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El fin del puritanismo

07/03/2018 13:58 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

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Dicen que un fantasma de puritanismo feminista recorre el mundo artístico por culpa del movimiento #MeToo. Artistas de distintas disciplinas han dado un paso al frente para defender la libertad sexual en peligro. Pero... ¿y si, sin saberlo, los puritanos fuesen en realidad quienes han salido a combatir ese supuesto renacimiento de la moral puritana?

Puritanismo es la palabra de moda desde hace semanas en los medios de comunicación, concretamente en el ámbito de las artes y la cultura. Hay muchos escritores, periodistas, guionistas... proclamando su preocupación por lo que consideran una "ola purificadora" contra la libertad de creación y expresión y un ambiente de "sociedad totalitaria" que persigue la libertad sexual e impone un modelo de buen comportamiento sexual similar al de la moral victoriana. Un centenar de mujeres, artistas francesas, capitaneadas por la escritora y marchante de arte Catherine Millet, abrieron la espita publicando un manifiesto contrario al movimiento #MeToo (que denuncia el acoso sexual sufrido por las mujeres en el ámbito profesional), surgido a raíz del caso del productor de Hollywood Harvey Weinstein. En él afirmaban que las feministas exageran confundiendo la seducción y la galantería con los ataques sexuales, y defendían el derecho de los hombres a "importunar" y el de las mujeres a disfrutar de ser el objeto sexual de un hombre si se les antoja.

La señora Millet, en una tribuna titulada "La mujer no es solo un cuerpo", ha seguido ahondando en su cruzada contra el fantasma del puritanismo feminista que supuestamente recorre el mundo artístico, y lo ha hecho de una manera que resulta paradójicamente muy puritana, destacando la supuesta capacidad innata de las mujeres para soportar las relaciones sexuales que les desagradan a través de la abstracción mental, y apelando a la doctrina cristiana de la distinción entre cuerpo y alma y la prevalencia de ésta sobre la materia corpórea. Si esto no es puritanismo, se le parece mucho, aunque por haber "perdido la cuenta de las pollas de desconocidos que atrapó al vuelo por las calles de París", tal y como la propia Catherine Millet relataba en un libro autobiográfico sobre su vida sexual, ella se considere en las antípodas de la moral puritana. Millet reivindica la condición de mujer objeto, y ¿qué es si no un objeto la mujer en la concepción puritana de la sexualidad? Un simple recipiente de fluidos y herederos, sin derecho a decir que no.

Veamos hasta qué punto Catherine Millet es puritana sin probablemente percatarse de ello. Como explicaba la historiadora Gerda Lerner en su obra más reconocida, La creación del patriarcado (un repaso por la construcción cultural de la dominación patriarcal), la civilización occidental se nutre principalmente de dos construcciones metafóricas: el monoteísmo hebreo y la filosofía aristotélica, que han constituido entre ambas la devaluación simbólica de las mujeres y su posición subsidiaria con respecto a los hombres. Las metáforas bíblicas sobre el género más influyentes salen del relato de Adán y Eva: la mujer creada de la costilla del hombre y la mujer como tentadora que provoca la caída de la humanidad. Durante dos milenios se han citado estos pasajes del Génesis como prueba del apoyo divino a la subordinación social de las mujeres, y así han influido en la definición de los valores y las prácticas sobre las relaciones de género.

Calvino, el teólogo que inspiró las doctrinas del puritanismo que tanto se está sacando a colación últimamente, interpretaba así las enseñanzas del Génesis: "La mujer no fue más que un añadido del hombre. Dentro del orden natural la mujer debe ser la que ayude al hombre. Ella es un mal necesario, la voz de Dios la ha dado como compañera y asociada al hombre, para ayudarle a una vida mejor. Se enseñó a Adán a reconocerse en su esposa, como si se viera en un espejo, y a su vez a Eva a someterse gustosamente a él porque era de quien había salido". El texto de Juan Calvino, escrito hace unos cuantos siglos, parece la fuente de la que bebe ahora Catherine Millet: "¿Qué mujer no ha experimentado esa disociación de cuerpo y espíritu? ¿Quién no se ha rendido a su marido o su amante mientras tenía la cabeza llena de preocupaciones cotidianas? Yo incluso tengo una pequeña teoría al respecto: creo que la mujer (o el hombre) que recibe la penetración dispone de esa facultad más que quien penetra". La misma sexualidad androcéntrica que parte del hombre hacia la mujer, la misma sumisión de la mujer hacia el hombre, la misma distinción esencial del comportamiento sexual entre géneros.

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Si las ideas morales y religiosas sobre las que se asienta la civilización occidental vienen de la Biblia, las filosóficas vienen de la Grecia clásica. La Grecia de los siglos VIII al V a.C. era una sociedad de clases esclavista y totalmente patriarcal. Las atenienses no podían participar en la vida política de la ciudad y legalmente eran toda su vida menores de edad bajo la tutela de un varón. La función principal de las esposas era producir herederos varones y supervisar la casa del marido. Se imponía una estricta castidad prematrimonial y matrimonial sobre las mujeres, pero sus maridos podían disfrutar libremente de las gratificaciones sexuales con mujeres de clase inferior, las hetairas y las esclavas, además de hombres jóvenes. En ese contexto surgió el pensamiento griego, que coincide con la disociación entre cuerpo y alma, y la consideración del alma como superior a la materia. En la explicación que da Aristóteles sobre el origen de la vida humana, tres de las cuatro causas de ser eran atribuidas a la contribución masculina (al semen), mientras que la cuarta y menos importante, la materia, era la contribución femenina. Aristóteles postulaba que lo masculino es activo y lo femenino pasivo, exactamente igual que en la concepción de la sexualidad que se desprende de las argumentaciones de Millet.

No parece una casualidad que el hilo argumental de Millet case tan bien con los mitos fundacionales del patriarcado. Se consideran a sí mismos "políticamente incorrectos", pero su matriz de pensamiento es el pilar de la organización política y el orden social vigentes, esos que dan por sentada la existencia de dos clases de seres humanos, el hombre y la mujer, con una esencia, una función y una sexualidad diferentes y jerarquizadas.

No por haberla elegido voluntariamente, casi compulsiva y desesperadamente en portales, jardines públicos y orgías, como nos cuenta Catherine Millet en sus memorias sexuales, la sumisión al deseo masculino es menos sumisión. Lo que Millet plantea son "violaciones consentidas", que siguen este argumento: "si las consientes no te han violado, y por lo tanto no existe perjuicio y la mujer violada ya no es una víctima". De nuevo estamos en el "sometimiento gustoso" del calvinismo. Millet incluso se afana en repetir siempre que puede que lamente no haber sido violada para poder demostrar su teoría, que ella considera transgresora, pero que no es más que otra versión de la abnegación y la redención a través del sufrimiento físico de la moral judeocristiana en su versión neoliberal de libro de autoayuda y taza de Mr. Wonderful. "Si no te consideras violada, no te han violado" es algo que te puede decir cualquiera de esos coach sacacuartos que predican sobre la visualización y el pensamiento positivo. Mindfulnesspatriarcal.

Las feministas "inquisitoriales", entre las que orgullosamente me encuentro, combatimos ese falso empoderamiento: rechazamos el sexo por obligación y no nos conformamos con sexo consentido, lo reivindicamos deseado. Sexo con quien deseemos, cuando deseemos y, sobre todo, como deseemos. Reivindicamos nuestro placer, uno que no se limite a erotizar y vestir de liberación nuestro sometimiento sexual. Llaman "inquisición" y "caza de brujas" a que ahora también las mujeres podamos decir bien alto lo que nos gusta y lo que no, y "puritanismo" a que muchas hayamos escogido ser sujetos sexuales y no meros objetos. Puritanismo es precisamente la libertad sexual de los hombres ante el silencio de las mujeres. Por lo tanto #MeToo podría ser el principio del fin del puritanismo.

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*Carmen G. Magdaleno (@magdalenaproust) es asesora de comunicación y aspira a ser la C.J. Cregg de la política municipal. Escribe, dice, para (sobre)volar los límites de la ciudad amurallada en la que (sobre)vive. Se autodefine como partisana en prácticas contra el capitalismo patriarcal. Bloguera en lamagdaleno.com.


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