flotando en el infinito.

Entonces William, parado en medio de aquel círculo humano, como una especie de guía cósmico, eleva la vista y dice que el cielo se está abriendo. Las cabezas de su auditorio también se levantan. Es una señal o, al menos, puede serlo. Entonces permite que el círculo se rompa. Algunos sacan sus cámaras con la esperanza de capturar en una imagen alguna luz extraña y bailarina, que confirme lo que ya parecen creer sin dudas.

No pasa mucho tiempo hasta que un hombre moreno y joven muestra sus dientes y se agita y da pequeños brincos y señala la diminuta pantalla de su cámara y dice que hay algo muy raro en ella. El hombre le muestra la imagen a William. Es una foto oscura de la montaña en la que aparecen pequeños círculos traslúcidos, que el ufólogo de inmediato califica como "orbes"; es decir, bolas de plasma de origen, claro, extraterrestre -también podrían ser solo partículas de polvo iluminadas por el flash, pero esa teoría resulta poco válida e incluso descabellada en este escenario-. Tres minutos después, los flashes destellan por todas partes, como en un frenesí digno de alfombra roja, y ahora todos han logrado fotografiar "orbes" que muestran con orgullo.

Cada nueva foto se convierte en un argumento instantáneo para asombrarse, en una prueba irrefutable y digital de la vida más allá de este planeta. Un nuevo destello y alguien grita exaltado "¡¿lo vieron?!" y otro le dice que sí y un tercero y cuarto lo confirman. Todos vieron una nave en el cielo, menos yo. Entonces abro los ojos, sin pestañear para no perderme de nada, con la intención de asistir a ese espectáculo sideral, pero no veo nada, aparte de la conmoción de un grupo de hombres y mujeres extasiados con la idea de que los alienígenas estén de visita aquí, en Cundinamarca.

La noche enfría las carnes, las bocas expelen su delgado vapor y las manos buscan entibiarse con la fricción. Son las nueve. Filiberto, el fotógrafo que me acompaña, apunta su lente a la luna y aprieta el botón. Clic. No ha visto nada ni tampoco tiene razones poderosas para hacerlo más allá del ocio. La fotografía revela muy poco aparte de un reflejo blanquecino, que es evaluado por Jorge, un hombre de barba gris, parche en un ojo y bufanda. Su figura, en medio de la oscuridad, parece la de un informante secreto, como una versión ecuatorial de Garganta profunda. El hombre mira, se frota el mentón y dictamina que se trata de una nave "bioplasmática". Luego asegura que este tipo de fenómenos son los que quieren encubrir los gobiernos y comienza un discurso sobre conspiraciones y redes de ufólogos que quieren exponer la verdad.

Una mujer interrumpe las laberínticas explicaciones y muestra tres dedos, que representan el número de ovnis que ha visto en la última hora. Está emocionada hasta la médula. Realmente todos parecen compartir el sentimiento. Entonces William explica que este lugar está conectado con otros portales alrededor del mundo. También dice que existen 182 especies de extraterrestres que nos visitan y que eso lo ha establecido a través de cientos de testimonios que ha analizado con detenimiento.

La gran paradoja es que aunque William repite con frecuencia que esto no es una cuestión de fe ni dogmática, sí tiene muchos de los elementos del misticismo e incluso de la mitología religiosa: seres superiores, las señales de origen cósmico, incluso los poderes de los contactados que -según las fotocopias que nos entregó- desarrollan, entre otras, facultades de sanación, su intelecto se incrementa y hasta se vuelven más atractivos para el sexo opuesto.

"Las pruebas están aquí", afirma William y añade que en septiembre de este año sucederá algo que les cambiará la opinión a muchos escépticos. Luego dice que tantas personas, testimonios y fotografías no se pueden ignorar. Está convencido de que una nueva era se avecina, una en la que él tendrá la razón y los que no creen serán los verdaderos locos. Quienes lo escuchan mueven su cabeza afirmativamente y yo, en medio de aquel grupo, me siento extraño, como un extraterrestre.


Sobre esta noticia

Autor:
Manrrique (26 noticias)
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Nota de prensa
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