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La Europa de los ciudadanos

04/08/2015 14:00 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Europa tiene que ser de los europeos, no de lo mercados, o no será

La mujer, joven, cejas delineadas con trazo firme, ojos perfilados por una fina línea oscura, enmarcada su cara, un óvalo moreno, por un pañuelo que oculta sus cabellos, busca con la mirada ávida, el aire fresco que la muchedumbre del autobús le niega; el calor sofoca su aliento, abre la mínima ventanilla en espera del inexistente aire fresco. Frente a ella, otra mujer le inquiere con la mirada, con gestos, sobre su estado de salud al observar que la primera se ha inyectado insulina, mientras piensa que algo no va bien; el estado de sofoco, de ansiedad, de nerviosismo, son indicios reveladores.

El arranque brusco del conductor, la entrada violenta del aire acondicionado apenas alivia el gesto angustioso de la primera mujer que, puesta en pie junto a su asiento, su evidente preñez circundada por una leve chaqueta de punto, pierde el sentido de su mirada perdida en un punto que ya no ve. Apenas tres, cuatro minutos después su cuerpo se desliza exangüe sobre el asiento, el rostro demudado, idas las fuerzas, en un desfallecimiento imposible de controlar.

Unas manos amigas, las de la mujer que ha observado todo el proceso, expertas y atentas al presunto desenlace, le buscan el pulso, le hablan en un idioma incomprensible en un intento por devolverle la conciencia; en la mano amiga aparece al pronto un abanico prendido, casi hurtado al vuelo de otra mano viajera; una voz inconcreta de la muchedumbre pide, casi exige agua; la mano amiga continua con su abaniqueo en el aire asfixiante del autobús, mientras responde a las preguntas ininteligibles de los demás viajeros que la desmayada es diabética.

Nuevas manos, tan extrañas a los oídos de la desvanecida como las anteriores, se suman en la ayuda, vierten agua sobre las sienes vahídas; el cuello yerto se empapa con el agua refrescante, con presteza las manos desatan el pañuelo azul que al caer, desmadeja la abundante cabellera negra y rijosa, en un intento por aliviarle el calor; más agua empapa la cara, las primeras manos hurgan en el bolso de la mujer, ávidas por encontrar algún remedio contra el presunto coma glucoso y el medidor de la misma. El desmayo persiste, alguien clama por algún médico en el atestado bus, el conductor, detenido el vehículo, demanda la presencia urgente de una ambulancia.

El médico aparece por fin, los viajeros se apartan, hacen hueco para que la mujer, que sigue ida, pueda ser tendida en el suelo para que las manos, seis ya, prosigan su labor de reanimación.

Manos que hablan un idioma común aunque sus orígenes sean bien distintos

Los minutos no se detienen, los intentos por devolver la conciencia al cuerpo exánime prosiguen por parte de los tres pares de manos, manos que hablan un idioma común aunque sus orígenes sean bien distintos.

Al pronto los ojos se abren, extraviados, la mujer intenta incorporarse, extrañada de su lugar en el suelo del autobús, no entiende nada, sus asistentes la calman, el médico, italiano, habla con ella; las primeras manos que la atendieron, de una enfermera española no sueltan las suyas; las manos que la refrescaron, le desataron el pañuelo y fueron tan solicitas, le anudan de nuevo el pañuelo sobre la cabeza con presteza británica.

El susto se diluye en el aire enrarecido del vehículo, la ambulancia aparece con su sintonía de luces azules y sirenas estridentes; minutos después cuando el vehículo reemprende su itinerario, un relámpago ilumina el horizonte y mientras una cascada de gotas lava los cristales del autobús, en el interior, los suspiros contenidos tanto tiempo exhalan con alivio, comentando lo sucedido.

 

La escena no es ficticia, ocurrió el 23 de julio en uno de los atestados autobuses que unen la Plaza de Roma de Venecia, con la vecina localidad de Mestre. En su interior una babel de idiomas, gentes de orígenes diversos asistieron a los hechos narrados, una clara demostración de lo que debe ser Europa, la de las personas, la de los europeos que, solícitos, idiomas distintos, español, inglés, italiano, colaboraron entre sí, para socorrer a una mujer de evidente ascendencia musulmana, una de tantas emigrantes que a cada momento llegan hasta el viejo continente. No preguntaron si tenía papeles o no, si era de tal o cual nacionalidad, actuaron sin levantar alambradas cubiertas de inútil burocracia.

Sí, ésta es la Europa que debería ser y no la de los mercachifles y politicastros mediocres que niegan las evidencias y anteponen la salvaguarda de sus intereses y sus fronteras, a la vida digna de las personas.

Unas manos amigas, las de la mujer que ha observado todo el proceso, expertas y atentas al presunto desenlace, le buscan el pulso

 

Primeros de agosto de 2015.


Sobre esta noticia

Autor:
Ignacio Terrós (17 noticias)
Visitas:
699
Tipo:
Suceso
Licencia:
Creative Commons License
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