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Moreno Garcés, empadronador del fascismo sureño contra la democracia

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12/10/2019 06:14 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

La democracia es orden y disciplina política y no un eslabón del colonialismo

El Reportero del Pueblo.

Los Estados del Sur, deben proceder a ejecutar reformas policiales en su propia estructura para dar la clave de reducir el sentimiento de inseguridad y tasas de criminalidad, para que los ciudadanos actúen como ciudadanos y aprendan a reducir la distancia entre ellas y los mismos cuerpos policiales, sobre todo en el ámbito local, referido a municipios y parroquias. Es una cuestión de educación y fortalecimiento cívico que ha logrado resultados admirables en aquellos países cuyos gobiernos intentaron realmente promover la participación de la ciudadanía. La idea es mantener la gobernabilidad democrática.

La democracia representativa y participativa, en su definición mínima, otorga a la ciudadanía la capacidad de elegir y reemplazar a sus gobernantes. Esta capacidad de establecer una rendición de cuentas vertical es la que, según Guillermo O’Donnell, debiera hacer que los políticos en el poder presten atención a los votantes incluso en las democracias delegativas. El comportamiento electoral no es la única herramienta de la ciudadanía. Esta puede organizar marchas, denuncias, demandas y otras formas de presión en momentos no electorales. De hecho, varios países latinoamericanos vivieron en las últimas décadas movilizaciones que forzaron renuncias anticipadas o acompañaron procesos de juicio político que interrumpieron mandatos presidenciales. Sin embargo, el voto sigue siendo el componente esencial del funcionamiento democrático y por ello es importante discutir la evolución de los factores que moldean el comportamiento electoral en América Latina.

Muchas son las consideraciones que sopesa cada ciudadano antes de ingresar en el cuarto oscuro para definir su voto, aunque siempre deba terminar eligiendo alguna de las opciones posibles. Las diferentes dimensiones que entran en juego tienen un peso distinto en la decisión de cada individuo. La ideología, el desempeño del gobierno, la conexión personal con un partido, las expectativas distributivas y la identidad partidaria pesan en mayor o menor medida para cada votante al hacer su opción electoral. El peso de cada uno de estos factores varía no solamente entre votantes, sino también entre elecciones, dependiendo de cómo cambie el contexto, y esto genera, por ende, diferentes demandas electorales que la oferta de los partidos debe satisfacer. En América Latina, el desempeño económico ha jugado un papel fundamental en el comportamiento electoral desde las transiciones democráticas de la década de 1980. La evaluación del desempeño económico ha sido interpretada tanto en relación con el acceso a bienes materiales, en lo que se llama «voto de bolsillo» o egotrópico, como con respecto a la salud de la economía en general, en lo que se denomina «voto sociotrópico».

Pese al predominio del voto económico, especialmente en América del Sur, la elección de Jair Bolsonaro en 2018 puso el foco en la emergencia del estatus como determinante de la movilización electoral. Si bien son diversos los factores que contribuyeron a su triunfo, la aparición de una brecha de género y de raza en el análisis de las preferencias electorales, así como la importancia del apoyo evangélico en la coalición de Bolsonaro, encendieron las alarmas sobre un potencial cambio en el comportamiento electoral latinoamericano, más aún cuando la oferta electoral de Bolsonaro en esta campaña estuvo caracterizada por un discurso machista, racista y elogioso de la dictadura y de un orden perdido al que debería regresarse. Frente a este hito, y especialmente dado el peso de Brasil en la región, cabe preguntarse si nos encontramos ante un parteaguas en el comportamiento electoral latinoamericano. Este ensayo discute por ello cuáles han sido hasta ahora los determinantes del voto en la región y cuáles pueden ser las consecuencias de incluir el estatus entre ellos.

Igual paso con Lenin Moreno Garcés con el pueblo ecuatoriano. ¿Qué sucedió con Rafael Correa? Es una pregunta que a diario me hago, al saber que ambos son fascistas y reacios a tener al pueblo como unidad de entendimiento y dialogo. Se le puede considerar como un gran traidor, más allá de su empatía con los norteamericanos y que Correa no pudo visualizar a tiempo al tenerlo por diez años a su lado.

La región se sumó temprano a la tercera ola de democratización. La crisis de la deuda generó un deterioro económico que aceleró ese proceso en los países sudamericanos, que no estaban tan expuestos a los avatares de la Guerra Fría como sus pares centroamericanos. Las democracias nacidas de esas transiciones estuvieron agobiadas por crisis macroeconómicas. En ese contexto, las evaluaciones sobre el desempeño económico de los partidos de gobierno se volvieron cruciales, tal vez con las excepciones relativas de Chile, donde la dictadura pudo capear el temporal, y las de Perú y Colombia, donde las guerrillas empujaron la cuestión de la seguridad al centro de la agenda electoral. Con el fin de la Guerra Fría, América Central y México –con autoritarismo competitivo, se sumaron a la oleada democrática una década más tarde. En estos casos, la seguridad interna adquiere cada vez más importancia, primero vinculada al fin de guerras civiles y posteriormente, al crimen organizado. El voto económico, por ende, no tiene la misma importancia en esos países.

Las limitaciones de los gobiernos democráticos para ofrecer salidas a la crisis económica, especialmente durante la recesión que afectó a la región entre 1998 y 2003, dieron lugar al desencanto con los partidos tradicionales, especialmente cuando partidos populistas habían girado hacia el neoliberalismo y dejado a los votantes sin opciones para oponerse a políticas públicas con las que no estaban de acuerdo. En una primera instancia, los votantes fragmentaron su apoyo electoral, en un proceso de ensayo y error que aumentó la volatilidad del voto. A continuación, emergieron nuevas opciones que buscaban cubrir la demanda de renovación en la oferta electoral, muchas veces con outsiders que reflejaban la desafección hacia los partidos políticos tradicionales. Los outsiders buscaron sostener sus coaliciones ofreciendo cubrir las expectativas de desempeño en el terreno de la seguridad, como Álvaro Uribe en Colombia, o con promesas de bienestar económico, como Hugo Chávez en Venezuela o Rafael Correa en Ecuador.

. El cumplimiento de esas expectativas, fuera por esfuerzo propio o por condiciones externas, como el boom de las materias primas, fue crucial para que estos presidentes fueran reelegidos. La elección, entonces, fue el principal mecanismo de rendición de cuentas, y el desempeño, la principal condición para explicar el comportamiento electoral. La reelección permitió a estos outsiders extender sus mandatos y su popularidad los ayudó a concentrar el poder en el Ejecutivo, en línea con las predicciones de O’Donnell. Ambas características son importantes para entender la polarización que se generó alrededor de sus figuras, que se extendió también a nuevos dirigentes que emergieron dentro de los partidos ya existentes, como Luiz Inácio Lula da Silva, cuyo liderazgo excedió al Partido de los Trabajadores (pt) en Brasil, y Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner, quienes construyeron una coalición que sobrepasó, pero también dividió al Partido Justicialista (peronista) en Argentina.

Lula, un hombre experimentado en coaliciones populares cayó de una manera fácil ante una constructora que no le importaba el caminar político de estos hombres enrugados en el sentimiento de los pueblos.

En el nuevo milenio, el crecimiento económico que acompañó el boom de las materias primas, especialmente en América del Sur, produjo una reducción de la pobreza y de la desigualdad de ingreso, así como la emergencia de una nueva clase media todavía vulnerable a los impactos de shocks negativos. Según Nora Lustig, la desigualdad cayó más en los países que tuvieron gobiernos de izquierda y que exportan materias primas. En esos mismos países también se produjo una expansión de derechos que buscaba reducir otras formas de desigualdad. Se adoptaron nuevas constituciones y procesos de consulta previa que dan voz a los pueblos originarios, instituciones que buscaban incluir en el sistema político y educativo a los afrodescendientes, leyes de matrimonio igualitario o uniones civiles y regulaciones que expandieron derechos respecto a opciones de género y sexualidad. El simbolismo de un indígena en la Presidencia de Bolivia y de un trabajador en la de Brasil tampoco pasó desapercibido. En lo que respecta a las mujeres, se expandió la regulación sobre la violencia de género y en muchos países ya se habían adoptado cuotas legislativas, pero el feminismo parece más beneficiado por la caída de la natalidad, que facilita la feminización del mercado de trabajo, que por la política pública.

Estos procesos reproducen tendencias recientes de las democracias de los países ricos, donde estos cambios políticos y sociales han generado reacciones de aquellos que sienten amenazado su estatus, especialmente hombres, blancos y cristianos. En América Latina, cambios (muchas veces tímidos) en las oportunidades de afrodescendientes, indígenas, mujeres y poblaciones lgbti parecen también generar una amenaza al estatus de estos mismos grupos. Las protestas organizadas para denunciar la llamada «ideología de género» y para evitar la liberalización del acceso al aborto legal o al matrimonio igualitario son algunos ejemplos de la capacidad de movilización que generó la defensa del estatus, atada en América Latina a la defensa de la «familia tradicional». La elección presidencial de Costa Rica en 2018 demostró el peso de la polarización provocada por un fallo judicial que hizo del matrimonio igualitario el eje de la campaña. La división de la opinión pública llevó a un pastor evangélico, Fabricio Alvarado, de los últimos lugares a ser el candidato más votado en primera vuelta, con un cuarto de los votos. Más tarde fue derrotado en segunda vuelta por una fórmula que llevó a la Vicepresidencia a Epsy Campbell Barr, la primera mujer afrodescendiente en ocupar ese cargo en un país latinoamericano.

El caudillismo y dictadura es hoy, un camino del narcotráfico

El voto evangélico, como ya mencionamos, también fue clave en la elección brasileña de 2018. En la elección de Alberto Fujimori en 1990 la ciencia política latinoamericana se había asombrado al descubrir la potencialidad de las redes evangélicas para un outsider sin partido, pero en el caso de Brasil el proceso no fue tan sorpresivo. Ya en 2003 se había creado el Frente Parlamentario Evangélico, que agrupaba a legisladores de diferentes partidos. El importante apoyo evangélico a Bolsonaro, aparentemente empujado por los fieles, le otorgó al candidato redes listas para difundir su mensaje. Las iglesias evangélicas prometen tanto salvación espiritual como beneficios materiales inmediatos vinculados al acceso a espacios de sociabilidad y patrones de consumo. Eso les ha permitido crear redes de gran flexibilidad, basadas fundamentalmente en relaciones personales, que se vuelven un activo clave en contextos de desarticulación partidaria. Sin embargo, sus apoyos políticos son contingentes, como se demostró cuando los evangélicos brasileños abandonaron sus opciones electorales por el PT y por Marina Silva. Pese a la importancia de estas redes y de su capacidad para movilizarse contra la llamada «ideología de género», los intentos de establecer partidos religiosos propiamente dichos en general no han sido exitosos hasta ahora. Incluso el pequeño Partido Encuentro Social (pes), que formó parte de la coalición electoral de Andrés Manuel López Obrador en la elección mexicana de 2018, ha perdido su registro electoral. No hay un voto confesional, sino una sensibilidad que pareciera impulsar la defensa del estatus montado sobre las jerarquías asociadas a la familia tradicional y redes que se vuelven atractivas en el contexto del desencanto con los partidos tradicionales y la emergencia de outsiders.

El deterioro económico y el desencanto con los partidos son claves para entender el comportamiento electoral actual. El apoyo a la democracia se ha erosionado significativamente en América Latina entre 2014 (cuando se terminó el boom de las materias primas) y 2016. A esto se suma la creciente inseguridad pública, que también deteriora las evaluaciones de desempeño de los gobiernos, y los escándalos de corrupción, que afectan la legitimidad de todas las instituciones políticas. Desde 2014, gobiernos desgastados por muchos años en el poder comienzan a confrontar elecciones más competitivas y la emergencia de outsiders, especialmente en el contexto de identidades partidarias negativas con gran peso electoral. El antipetismo fue clave en la elección de 2018 en Brasil, el antikirchnerismo lo fue en la elección de 2015 en Argentina, y también el anticorreísmo en la de Ecuador en 2017. Todos estos casos surgen del resentimiento hacia la forma de hacer política de esos movimientos que, según David Samuels y Cesar Zucco, no puede ser explicado por preferencias ideológicas. Estas identidades negativas rememoran las generadas por movimientos populistas como el peronismo o el varguismo en el siglo XX, que también habían tenido un peso significativo sobre el comportamiento electoral.

En el Sur, se maneja el voto electoral por status. Una grave estimulación de las fuerzas vivas y la oligarquía en contra de la clase media baja, llevando al ejecutivo ecuatoriano a un campo amplificado de un fascismo no tradicional, creando una gran represión contra el pueblo urbano y los indígenas, creando confusión, porque nos preguntamos, ¿Qué le sucedió a Rafael Correa en lo conducente al traidor Lenin Moreno Garcés, plegado a los Estados Unidos de Norteamérica que busca las materias primas del Sur para su gran industria de la guerra?

Los seres humanos estamos viviendo la mejor etapa de nuestra historia. Nunca antes fuimos tantos ni tan saludables ni tan democráticos. Sin embargo, en Occidente creemos otra cosa: presentimos que, por primera vez en décadas, la próxima generación vivirá peor que la actual. Ambas cosas son ciertas: aunque Occidente lideró el progreso global en los últimos dos siglos, hoy son las sociedades no occidentales las que más crecen. Al mismo tiempo, en Occidente aumenta la desigualdad. Ante la acumulación de frustraciones y la deprivación relativa, es decir, la percepción de que a los demás les va mejor que a nosotros, la ciudadanía se rebela en las urnas y en las calles. Las democracias enfrentan tiempos turbulentos que, sin embargo, no serán homogéneos. El impacto será diferente entre la vieja Europa y los siempre renovados EEUU, pero también entre ambos y América Latina, denominada por Alain Rouquié «extremo Occidente». Junto con el argentino Guillermo O’Donnell, el politólogo estadounidense Philippe Schmitter es uno de los padres de la transitología –es decir, el estudio de las transiciones democráticas–. Su objeto de estudio es lo que él llama, parafraseando al «socialismo realmente existente» con que se justificaban las limitaciones del sistema soviético, las «democracias realmente existentes». Según Schmitter, no hay nada nuevo en el hecho de que las democracias estén en crisis. La distancia entre el ideal democrático y los regímenes efectivos siempre exigió ajustes constantes, así que la capacidad adaptativa, tanto como las crisis, es un elemento constitutivo de las democracias reales. Para Schmitter, la gravedad de la crisis actual se debe a que involucra un conjunto de desafíos simultáneos en vez de consecutivos, que podían enfrentarse mediante reformas graduales. La crisis económica coexiste con la de legitimidad, y los cambios en la estructura económica se superponen con las transformaciones de la comunicación de masas. Por si fuera poco, existen amenazas, pero no alternativas a la democracia, como las que podía presentar la Unión Soviética. La reputación del régimen depende de su desempeño. El emperador democrático está desnudo y sus súbditos lo han notado. La incertidumbre y la turbulencia quizás ya no sean trazos de época sino una constante de la democracia que viene. El populismo es uno de sus síntomas más ubicuos.

Antes de seguir, corresponde una aclaración: el populismo es un fenómeno que se manifiesta en democracia. Regímenes como el de Maduro en Venezuela o Daniel Ortega en Nicaragua ya no son populistas, sino autoritarios, debe haberla para cumplir las tareas proselitistas . Una vez dicho esto, la exacerbación del populismo, entendido como la concepción maniquea de un pueblo victimizado por una oligarquía, puede corroer y, en casos extremos, terminar con la democracia. En un artículo de 2018 titulado «¿Los pobres votan por la redistribución, contra la inmigración o contra el establishment?», Paul Marx y Gijs Schumacher publicaron los resultados de un experimento realizado en Dinamarca, pero no es difícil percibir lo bien que viaja a otras regiones. En él muestran que los electores de clase baja votan por razones diferentes a los de clase media y alta. Sorprendentemente, la causa no es la inmigración: sobre esa cuestión no hay discrepancias. Lo que distingue a los pobres es su propensión a votar en contra de los partidos establecidos y de los políticos de carrera aun en perjuicio de sus propios intereses, por ejemplo, avalando propuestas de retracción de las políticas sociales. Cuando se enojan, los pobres cometen una herejía teórica y dejan de votar con el bolsillo. Los partidos democráticos están en peligro si no entienden que la rabia puede más que el interés. No jueguen con el FMI, es un lobo feroz. Hay que seguir el ejemplo de presidentes verdaderamente democráticos y estructuralistas como Vladimir Putin

El sociólogo italoargentino Gino Germani describía la fuente del populismo como «incongruencia de estatus». En el caso del peronismo, o del populismo latinoamericano en general, esto significaba que sectores que habían ascendido económicamente no encontraban reconocimiento político y social, y lo procuraban a través de un liderazgo que les prometía romper el orden oligárquico. El populismo de los países desarrollados invierte esta lógica: aquí la incongruencia se debe a que sectores previamente dominantes se sienten amenazados por grupos sociales ascendentes, sean minorías étnicas como en EEUU o inmigrantes como en Europa. La declinación de estatus relativo anuda los fenómenos de Trump, el Brexit, Matteo Salvini y Viktor Orbán.

Justamente, los nuevos nacionalismos europeos ponen en cuestión no solo la democracia sino también su mayor subproducto internacional: la integración regional. Entendida como un proceso por el cual Estados vecinos fusionan parcelas de soberanía para decidir en conjunto sobre problemas comunes, la integración encontró en la Unión Europea a su pionera y su caso más avanzado. El Brexit es solo una de las tres crisis que enfrenta actualmente, siendo la de la inmigración y la del euro más amenazadoras para su integridad. Ahora, a ¿Que juega Lenin Moreno Garcés? Con los EEUU. Estamos de jaque en este continente andino.

En otras regiones, la amenaza a la integración es menos grave: después de todo, no puede desintegrarse lo que no se ha integrado. En América Latina, por ejemplo, la integración regional es un discurso que no echó raíces. A pesar de algunos avances en la coordinación de políticas y la circulación de personas, las fronteras latinoamericanas siguen siendo caras y duras. Las fronteras formales, eso sí. Porque donde la región ha avanzado mucho es en la integración informal, aquella que no realizan los tratados sino los bandidos. Las tres áreas en las cuales las sociedades latinoamericanas más se han integrado son la corrupción, el contrabando y el narcotráfico. En las tres, pero sobre todo en la primera, hay activa intervención estatal; en las otras dos el Estado es responsable, pero, sobre todo, víctima. Es esperable que una cuarta dimensión de la integración también sea informal, involucre mucho dinero y tenga alto impacto político: se trata de la transnacionalización de las religiones organizadas. Las religiones evangélicas, en particular, consolidarán sus redes regionales beneficiadas por el acceso al poder en dos países claves, Brasil y México. Si los Estados nacionales no fortalecen la vigencia de la ley y la capacidad de implementarla en todo su territorio, la integración latinoamericana será, cada vez más, un asunto de predicadores y de delincuentes. Como sus democracias, diría un mal pensado. Y Lenin Moreno es uno de ellos. Tengamos ciudado con Javier Bertucci.

La realidad es menos escabrosa, aunque no tranquilizadora. Hoy la democracia latinoamericana corre menos riesgo de ruptura o captura mafiosa que de irrelevancia. El sentido común y la investigación académica coinciden en una cosa: la economía es el principal determinante de los resultados electorales. Así como la recesión favorece a la oposición, el crecimiento económico favorece al gobierno porque los electores lo responsabilizan por el desempeño. Allí, esta la receta del FMI.

* Escrito por Emiro Enrique Vera Suárez, Orientador Escolar y Filósofo. Especialista en Semántica del Lenguaje jurídico. Escritor. Miembro activo de la Asociación de Escritores del Estado Carabobo. AESCA. Trabajo en los diarios Espectador, Tribuna Popular de Puerto Cabello, y La Calle como coordinador de cultura. ex columnista del Aragüeño

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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Emiro Vera Suárez (1189 noticias)
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