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Cuba: ¿democracia o culto a la personalidad?

15/05/2018 02:01 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Un análisis sobre la supuesta realidad democrática cubana y el papel del culto a la figura de Fidel Castro

En las oscuras brumas del olvido intencional han quedado las ideas de Alberto Lamar Schweyer, quien sin dudas puede clasificarse como el pensador cubano más reaccionario. En su Biología de la democracia afirma que es la raza la base fundamental del sistema político. Siguiendo su orden lógico, la población cubana, nacida de la monarquía española y de la organización tribal africana, “genéticamente” no tiene apoyo alguno para la democracia: sería la dictadura la forma de gobierno la que se adecuaría a nuestra herencia biológico- cultural. En cualquier discurso, incluso en el más oscurantista, existen elementos que deben ser escuchados, una vez apartada su hojarasca. Más allá del racismo y el biologicismo ramplón inherente al razonamiento de Lamar Schweyer, una pregunta central se mantiene: ¿estamos listos los cubanos para el ejercicio democrático del poder? ¿Hemos cuestionado el fundamento cultural heredado que nos puede condicionar políticamente? ¿Cómo ha sido nuestro devenir al respecto?

¿Por qué esta pregunta? Por la función que ha tenido el culto a la personalidad en los últimos cincuenta años de la sociedad cubana. Sin dudas no hay otra manera de hablar de la idolatría a la imagen de Fidel Castro. No interesa la dimensión histórica de la figura, sino su apoteosis. Esta imagen cuasi divinizada hace que este líder se considere infalible, que sus decisiones no se cuestionen, lo cual, por supuesto, tiene un correlato político importante: se traduce en la legitimación del poder unilateral ejercido sin óbice alguno. Verbigracia, la extraordinaria unanimidad en las votaciones de cualquier índole en cualquiera de los diferentes niveles de los órganos legislativos, más aún en los ejecutivos, sobre todo en sus más altas esferas como la Asamblea Nacional. ¿Es posible tanto acuerdo, incluso dentro del rígido seno de un Partido único? ¿Es creíble?

En todas las escuelas y centros laborales una inevitable fotografía o pintura de Fidel Castro nos mira, a la vieja usanza del Gran Hermano orwelliano. Desde la infancia se te educa para que digas Fidel, sin apellido, en un acto de forzada familiaridad, a pesar de que su vida privada ha sido cuidadosamente rodeada por un halo de misterio. Basta mirar la televisión cubana para comprobar que los constantes productos audiovisuales en los cuales la imagen de Fidel Castro es recurrente, rodeada de todo un halo de omnisciencia: se le considera autoridad tanto en las ciencias médicas como en la informática o en la biotecnología. Parece que ningún proceso histórico de los últimos sesenta años ocurrió sin su guía. Sin embargo, fue el pueblo cubano el que alfabetizó a los que aún no sabían leer, fue el pueblo cubano el que murió en Girón; fue el pueblo cubano el que estuvo en peligro en la Crisis de los Misiles (cuya solución, como el decimonónico Tratado de París, fue negociada entre las potencias participantes, para las cuales Cuba solo era un lugar estratégico). Fue el pueblo cubano el que participó en las guerras africanas de liberación, siguiendo ciegamente un criterio injerencista en procesos políticos y militares que no nos implicaban de manera directa (miles no volvieron, los miles que regresaron aquejados por síndrome de estrés postraumático vagan por las calles, olvidados, muchas veces alcoholizados, veteranos sin gloria de batallas ajenas: ¿solidaridad internacionalista o representación de intereses expansionistas soviéticos, de los cuales Cuba era un satélite por su dependencia económica y política?). Ha sido una cifra indeterminada de personas del pueblo cubano las que han muerto ahogadas en el Canal de las Bahamas o en las selvas latinoamericanas buscando de manera desesperada irse del país (a propósito, ¿dónde se podría encontrar el dato de la cantidad de emigrantes cubanos muertos? ¿Quién la tiene? ¿Quién la busca? ¿A quién le importa?) . Ha sido el pueblo cubano el que ha sufrido las penurias propias de una crisis eviterna que no parece auspiciar su fin.

¿Por qué es la imagen del líder la que recibe los sahumerios, máxime que el principio del proceso presupone que es del pueblo y para el pueblo? ¿Quién erige al líder como el representante vitalicio de los intereses del pueblo? ¿Cómo el pueblo se olvida de sí mismo para seguir durante medio siglo, con ceguera de rebaño, los dictados de un líder único, a quien se le considera imbatible? ¿Cómo no se le ocurre a ese mismo pueblo cuestionar que, una vez que ese líder decide que no puede continuar el ejercicio del mando, traspase el poder a su hermano como propio, como dinástico, sin que medie consulta popular? Sobre todo cuando es ese pueblo quien vive y sufre en nombre de la democracia. El propio Fidel Castro sentó una pauta en Palabras a los intelectuales: “Dentro de la Revolución todo, contra la Revolución ningún derecho.” Una manera edulcorada del “conmigo o contra mí”. Pero incluso, dentro de esa lógica dicotómica, lo que debería legitimar a esa Revolución es que responda a los intereses, necesidades y sueños populares: de no ser así pierde su sentido. ¿Quién determina la manera en la que el proceso político de los últimos años responde a estos intereses, necesidades, sueños? No hay otra forma de encontrar si esta “revolución” aún es legítima que apelando a la cotidianidad popular, a esa vida del común en el día a día, a la satisfacción de las necesidades siempre crecientes del ser humano. La legitimidad de un proceso político no se puede sustentar en la adoración supersticiosa a un líder ya muerto o en citar sus discursos como si fuesen la verdad revelada en sagradas escrituras.

¿Quién erige al líder como el representante vitalicio de los intereses del pueblo?

Una contraposición tan marcada entre el líder y las masas a las que “representa” no es nueva. Es la que ha existido entre el stalinismo y la gran población soviética, también en Yugoslavia, en Rumania, en Hungría. Sucede en Corea del Norte. Todas han sido variaciones regionales del mismo tema. Sobre estas “masas” no se ejercía el terror físico directo, se lograba por otros medios, entre los cuales la apoteosis de la imagen del líder jugaba un papel central. Como bien señala Hannah Arendt, quien no es publicada ni estudiada en Cuba (es interesante como en un país que se vanagloria de su educación superior no exista la carrera de Ciencias Políticas), el gran acierto de los movimientos totalitarios europeos fue reclutar a las personas hasta ese momento apáticas, aparentemente indiferentes, escépticas ante la filiación partidista y al margen de esos partidos oficiales. Con esto sacan a la escena política a quienes nunca habían aparecido antes, con la doble ventaja de introducir sin reparos métodos nuevos y la indiferencia absoluta ante los argumentos de los adversarios políticos y los códigos morales al uso; sobre todo el individualismo burgués se considera punible. A estas grandes masas escépticas e introducidas por primera vez en el juego político se le puede pedir cualquier sacrificio, a fin de cuentas no tienen patrón de comparación. Esa era precisamente la mejor caracterización de la sociedad cubana de antes de 1959, lo cual fue muy bien aprovechado para erigir el pedestal de un liderazgo todopoderoso; curiosamente cualquier otra figura de autoridad y popularidad que eclipsara la de Fidel Castro desapareció de una forma u otra en menos de una década.

En Cuba se aprendió mucho del caído campo socialista, aunque nunca se logró pasar al nivel creativo del aprendizaje, quedándose solo en el reproductivo: con unas masas recién incluidas en una organización sociopolítica sin precedentes se logró la replicación de un sistema cuasi totalitario al que se le sumó una política militarista permanente, que creara el pánico ante la constante posibilidad de agresión por parte de un supuesto enemigo externo y sus “representantes” internos. Se introdujo un principio de vigilancia social constante, cuya máxima representación son los Comités de Defensa de la Revolución, cuerpos de vigilancia barriales, que ahora en sus estertores finales, se presentan con total desparpajo como “sociedad civil”. Se crea la situación ya descrita en la Política de Aristóteles de que cada ciudadano desconfíe de su semejante, sembrando en realidad la desunión atomizante ante cualquier propuesta alternativa. No se habla en contra de lo establecido por miedo a la tácita condena al ostracismo social. Cualquiera puede delatarte. Se instala así el curioso mecanismo de la autocensura, tan característico del pueblo cubano y tan naturalizado. Lo curioso es que el Estagirita, maestro de Alejandro Magno, considera que esta desconfianza es uno de los rasgos esenciales a la hora de caracterizar una tiranía. Encima de este andamiaje de sutil coacción se erige entonces la mesianización del líder político, incuestionado e incuestionable. No podemos confiar en nuestros vecinos, no es posible la elaboración conjunta de soluciones alternativas, solo nos queda esperar por la dirección que viene “de arriba”, como se suele decir en un interesante giro lingüístico. Incondicionalidad, compromiso, son las consignas utilizadas.

Es curioso que una parte de la izquierda internacional toma la imagen de este líder dictatorial como un símbolo emancipador: ¿por qué? Si no conocen la forma de gobierno ejercida por su ídolo, si tampoco consideran que las medidas verdaderamente revolucionarias fueron tomadas solo en los cinco primeros años de los sesenta, cuando hacía falta convencer a la masa. Porque este líder se presentó a sí mismo como el caballero andante enfrentando sin claudicaciones a un anticristo personificado en los Estados Unidos: nadie se pregunta por el sacrificio de las millones de vidas que significó este enfrentamiento cuyo único resultado parece haber sido la gloria al líder. Hambre, renunciamiento, decepción, falta de aspiraciones y de condiciones elementales para la subsistencia, emigraciones masivas, ahogamientos en el Canal de las Bahamas, desesperación, para las masas; para el comandante, las elegías. Las medidas del gobierno estadounidense solo lo hicieron parecer más heroico. El profuso derramamiento de sangre en las dictaduras militares latinoamericanas opacó este otro tipo de poder tiránico, mucho más sofisticado, camaleónico, sutil, por tanto, más longevo y en apariencia, menos cruento. A esto se le suma el mito de la “desinteresada” solidaridad cubana con el tercer mundo (que representa jugosos dividendos para la economía del sistema además de legitimar una imagen de buen vecino y de falsa prosperidad, donando recursos de los que a menudo la población carece). Añádase la ardua labor en las relaciones internacionales: sería interesante indagar sobre la causa de la exuberante cantidad de misiones diplomáticas y el costo de las mismas para un país que sin dudas no es una potencia económica. También sería interesante contrastar las declaraciones cubanas ante las Naciones Unidas con la realidad sociopolítica de la Isla.

A riesgo de parecer ingenuo se lanza la pregunta: esta apoteosis tan elaborada, ¿a los intereses de quién responde? ¿Quién, de verdad, se beneficia con eso? La respuesta es: el propio líder, quien pone –o puso, como es el caso- su interés fundamental en la perpetuación del poder y a las instituciones que respondan a los intereses de la burocracia que sostenga este sistema sociopolítico. No es vano que en estos momentos en los cuales el panorama político cubano se va marcando por la acidia y la desesperanza que se apela tanto a la figura del ya extinto líder: los detentores históricos del poder (los mismos) luchan con sus viejas armas para dar legitimidad a un estado de cosas hace muchos años insostenible. Sin embargo, la brecha generacional es cada vez mayor: lo que funcionó otrora se muestra inútil. Luego de años de repetición monótona de que lo válido es el autosacrificio y el renunciamiento de sueños y aspiraciones personales en aras de un futuro dorado para la humanidad, el resultado es un cínico escepticismo ante ese evanescente porvenir, el renacer de un individualismo voraz o en el peor de los casos, de un desprecio ante el valor de la vida evidenciada en la alta tasa de suicidios. El aniversario sesenta de la Revolución cubana se acerca peligrosamente y esa cifra ha demostrado ser apocalíptica para sistemas similares, con casi idénticas fisuras. Cualquiera que sea el rumbo que se tome no es la falsación ideologizada de la realidad y la promesa de un luminoso futuro proletario lo que garantizará la realización de los verdaderos intereses del pueblo. Sin embargo, ¿está listo el pueblo cubano para tomar las riendas de su destino? La vieja pregunta de Alberto Lamar Schweyer queda en el aire: ¿somos capaces de ejercer la democracia? ¿Sabemos siquiera qué es el poder democrático?

En todas las escuelas y centros laborales una inevitable fotografía o pintura de Fidel Castro nos mira, a la vieja usanza del Gran Hermano orwelliano

Roberto Garcés Marrero


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Autor:
Roberto Garcés Marrero (2 noticias)
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