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El mozalbete, las mariposas, google y yo

01/03/2012 12:47 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Un cronista colombiano presenta una pintoresca crónica realizada en un parque de dosquebradas, risaralda entre el él y un monzalbete, jugando con las mariposas

POR HERNANDO SALGUERO FLOREZ

Estamos a mitad de semana, como jueves que es ahora. La tarde se está opacando, el clareado día que fue hoy ensombrece en este momento, miro el reloj: seis de la tarde. Al fondo en el horizonte el cielo toma un color amarillo peregrino, infrecuente en la bóveda celeste por esta época, tiempo que da paso al invierno de fin de año.

-¡Señor, mire las mariposas! -me grita un chiquillo (parece de nueve años) mientras señala con el dedo índice que muestra una uña sucia varias de ellas, las que revolotean alrededor de los árboles de este parque: el de Dosquebradas, en el Risaralda, que es donde ahora resido.

-Veo que te gustan las mariposas, le digo al niño mientras atisbo con celoso cuidado las alas de estos animalitos.

--¿Si ve aquella que esta posada en la flor?

-Claro que sí, la veo, ¡qué linda!

Mientras sus compañeras, revolotean sobre el árbol, como si danzaran las mariposas, el chiquillo está lelo con la mirada fija en el enjambre.

No hablamos el niño y yo, únicamente detallo de soslayo el color de las mariposas.

Una de ellas tiene sobre sus alas pinceladas de apagados grises que se esparcen sobre vivos colores.

--Vea, esa mariposa tiene todos los colores del arco iris en su sus alas, detállelos y se dará cuenta…, afirma el mozalbete.

Le hago caso, miro los colores regados en las alas de las mariposas y los veo a partir del rojo, pasando por el naranja y el amarillo; por el verde y por el azul; y al final de las alas se convierte en el añil hasta llegar al violeta. Me parece estar viendo el arco iris que el muchachito ve decorando con magnificencia las alas de las mariposas...

Los débiles rayos vespertinos del sol se estrellan a esta hora contra la superficie de ellas y destellan sombras, sombras que se posan en los gajos de los árboles del parque Valher, aquí en Dosquebradas: la que colinda con Pereira y que la divide el rio Otún.

Sombras que toman formas geométricas.

Sombras, unas pequeñas, otras grandes.

So, bra, unas débiles otras apagadas.

Sombras, sí, sombras son las que dejan el danzar de las mariposas en los jóvenes árboles de verde apagado en este parquecito.

El niño y yo nos sentamos debajo del árbol, él con sus pies entrelazados; yo, con las piernas estiradas mientras la mariposas se alejaban del escenario brincando vanidosas de aquí para allá…

-Pero son lindos los aretes que tienes en las orejas, le digo al infante mientras las miro de reojo.

-Me los regalo la novia.

-Ah, ya tienes novia, exclamo como o abismado

-Sí, claro… pero tengo un problema, ¿quiere que le cuente una cosa?

-Dime.

-Ella es mi novia, la complicación es que no lo sabe jajajajaja… -mueve la cabeza la criatura mientras caen sobre su frente los mechones de un cabello liso, largo el cabello, dócil el pelo, pelo que mueve el viento que viene del Nevado del Ruiz…

Me mira detalladamente:

-Debe ser duro ser viejo, ¿cierto? -me pregunta con cierto deje de abatimiento.

-Pues cada edad tiene su encanto, -le contesto abatidamente cabizbajo.

.--Mi papá ya es viejo…

-¿Qué edad tiene tu papi?

-Va para los 35

Cambio el tema:

--¿Muy duro el estudio?

---Pues ahora el estudio es fácil porque no estudiamos, y suelta una juvenil y estruendosa carcajada

--A ver, explícame.

--Fácil. Las tareas nos la hace el Internet, es copiar y pegar y listo. Si no fuera por Google nos tocaría estudiar, -afirma mientras abre sus parpados. Ah, ese internet es bacano, agrega inocentemente.

Los ojos del niño son grandes, blancas níveas las escleróticas oculares, y se ven mucho más cuando hace la exclamación: “Google es chévere”.

Sigo detallando los ojos de mi pequeño interlocutor: Negros son, pero no del negro del carbón. Es un negro extraño, quemado, oscurecido…

Mientras el nene habla, sube con su manita derecha la bota de un pantalón del color del ají que sostiene una correa ancha, -del matiz del café-, bordeando su cintura.

-Bueno, señor me voy como las mariposas, es tarde; el cucho debe estar esperándome.

Y el niño corriendo y brincado, brincando y corriendo atraviesa el parque, se pierde a la vuelta de una esquina.

Y yo me quedo pensando en la danza de las mariposas, en la alcahueta de Google y en los colores del arco iris. Y como el chaval, pero a paso lento, -es el paso de los viejos, cansado- también atravieso el parque con mi paraguas debajo del sobaco, como cualquier veterano, de esos que van y vienen por la vida, de los que no necesitamos de Google.

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Estamos a mitad de semana, como jueves que es ahora. La tarde se está opacando, el clareado día que fue hoy ensombrece en este momento, miro el reloj: seis de la tarde. Al fondo en el horizonte el cielo toma un color amarillo peregrino, infrecuente en la bóveda celeste por esta época, tiempo que da paso al invierno de fin de año.

-¡Señor, mire las mariposas! -me grita un chiquillo (parece de nueve años) mientras señala con el dedo índice que muestra una uña sucia varias de ellas, las que revolotean alrededor de los árboles de este parque: el de Dosquebradas, en el Risaralda, que es donde ahora resido.

-Veo que te gustan las mariposas, le digo al niño mientras atisbo con celoso cuidado las alas de estos animalitos.

--¿Si ve aquella que esta posada en la flor?

-Claro que sí, la veo, ¡qué linda!

Mientras sus compañeras, revolotean sobre el árbol, como si danzaran las mariposas, el chiquillo está lelo con la mirada fija en el enjambre.

No hablamos el niño y yo, únicamente detallo de soslayo el color de las mariposas.

Una de ellas tiene sobre sus alas pinceladas de apagados grises que se esparcen sobre vivos colores.

--Vea, esa mariposa tiene todos los colores del arco iris en su sus alas, detállelos y se dará cuenta…, afirma el mozalbete.

Le hago caso, miro los colores regados en las alas de las mariposas y los veo a partir del rojo, pasando por el naranja y el amarillo; por el verde y por el azul; y al final de las alas se convierte en el añil hasta llegar al violeta. Me parece estar viendo el arco iris que el muchachito ve decorando con magnificencia las alas de las mariposas...

Los débiles rayos vespertinos del sol se estrellan a esta hora contra la superficie de ellas y destellan sombras, sombras que se posan en los gajos de los árboles del parque Valher, aqui en Dosquebradas: la que colinda con Pereira y que la divide el rio Otún.

Sombras que toman formas geométricas.

Sombras, unas pequeñas, otras grandes.

So, bra, unas débiles otras apagadas.

Sombras, sí, sombras son las que dejan el danzar de las mariposas en los jóvenes árboles de verde apagado en este parquecito.

El niño y yo nos sentamos debajo del árbol, él con sus pies entrelazados; yo, con las piernas estiradas mientras la mariposas se alejaban del escenario brincando vanidosas de aquí para allá…

-Pero son lindos los aretes que tienes en las orejas, le digo al infante mientras las miro de reojo.

-Me los regalo la novia.

-Ah, ya tienes novia, exclamo como abismado

-Sí, claro… pero tengo un problema, ¿quiere que le cuente una cosa?

-Dime.

-Ella es mi novia, la complicación es que no lo sabe jajajajaja… -mueve la cabeza la criatura mientras caen sobre su frente los mechones de un cabello liso, largo el cabello, dócil el pelo, pelo que mueve el viento que viene del Nevado del Ruiz…

Me mira detalladamente:

-Debe ser duro ser viejo, ¿cierto? -me pregunta con cierto deje de abatimiento.

-Pues cada edad tiene su encanto, -le contesto abatidamente cabizbajo.

.--Mi papá ya es viejo…

-¿Qué edad tiene tu papi?

-Va para los 35

Cambio el tema:

--¿Muy duro el estudio?

---Pues ahora el estudio es fácil porque no estudiamos, y suelta una juvenil y estruendosa carcajada

--A ver, explícame.

--Fácil. Las tareas nos la hace el Internet, es copiar y pegar y listo. Si no fuera por Google nos tocaría estudiar, -afirma mientras abre sus parpados. Ah, ese internet es bacano, agrega inocentemente.

Los ojos del niño son grandes, blancas níveas las escleróticas oculares, y se ven mucho más cuando hace la exclamación: “Google es chévere”.

Sigo detallando los ojos de mi pequeño interlocutor: Negros son, pero no del negro del carbón. Es un negro extraño, quemado, oscurecido…

Mientras el nene habla, sube con su manita derecha la bota de un pantalón del color del ají que sostiene una correa ancha, -del matiz del café-, bordeando su cintura.

-Bueno, señor me voy como las mariposas, es tarde; el cucho debe estar esperándome.

Y el niño corriendo y brincado, brincando y corriendo atraviesa el parque, se pierde a la vuelta de una esquina.

Y yo me quedo pensando en la danza de las mariposas, en la alcahueta de Google y en los colores del arco iris. Y como el chaval, pero a paso lento, -es el paso de los viejos, cansado- también atravieso el parque con mi paraguas debajo del sobaco, como cualquier veterano, de esos que van y vienen por la vida, de los que no necesitamos de Google.


Sobre esta noticia

Autor:
Salflo (11 noticias)
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Tipo:
Reportaje
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