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El muro de Trump llevará su nombre y lo pagará, según el, México, y tendrá 3.200 kilometros y una altura de 24 metros

23/01/2017 05:33 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

De los 3.200 kms de frontera entre EEUU y Mexico, más de 1.000 están ya amurallados, con vallas metálicas y alambre de espino. El que quiere construir Trump llegará hasta el Pacífico, a playas de California. Lo quiere terminar, aunque cueste unos 25.000 millones de dolares

Si Trump quiere un muro, los 1.000 kilómetros existentes ya tendrá que destruirlos y superar además varios obstáculos legales y medioambientales que ni un presidente juramentado puede incumplir. 

A la derecha de la muralla está el desierto, con las llamaradas de los pozos que marcan el sur de la Cuenca del Pérmico. A la izquierda, a medida que la autopista se acerca a El Paso, también el desierto. Y, en medio de él, un muro de cemento. Éste muro incompleto no lo ha hecho Trump, existe ya. Mide 230 kilómetros de largo, y se extiende a lo largo del extremo Oeste de la frontera entre Chihuaha y Texas. Después, continua, con interrupciones, a lo largo de la línea que separa a EEUU y México en Nuevo México, Arizona, y California. En total, de los 3.200 kilómetros de frontera entre ambos países, más de 1.000 están ya amurallados, sobre todo con vallas metálicas y de alambre de espino, que hasta entran varias decenas de metros en el Océano Pacífico en una playa de California que separa a las ciudades de Mexicali (en EEUU) de la de Calexico (en México).

En otros 2.000 kilómetros hay una 'valla virtual', formada por sensores de infrarrojos, patrullas fronterizas en 'quads', todoterrenos, helicópteros y aviones, y una cantidad enorme de 'drones' (aviones sin piloto) que buscan con ojos electrónicos a cualquier indocumentado de América Latina que trate de cruzar la frontera. El ex gobernador de TexasRick Perry, nuevo Secretario de Energía, viendo la imposible tarea de Trump de completar el muro, ha propuesto que el muro que EEUU quiere construir sea virtual todo electrónico, de sensores y patrullas. Pero su idea no ha tenido éxito. Trump sigue diciendo que el muro de verdad de cemento se va a construir. Y que México va a pagarlo. El presidente de ese país, Enrique Peña Nieto, tras la jura presidencial de Trump, dijo que por supuesto México no lo va a construir, ni por lo tanto pagar.

Pero, dejando de lado la factura, ¿cómo puede ser el muro? Lo que hay ahora es una amalgama de barreras. En algunos tramos, hay hasta tres muros dobles. El presidente juramentado ha dicho que terminará  "un muro grande, enorme, bonito, infranqueable", y que además llevará su nombre. La Muralla de Adriano, el Muro que construyó Trump en Escocia, cuando era solo magnate billonario y no político, produjo escándalo en Gran Bretaña. De hecho, precisamente en Escocia Trump ya ha amurallado los alrededores de varias viviendas particulares para separar a los vecinos de su campo de golf, y encima les ha pasado la factura de las obras. No ha conseguido que le paguen, "y México tampoco lo va a hacer", declaraba hace semanas a uno de los afectados.  

El primer trabajo  de Trump es, pues, tirar abajo los 1.000 kilómetros que ya existen. O construir un muro junto a los que ya hay. Doble trabajo. Y doble gasto. Por no hablar de la cuestión burocrática. Hacer el muro entra en conflicto con al menos 7 leyes de protección del medio ambiente y del patrimonio cultural. Es ese laberinto legal lo que ha hecho que la ley de septiembre de 2006 que preveía la construcción de una valla de espino doble de 1.100 kilómetros en la frontera solo haya sido capaz de producir 40 kilómetros de barreras, en torno a la ciudad de Yuma, en Arizona.

Esa ley y otra de 2008 son las que, según Trump, le dan autoridad para construir el muro. Pero una cosa es la autoridad y otra el dinero. Destinar una partida presupuestaria es competencia del Congreso. Y ni siquiera los republicanos, que controlan casi el Legislativo, han dicho que vayan a aprobar fondos para el que sería mayor proyecto de infraestructura de EEUU desde el Plan de Autopistas Interestatales, que tardó 30 años en concluirse.

Trump, desde que asumió la presidencia el 20 de enero, ha dicho tres veces que la construcción del muro —no una valla, según subrayó alguien recientemente— es una prioridad nacional  que aunque señaló, en un principio, que la pagaría México,  ha pasado a decir que se usará presupuesto norteamericano que posteriormente, afirmó, reembolsará el gobierno mexicano, sin aclarar bien cómo. El muro al parecer lo construirán los reclusos. De acuerdo con CNN, el mes pasado el equipo de transición visitó el Departamento del Interior —encargado de supervisar la mayoría de los terrenos federales y la aplicación de las leyes ambientales— y cuestionó “cuánto tardaría en edificar el muro” teniendo en cuenta posibles obstáculos legales. Para acelerar la construcción, pretende recurrir a la Ley de Valla de Seguridad que el presidente George W. Bush firmó en 2006,  que autorizaba la construcción de 1.100 kilómetros de muros y barreras a lo largo de la frontera y que se mantiene vigente. Las políticas de Trump en cuanto a longitud se cambiarán para no perjudicarle.

El coste es imposible de calcular. El Gobierno de Obama estimó en 2009 que construir un muro metálico coronado de alambre de espino y concertinas, que es el tipo de barrera más común en fronteras, como en Melilla, en los 2.200 kilómetros que están sin vallar, iba a costar 5.100 millones de dólares (4.800 millones de euros). En febrero 2016, Trump dijo que su muro costaría " solo" 8.000 millones de dólares (7.500 millones de euros). En agosto, el presupuesto se elevó a 12.000 millones de dólares. La cifra más común que se baraja hoy en EEUU es de 25.000 millones de dólares (23.500 millones de euros). No es una cantidad grande para EEUU, pues apenas supone lo que gasta el Departamento de Defensa en 14 horas en Irak y Afganistán, pero, aun así, cualquier congresista ahora en la oposición, se lo va a pensar antes de dar el 'sí'. Porque, además, todo eso no incluye el mantenimiento.

El costo de construir esa valla —que podría ser más una cerca que un muro, según analistas—superará pronto los 25.000 millones de dólares. Y aunque Trump no repitió en su investidura, la amenaza que hizo cuando era candidato presidencial de que impondría impuestos a las remesas enviadas por los inmigrantes mexicanos, Peña Nieto dijo que trabajaría para "mantener el flujo libre" de esos fondos, que alcanzaron una suma millonaria en los primeros 11 meses de 2016. La moneda mexicana cayó esa semana hasta un nuevo récord  de mínimos después de una amenazadora conferencia de prensa de Trump, perdiendo 0, 9 % para ubicarse en 22, 20 pesos por dólar.

Todas esas especulaciones olvidan un hecho: Trump nunca ha dicho cómo sería de alto el muro. Al principio del debate de los candidatos republicanos a la Presidencia del 25 de febrero de 2016 dijo que el muro iba a tener una altura de "entre 55 y 65 pies" (de 16, 7 a 19, 8 metros). Al final del debate, el muro dijo que iba a ser de "80 pies" (24, 3 metros). Como referencia, la Gran Muralla China mide en promedio 7, 6 metros de alto, y el Muro de Berlín era de 5, 5. Según el director de la revista especializada 'Concrete Construction' (literalmente, 'Construcción de Cemento'), construir un muro de 24, 3 metros de alto con unos cimientos de 9 metros absorbería el 10% de la producción norteamericana anual de cemento. Claro que ahí México tiene mucho que ganar: la empresa con más plantas cementeras cerca de la frontera de los dos países es Cemex (Cementos Mexicanos), el segundo mayor suministrador de material de construcción del mundo, tras la francesa Lafarge Holcim. Cemex, llegado el caso, solo tendría que proveer los materiales. Así que no tendría muchos problemas y sí beneficios. Quienes no lo pasarían tan bien serian los que diseñaran y construyeran el muro, porque la obra tiene un riesgo legal considerable.Eso es una pesadilla medioambiental. Y otra legal en las que el presidente norteamericano no ha pensado, como no lo pensó en Escocia o para proteger su campo de golf. 

Los riesgos que el Congreso debe afrontar son muchos. El riesgo legal de levantar el muro supone que la muralla de Trump tendría que cruzar un río, el Colorado, e iría en paralelo durante más de 1.000 kilómetros a otro, el río Grande, que recibe en esa región varios tributarios.

Aunque apenas se ha hablado de ello, el aspecto jurídico es de mareo. Porque, si hay casi 2.000 kilómetros de frontera sin amurallar, en su inmensa mayoría en Texas, no es porque nadie lo haya pensado. Es porque en ese estado, al contrario que en Arizona, Nuevo México, y California, la mayor parte de los terrenos que lindan con Mexico son de titularidad privada, no pública. Eso hace que el Congreso tenga que decidir sobre su expropiación parcial, ya que las barreras entre los dos países están entre uno y cien metros dentro del territorio mexicano y, obviamente, México no va a dejar que pasen las excavadoras por su territorio. Expropiar y construir infraestructuras en EEUU es complicado, como bien saben las constructoras españolas que participan en las obras del primer AVE de ese país. 

Además EEUU es un país federal, y tiene una descentralización enorme. Los condados tendrán mucho que pensar acerca de por dónde exactamente pasa el muro y cómo lo hace. Los estados lo calcularán, todavía mejor. Y dos de los cuatro estados que cruzaría el muro de Trump son demócratas y están ahora furiosos: Nuevo México y California. Incluso aunque el Gobierno de Washington imponga su voluntad, necesitará dar garantías a las empresas constructoras, y profundos estudios de arquitectura para que no los lleven a juicio. De modo que era mucho más fácil prometer en los mítines "¡Construiré el muro!" que hacerlo. Convertir el eslogan en realidad no es imposible, pero sí puede ser mucho más largo y complicado de lo que parece.

Pero el esfuerzo ahora va más allá, pues el equipo de Trump está decidido a vencer cualquier obstáculo, incluyendo las leyes ambientales que protegen a las especies en peligro de extinción, así como la calidad del agua y el aire, entre otras cosas. A decir de un experto en leyes ambientales citado por CNN,  la nueva administración de Washington podría utilizar el Acta Real ID o Acta por un Auténtico Documento de Identidad aprobada en 2005, que impone mayores restricciones a la emisión de licencias de conducir y, a la vez, da al Departamento de Seguridad Nacional la autoridad de hacer a un lado reglamentaciones estatales o federales sobre medio ambiente si éstas obstruyen la construcción de muros o caminos a lo largo de las fronteras de EEUU. 

El documento que se avaló en principio para poder construir 5.5 kilómetros (más largo  que “el muro de seguridad de San Diego”), podría según los expertos utilizarlo la gente de Trump para evadir cualquier ley ambiental que pudiera obstaculizar la construcción del muro. De acuerdo con la organización ambientalista Sierra Club, el Acta Real ID permitiría hacer caso omiso de más de 30 leyes federales, incluyendo, según CNN, el Acta de Política Ambiental Nacional, el Acta de Protección a las Especies en Peligro de Extinción y el Acta Agua Limpia, entre otras.

Trump también renovó su amenaza de imponer "un impuesto fronterizo importante" a las empresas que envían trabajos a otros países como México. El magnate reconoció un reciente anuncio del fabricante Fiat-Chrysler sobre sus planes para impulsar inversiones en Estados Unidos, así como la decisión de Ford de cancelar la construcción de una planta de 1.600 millones de dólares en México.

Trump ha dicho que el objetivo es impedir el paso de “criminales y violadores”, que es como él llama a migrantes mexicanos, y de terroristas.

Los activistas anti-Trump critican la promesa y pronto organizaciones de más de 50 ciudades en Estados Unidos prevén participar en el Día de Acción Nacional de los Inmigrantes, con el propósito de enviar un claro mensaje a Trump, quien además del muro afirma que deportará a millones de inmigrantes indocumentados.Varios congresistas de Estado Unidos pidieron a jóvenes indocumentados, (los dreamers), que no tengan miedo a la deportación y confien en sus esfuerzos para evitarlo. Al amenazar con deportar del Norte (NAFTA, en inglés), Donald Trump convirtió a México en un asunto central de su campaña lo ganó todo. El vecino del sur no pudo, no supo, no quiso responder.

Todo ello por no entrar en lo más importante: desde 2008, Estados Unidos tiene un saldo migratorio negativo. O sea, que se va más gente de la que entra. Hay otro detalle que es casi un sarcasmo: entre el 50% y el 75% de los ilegales norteamericanos han entrado como Dios manda: por la aduana. Son gente que llega con visado pero después, no se va. Además el muro se alzará en áreas que atraviesan el Desierto de Sonora, donde al no haber apenas barreras, porque es peor que el Sahara y los pocos ilegales que se aventuran a pasar por él tienden a acabar en la morgue de Tucson, en Arizona, después de morir de sed. Y, según incluso algunos seguidores de Trump, ese desierto sólo será un negocio para las mafias de inmigrantes de la frontera. El presidente no tiene la menor idea de la geografía de su país, ni del mundo.Se guía por lo que ve en televisión. Porque el mayor punto de entrada de inmigración ilegal de Estados Unidos, que es el Aeropuerto Kennedy en Nueva York, seguirá funcionando sin ningún problema. 

Otro problema es la crisis económica de México. La industria automotriz es vital para México, el cuarto exportador mundial, y la mayoría de esa producción tiene como destino Estados Unidos. Peña Nieto rechazó cualquier intento de influir en los inversores extranjeros "con base en el miedo o las amenazas". Pero dijo que México estaba listo para discutir el futuro del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) que comparte con Estados Unidos y Canadá y que Trump quiere renegociar.

Peña Nieto se ha referido a sus propias demandas al nuevo gobierno de EE.UU., renovando llamamientos para que Estados Unidos detenga el tráfico ilícito de armas hacia México, que ha alimentado la violencia generada por el narcotráfico durante años y que Obama no logró cortar. También dijo que lo que Estados Unidos necesita bloquear es el flujo de fondos ilegales al crimen organizado. Pero los analistas advirtieron que en el mejor de los casos las negociaciones del muro y del TLCAN llevarán tiempo, tal vez años, ya que tienen que superar obstáculos en el Congreso de Estados Unidos y con los países involucrados en el proceso.

Fascinantes negocios en puertas

En un intento por comenzar con el pie derecho, Peña Nieto acaba de nombrar a su ex ministro de Hacienda, Luis Videgaray, como ministro de Relaciones Exteriores. Videgaray dimitió en septiembre 2016, después de la tormenta política que desató su papel en la controversial reunión entre Peña Nieto y Trump, cuando éste aún era solo candidato a la presidencia por los republicanos. "Este es un hombre que ciertamente tiene una visión estratégica, es un negociador, es un político transaccional por naturaleza", dijo Duncan Wood, director del Instituto de México en el Centro de Estudios Wilson de Washington. "Estas van a ser negociaciones complejas, fascinantes", añadió.

Principal mercado

El analista mexicano Luis de la Calle, quien estuvo entre los negociadores del TCLAN, en vigor desde 1994, dijo que muchos legisladores norteamericanos quieren proteger a las empresas en sus Estados de origen, señalando que México es el principal mercado de exportación de California y Texas. El gobierno mexicano "debe negociar como una nación seria, responsable y un país dispuesto a abandonar la mesa de negociación en caso de que Estados Unidos proponga algo que sea inaceptable", apuntó el analista De la Calle.

Se ha generado de manera explícita un sentimiento antimexicano en Estados Unidos que no existía antes o no daba la cara. Hoy día, dentro de amplios sectores de la sociedad norteamericana es aceptable ser abiertamente antimexicano. No antilatino ni antichicano, sino antimexicano: de allí vienen los violadores, los narcotraficantes, los asesinos, los hombres malos.

Asimismo, ha surgido el sentimiento anti libre comercio. Se volvió razonable ser crítico con los acuerdos de libre comercio pasados y futuros. Conviene recordar el tercer debate entre Hillary Clinton y Donald Trump, cuando en varias ocasiones este le espetó a su adversaria que "el NAFTA es el peor acuerdo que ha hecho Estados Unidos y tu marido lo firmó”. Hillary guardó silencio.

Estados Unidos tendrá que pasar encima de normas legales, ambientales y federales solo para empezar su tarea. Pero Trump tiene al ejercito y a la CIA de su lado

En tercer lugar, se ha legitimado un sentimiento antimigrante, distinto al antimexicanismo. Se refleja en el deseo de muchos de llevar a cabo deportaciones masivas, no sólo de mexicanos. La ira antimigrante que desemboca en la amenaza de deportaciones masivas se aplica a todos los mexicanos.

¿Cómo deben reaccionar los mexicanos? No disponemos de una opción seria de diversificación: ni China, ni Europa, ni América Latina. La respuesta es más integración, no menos. Una relación más estrecha, más intensa entre México y Estados Unidos y, en la medida de lo posible, con Canadá.

Hoy día, para amplios sectores de la sociedad norteamericana es aceptable ser antimexicano, pero empieza a cambiarse en el sentido opuesto, sobre todo en las mujeres. Primero, en materia de comercio, de salarios y de empleos, es preciso entender que si hay muchos perdedores con el NAFTA. Tal vez en ambos países sean minoritarios, pero se trata de minorías significativas. Para ellos, existen políticas de mitigación, de compensación, de apoyo, de capacitación que no se han puesto en práctica. Mientras su aplicación no ocupe un lugar primordial, se extenderá aún más el citado sentimiento anti libre comercio. Esto abarca también el tema de los salarios en México y de los empleos en Estados Unidos.

La lógica del NAFTA es infernal: que se mantengan bajos los salarios en México para que los empleos de Estados Unidos se desplacen a México y se incremente la competitividad de las empresas en América del Norte. Esto beneficia a ambos países, pero también los perjudica. En Estados Unidos hay quien pierde un buen empleo y lo ve sustituido con uno malo. En México se comprimen los salarios para atraer inversión norteamericana. A la larga, los dos países ganan en un registro, pero pierden en otro.

Parar a los centroamericanos o dejarlos pasar hacia el norte deber ser una ficha en la negociación de México con EEUU.

Debe haber una negociación entre México y Estados Unidos para alcanzar salarios más elevados mediante acuerdos mínimos en determinadas industrias o regiones, una por una. Se logrará una menor y más pausada hemorragia de empleos, fomentando la convergencia salarial de ambas sociedades.

El caso más obvio es la industria automotriz. Ocupa a más de 700.000 trabajadores en México, desde componentes hasta el ensamble final. Perciben salarios inaceptables: de 300 a 400 dólares al mes de promedio y al comienzo. Un empleado de la misma empresa en Michigan gana casi 30 dólares la hora: dependiendo del tipo de cambio y de horas extra, hasta 30 veces más. Esta dinámica es insostenible. Para cambiarla es indispensable saber con qué canicas contamos. Tal vez resulte más sensato buscar aliados entre las fuerzas opositoras, como el Partido Demócrata.

El presidente Enrique Peña Nieto ha optado por un acercamiento no contencioso con Trmp. Desde las elecciones lo que impera es el miedo. México tiene que apaciguar a Trump así. Peña puede contratacar. No ganará todas las batallas, pero puede elevarle el coste de sus políticas antimexicanas.

Sobre el NAFTA, México debe decirle a Washington que no quiere renegociarlo. Se pueden crear acuerdos secundarios para complementar el tratado y abordar nuevos temas o algunos viejos que no se incluyeron. Pero la renegociación debería ser inaceptable: abrir un proceso de esa naturaleza detendría el flujo de inversiones a México por un buen tiempo.

Si el Gobierno de Trump decide abandonar el TLCAN en respuesta, que así sea. Trump sería responsable de terminar con un acuerdo que ha durado 22 años y que, a pesar de sus defectos y decepciones, ha funcionado razonablemente bien. Muchos intereses comerciales estadounidenses y diversas fuerzas políticas, incluyendo numerosos republicanos, se resentirían. El daño a la economía mexicana sería significativo, pero superable. Una renegociación prolongada del NAFTA sería peor.

En cuanto a las deportaciones, también hay alternativas: seguir el ejemplo de la legislativa de California y la ciudad de Los Ángeles, que asignaron varios millones de dólares para apoyar a personas en vías de deportación con abogados, traductores y trabajadores sociales. Las probabilidades de ganar en una audiencia de deportación si se cuenta con un abogado se multiplican. El proceso es largo y doloroso, pero los californianos apuestan por la congestión del sistema jurídico migratorio para combatir las deportaciones. México debe hacer lo mismo. El Congreso debe aumentar el presupuesto de nuestros 50 consulados en Estados Unidos para más personal local, abogados, espacio en los medios para instar a los mexicanos en vías de deportación a pelear ante jueces de migración. El propósito: sobrecargar el sistema para disuadir a las autoridades norteamericanos de su locura.

Enseguida, de la mano de Honduras, El Salvador y Guatemala, México puede recibir sólo a deportados que Estados Unidos compruebe que en efecto son mexicanos. Los países del Triángulo del Norte pueden hacer lo mismo. Esto tendría que llevarse a cabo en Estados Unidos. Como muchos migrantes mexicanos no autorizados carecen de documentos, esta medida trasladaría el coste político y económico de la deportación de México a su vecino del norte. Las redes sociales transmitirían escenas de niños separados de sus padres atrapados en el limbo legal.

Pero al igual que con el rechazo a la repatriación voluntaria, la comparación no debe hacerse con el statu quo. Debe realizarse con los millones de deportaciones prometidas por Trump. A sus simpatizantes no les importará la consumación de esa amenaza, pero a muchos otros estadounidenses sí. Podría Trump abandonarla.

Sobre el muro, es absurdo que México diga que no le importa mientras no lo pague. El Gobierno mexicano debe oponerse a su construcción. Erigir un muro fronterizo es un acto hostil. El coste y el peligro de cruzar sin documentos se elevarían, lo que aumentaría el lucro y las rentas extraordinarias para las mafias del crimen organizado.

Una vez quen Mexico anuncie su oposición al muro debemos recurrir a todas las herramientas legales, ambientales, políticas, sociales, culturales y regionales para detener la construcción. Hay que movilizar a las comunidades binacionales en Arizona, California, Nuevo México y Texas contra la construcción del muro, hasta que el coste de perseverar con esa idea absurda se eleve.

Asimismo, México puede aprovechar la reciente decisión de Califormia de legalizar la marihuana recreativa. Dicha decisión en el Estado más poblado de Estados Unidos vuelve ridícula nuestra guerra contra las drogas. ¿Cuál es el propósito de enviar soldados mexicanos a quemar sembradíos y ubicar narcotúneles si cuando la marihuana llega a California se vende en cualquier dispensario? El Gobierno de México no tiene por qué cooperar con un régimen hostil en Washington; las autoridades deberían hacer la vista gorda frente a nuestras exportaciones de marihuana.

Contamos con otra ficha: la frontera sur. A partir de las elecciones en Estados Unidos, se ha producido un incremento significativo en el número de migrantes centroamericanos emprendiendo el peligroso camino hacia ese país. Ahora se trata de familias enteras. Trump ha dicho que va a construir su muro, y sería sensato que personas con la intención de irse a Estados Unidos desde Centroamérica adelanten su viaje.

Cuando se produjo la primera ola de menores de edad no acompañados a Estados Unidos, en julio de 2014, el Gobierno de Peña Nieto aceptó la solicitud de la Casa Blanca de contener el flujo. El razonamiento era atendible. Había que evitar que se desatara una histeria antiinmigrante en Estados Unidos, justo cuando parecía posible legalizar a millones de indocumentados. Se podía entender que México apoyara a Obama en ese momento, aunque muchos de los niños fueran calificados como refugiados, y Peña Nieto no haya pedido nada a cambio.

Hoy no tiene sentido que México le haga el trabajo sucio a Estados Unidos si su presidente construye muros, deporta a mexicanos o revisa el Tratado de Libre Comercio. Detener a los centroamericanos en la frontera sur o dejarlos pasar hacia la frontera norte debe ser una de las fichas de negociación que México utilice en la confrontación venidera.

Una penúltima canica consiste en nuestra capacidad de negociar en paquete este conjunto de temas, mientras que los estadounidenses prefieren negociar por partes. La ortodoxia de la cancillería mexicana ha tendido a optar por la compartimentalización, para que ningún tema contamine a los otros. Hoy nos conviene más armar un paquete. En Washington, las agencias involucradas en la relación con México suelen ser muchas, independientes y conflictuadas unas con otras. Recordemos que, para los negociadores mexicanos, el tema de Estados Unidos es fundamental y objeto de experiencia y de estudio; para los norteamericanos, el tema mexicano no lo es.

La defensa del orden jurídico internacional existente, de las organizaciones multilaterales y regionales que lo acompañan, de las ideas de libre comercio y de la libre circulación de bienes, capitales y personas, del derecho internacional humanitario, son banderas que México podría utilizar en la resistencia contra Trump.

Habrá muchos países que acompañen a Mexico, tanto en América Latina como en Europa. Algunos se preguntarán quien es Mexico para hablar de los derechos humanos.Hay algo de cierto en eso, pero, si dejamos atrás las guerras absurdas contra las drogas, tal vez sí podamos abordarlos.

Esta ficha se relaciona estrechamente con nuestras opciones dentro de Estados Unidos. En México siempre se ha privilegiado la relación con el poder ejecutivo de Estados Unidos, y dentro del poder legislativo, con quienes detentan la mayoría. Pero en las circunstancias actuales tal vez resulte más sensato dejar en una especie de stand by el vínculo con el Ejecutivo, salvo en lo que sea absolutamente indispensable, y buscar aliados entre las fuerzas opositoras a Trump para poder defendernos.

¿Quienes? Primero, al derrotado partido demócrata en sus consagrados liderazgos y en los incipientes. Enseguida, a los sectores hispanos, tanto de segunda o tercera generación, así como los ciudadanos mexicanos en Estados Unidos, con o sin papeles. Otros sectores importantes son las iglesias, la comunidad judía y algunos sindicatos aliados nuestros en materia migratoria. Y, en general, todos los demás sectores liberales en Estados Unidos: la mayoría de los medios de comunicación, las universidades, las fundaciones y organizaciones de la sociedad civil norteamericana.

¿Se molestarán los republicanos y el propio Trump con esto? Probablemente, sí. ¿Tenemos alternativas? Lo que hay que hacer es buscarlas.

Algo similar ocurrió entre México y Estados Unidos a propósito de Centroamérica en los años ochenta, durante los conflictos centroamericanos. Los Gobiernos mexicanos terminaron hablando más y sintiéndose más cercanos a los sectores opositores a las guerras de Ronald Reagan en Centroamerica que con el Ejecutivo de Estados Unidos. No fue una mala solución final. Y como dice el corrillo mexicano:Jalisco nunca pierde y cuando pierde...


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