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Los otros carniceros de Franco

22/08/2018 11:50 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

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Dos veces paró José en seco ante la muerte. La segunda vez fue en Aldea del Obispo, un pueblo de la dehesa salmantina y picado de encinas que oyó murmurar la Guerra Civil. Porque fue más mansa que en otros lares, pero con el mismo garbo para purgar la herejía que pecaba por la izquierda.

Junto a la frontera con Portugal, la guerra duraba entre la mezcolanza de luas de miel, miedos pardinhos y sangre gelada. Y de la misma forma que se embarullaban las lenguas, lo hacía también la hermandad. Porque las fronteras, que suelen tener ese tinte épico que deambula por las croniquillas de los escribientes, son lugares candongueirosde paso trasnochado de mulos, bacalao y café, como Aldea, pero también de templanzas fraternales. La Raya portuguesa, por su Frontera de Castilla, acogió, acurrucada tras los matojos de la otra orilla del agua, a muchos castellanos perseguidos por el franquismo.

La familia de carniceros de Aldea se cortaba por el antediluviano patrón de la humildad. Lo hacía entre tripas y cuchillos, con mandiles y chatos de vino que la alejaban de la política todo lo que le permitía la supervivencia. Precisamente por alargar la eternidad, en el 38 se encargaba de abastecer de carne a la tropa. Un toro de vellón, si hacía falta, que se mataba para llenar los estómagos de quienes habían llegado a guardar la frontera, ya de por sí apretada hasta el tuétano de Guardia Civil, Policía y Carabineros. Pero de la familia, que eran la madre y dos hijos, Germán y José, sería el último quien sacaría el pie del tiesto neutral.

Durante la República, José Blanco Calvo, 'Patato', andaba las piedras de Aldea con una chalina tricolor atada al cuello. El joven, bien plantado, había sido concejal de la Gestora con el Frente Popular y ocupado la presidencia de la Sociedad Obrera del pueblo. Sus apetencias por la política habían cogido cuerpo en la mesa de su tía Tomasa, una mujer enviudada por la República cuando su marido corrió de los primeros a combatir el franquismo.

Así es que cuando la adolescencia de la guerra obligó a José a doblar su chalina en el cajón, allá por febrero de 1938, se le abrió el típico expediente que recogía las típicas denuncias vecinales que le hacían responsable del también típico "delito de excitación a la rebelión". Eso, y el ya no tan común barullo que le trajo la carne.

Porque el problema de la familia de carniceros, además de la zurda de José, era su parentela con el comandante militar, a quien se acusaba de haber quitado injustamente la contrata al anterior cortador, "el derechista Ángel Prieto", como declaraba el jefe local de la Falange. Se rumoreaba por Aldea que el hermano del comandante no se llevaba bien del todo con el anterior carnicero, de ahí el trato de favor hacia la familia de José.

Y comenzaron los interrogatorios

La segunda vez que José paró en seco ante la muerte fue un febrero fullero. Entonces en Aldea del Obispo se puso en práctica la ansiada norma ad aeternam del Régimen para talar por la izquierda, una costumbre gilescaque ocupaba "tanto antes como después del glorioso Movimiento Nacional". Junto a otros ochos hombres, a José lo denunciaron sus vecinos de toda la vida apoyándose en supuestos de paja que se aceraban apoteósicamente en las purgas franquistas: "Existen aquí individuos de mala conducta y antecedentes [...], los cuales, por su frialdad y poco interés a la causa, demuestran ser individuos de ideas izquierdistas"; no es de extrañar que; creo que; no puedo confirmarlo de una manera concreta, pero doy sus nombres; "no van a misa y están envalentonados"; "suponiendo la dicente que".

Justicias de rapaz, más que de cualquier otra cosa, que incluían también un párroco, un alcalde y un juez municipal para escudriñar el comportamiento de José durante "la malvada República". Fue esta gradería la que hizo pecador al carnicero, según informes, por decir "palabras feas y malsonantes", no haber querido bautizar a uno de sus hijos ?que finalmente pasó por la pila a sus espaldas? y tocar la campana durante la misa del domingo para anunciar la reunión de la Gestora. Tal cual.

Las faltas religiosas, sin perder hábito, cumplieron la premisa de los dineros como forma de salvación: al cura le bastaron los descubiertos en los libros parroquiales que recogían las contribuciones que entonces hacía todo buen cristiano. Para complementar la herejía se acusó a José de echar abajo, junto a otros tres, la pared que separaba el cementerio católico del civil.

Es decir, los pecados del carnicero podrían resumirse como sigue: durante la República, José era republicano. Fin. Daba igual que después del glorioso movimiento "se desconociese su actuación" o "nada se puede hacer constar", José debía pagar por su pasado y por su futuro, ya que, al final de los interrogatorios, se llegó a la conclusión de que él y sus colegas, "aunque de momento no son peligrosos", lo serían de tener oportunidad y se impondrían por la fuerza, "empleando para ello procedimientos salvajes, propios de la canalla marxista".

Y como republicano, José ingresó en la prisión provincial de Salamanca 15 días después de los otros ocho "elementos peligrosos". En su declaración asegura que, durante sus cargos en la República, se limitó a trabajar en Aldea "con el solo fin de tener trabajo y lograr que los jornales se elevaran a 5 pesetas en vez de 4, cosas que no consiguió de modo definitivo". Tras 40 días en la cárcel, su causa sería sobreseída y su chalina condenada ya hasta la muerte del carnicero.

"Por tu padre mataron al mío"

La primera vez que José paró en seco ante la muerte también fue en Aldea del Obispo, pero su historia no ha quedado recogida en ningún expediente. Es de esas salvaciones que aguantan acongojadas en el fondo de la garganta y pasan, de vez en cuando, a respirar en el cielo de la boca. La primera vez fue en "la cuadra que quedaba allí, calle arriba. Estaba escondido detrás de las tinajas mientras los soldados franquistas insistían una y otra vez. Pasó un rato largo hasta que su mujer, de lágrimas tiritando, gritó desde la puerta: ¡Ven, José, que nos matan a todos!". Y José salió.

En aquella cuadra que ponía casi punto y final al pueblo de Aldea del Obispo quedaron su hermano Germán, su mujer, y una niña pequeña llamada Tina. Así de mentirosos eran los hasta luegoen la guerra.

Pero el caso de la familia de carniceros de Aldea fue una excepción. Porque aquel comandante militar, el pariente acusado de tratos de favor con la contrata de la carne, intercedió por los cortadores: "Dicen que fue otro José quien ocupó el cementerio junto a tres o cuatro más. No recuerdo los apellidos. A mi tío lo cambiaron, eso sí, por eso se salvó. Durante muchos años, el hijo de José fue recriminado por el del hombre que ocupó su lugar: 'Por tu padre mataron al mío', le decía mientras le obligaba a poner las rodillas en el suelo. Por eso dejó de venir a Aldea. Figúrate... Incluso tuvo problemas en su mili debido al comunismo de su padre. Así es que mira cómo era la guerra".

En aquel pueblo rayando con Portugal había una familia de carniceros. Hoy queda una mujer de 89 años que se recuerda de niña en el centro de la plaza del pueblo con un abrigo de seda gris mientras recita la poesía que le habían hecho a aprender: "Saludemos a España entera y a la bandera que reluce más que el sol. ¡Arriba España y el Ejército español!". Esa mujer es Tina, la sobrina de José y la hija de Germán. Que no quiere al comunista porque le va a quitar la pensión, pero mucho menos al franquista, "que mató, hija, a todos los que quiso y más". Y Tina llora.


Sobre esta noticia

Autor:
Criticic (2156 noticias)
Fuente:
ctxt.es
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Reportaje
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