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Gente trabajando por su gente

18/07/2011 05:56
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Por Roxana Pintado, Ayuda en Acción Bolivia

Me encanta mi trabajo. Supongo que, como todos, es a veces agotador, otras menos relajado, y sobre todo, me da muchas satisfacciones. Es lo que tiene la cooperación al desarrollo: te llena.

Hace unos días, sin embargo, tuve la sensación de que yo me regocijaba por algo que a muchos se les daba sin tantos aspavientos. Y que no se me malentienda, no se trata de que ande yo por el mundo hablando de lo que hago o de lo que consigo cambiar con mi trabajo. Es más, por lo general me gusta hablar de lo que la gente cambia con su propio esfuerzo. A lo que me refiero aquí es a que aquello que yo consideraba hasta hace poco un resultado del esfuerzo de gente que trabaja, como yo, en organizaciones de desarrollo, es bastante más que eso.

Esa misma sensación la tienen los voluntarios, a quienes esto se les da cada día, y muchas veces, nadie reconoce su esfuerzo titánico, su dedicación entrañable y su solidaridad

plena con las causas buenas con las que se comprometen. No hacen alarde de su trabajo y sus logros; no escriben memorias anuales llenas de resultados; no arman páginas en Internet contando sus proezas. Son los héroes anónimos del desarrollo.

Ayuda en Acción tiene en España más de mil voluntarios; personas solidarias de todas las edades, credos, orígenes y profesiones u oficios, que se comprometen más allá de toda expectativa y que se movilizan en sus localidades para sensibilizar, para captar fondos para los proyectos, para sumar más a la causa contra la pobreza. Todos ellos tienen nuestra admiración y respeto por su entrega.

Pero Ayuda en Acción tiene otra fuerza voluntaria, no cuantificada, que está al pie de la tarea todos los días del año, en el mismo lugar donde cambiar las condiciones de vida de la gente es el trabajo, ya no la meta. Son nuestros colaboradores locales y asumen las tareas más diversas. Un títere para concienciar; una feria para educar; una campaña para conseguir fondos para ayudar a un niño que no puede venir a la escuela porque le falta algo; recorriendo caminos interminables para recoger una carta de un niño a sus amigos españoles, esos que se ha comprometido con su desarrollo. Son el ejército que, como hormigas infatigables, arrastran cargas más grandes que ellos y las llevan a buen puerto. Nunca pierden su entusiasmo, aún cuando los recursos escasean y las trabas aumentan; están siempre motivados por el fin último de ayudar a los demás.

Encuentro con colaboradores Locales. Foto: Katherine Argote, AeA

Hace unos días reunimos a una modesta representación de esos incansables, adolescentes y adultos, con el propósito de conocer sus expectativas y sus necesidades para hacer mejor el buen trabajo que ya hacen. Al ser la primera experiencia de este tipo en Bolivia, pensábamos que vendrían con su lista de necesidades y demandas, quejándose del poco apoyo y reconocimiento que reciben, de la poca atención que les damos. Y lo que nos dieron fue una lección de vida; un par de bofetadas simbólicas.

Llegaron cargados de entusiasmo, ávidos de nuevos conocimientos y herramientas para trabajar, dispuestos a compartir sus experiencias positivas y a enseñarnos todo lo que los años de trabajo en el terreno les han dado. No tuvieron un solo reclamo, sólo nuevas ideas y nuevos retos, a los que pusieron fecha de cumplimiento. Una de ellos, profesora de una escuelita rural en Santa Cruz, nos contó cuándo y cómo nació su "semillita solidaria" y tuvo el acierto de preguntarnos cuándo nació la nuestra.

Encuentro con Colaboradores Locales 2. Foto: Katherine Argote/ AeA

Al final de ese encuentro de dos días, les hicimos un reconocimiento simbólico por su entrega, pero tengo la seguridad de que su mayor reconocimiento lo reciben día a día, allí, donde su trabajo es más útil, de voz y mano de su propia gente. Al despedirlos, intentado animarlos a seguir trabajando con el mismo empeño, la misma motivación y el mismo entusiasmo, me repetí algo que intento recordarme a mí misma con frecuencia: tengo tanto que aprender!

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