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La noche de los muertos (crónica de un asesinato)

10/10/2011 19:15 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Esta es la impresión personal que el autor ha tenido en los lugares de Colombia donde le ha tocado ser testigo de hechos de violencia que dejan marcados ambientes y personas

Al nuevo drogadicto del barrio lo veíamos pasar todos los días con unos auriculares hundidos en sus oídos y una mirada turbia, dando saltos al ritmo de la música que sólo él escuchaba y haciendo piruetas como los famosos del Reggaetton. A la gente le causaba risa verlo pasar. Pero a las niñas les daba miedo porque él las miraba y dejaba escapar una sonrisita enferma que les erizaba la piel. Sin embargo, parecía una persona inofensiva, la mama era "evangélica" y una señora respetable. El único problema era la adicción del muchacho. Según se conocía estuvo prestando el servicio militar y lo sacaron del ejército por ese problema. Los primeros días de su llegada lo veíamos pasar aún vestido de camuflado por las calles, drogado, escuchando música en los audífonos del celular y bailando y riéndose. La gente lo sentenció.

"Ese no dura vivo", decían. Y es que como cosa natural parecía ser uno de los tantos y tantos innumerables seres que están condenados a ser borrados de la faz de la tierra en este país por lo que llaman "limpieza social". En resumen, al "loco de allá abajo" como ya todos lo llamaban, todos esperaban verlo acribillado a tiros cualquier día en cualquier esquina.

Hubo una noche en que muchos pensamos que lo habían asesinado. Eran alrededor de las siete de la noche. Él, acababa de pasar como siempre con sus auriculares y su "traba" impresionante. A los pocos segundos de haber doblado la esquina se escucharon varios impactos de bala. Y todo fue confusión y sobresaltada pasmosidad en medio de la noche:

En realidad, cuando sicarios asesinan a alguien en Colombia las personas no sienten propiamente temor. Lo que expresan es una mezcla compleja, una especie de timidez con exacerbada curiosidad, la adrenalina corre por las venas, y no han terminado de irse los sicarios cuando ya a todo el mundo le brincan las piernas con ganas de ir a ver. Después de todo, un suceso de esos tampoco es nuevo para nadie. Estamos acostumbrados a tales hechos, y cada atentado solo alimenta nada más que la inquietud de ir a ver el nuevo muerto. La gente se aglomera alrededor del asesinado, y van niños, mujeres, jóvenes, ancianos, gente incluso en pijama, gente que deja el plato de la cena tirado, se empujan, brincan uno por encima del otro para ver, forcejean, pelean, se insultan y una vez escuché a una mujer gritar: “Quién fue el hijuputa que me agarró las tetas?”

La gente habla de muertos con una sonrisita maliciosa en los labios. Los muertos de la violencia en el pueblo son un tema picante, el mejor de los chismes, lo que se cuenta en susurros y con disimulo y es prohibido pero tentador, la hipnotizadora mezcla de temor, horror y placer, es mejor que la televisión, es lo que se comenta todo el día y se transmite entre vecinos, conocidos e incluso en el semáforo con tan sólo miradas…

Es algo tan penetrante, que en este pueblo desde que empezó la ola de violencia han proliferado los periodistas y los periódicos locales, personas que jamás en su vida hubieran dado un centavo por un periódico y que quizás nunca habían leído uno ahora lo compran como pan caliente. Son unos folletos coloridos con fotos de primera página de los muertos del pueblo, con titulares en tinta chorreada y mala ortografía, pero traen lo que uno quiere leer, las noticias que todos esperan, lo que alimenta los chismes, incluso la gente a veces les mira la portada y si no hablan de muertos ni ven fotos de asesinatos no lo compran, dicen: “Ese periódico no trae nada bueno hoy”.

La noche que sonaron los disparos por mi casa, de nuevo esa indescriptible sensación de placer malicioso y temor en las caras, de nuevo el pavor de unos segundos, y luego la infinitamente feliz curiosidad. Yo pensé que habían matado al “loco de allá abajo”, porque acababa de doblar la esquina. Sonaron varios disparos seguidos, nítidos en la noche. La gente se esparció como hormigas, corriendo para adentro de sus casas. Las mujeres llamaban a los niños que jugaban en los corredores: “Fulanito, ¡entráte!”, pero los niños estaban pasmados mirando hacia donde provenían los tiros como estatuas. Algunas personas se encerraron y no se acordaron de sus hijos, otras halaron a éstos a la fuerza hacia dentro, y hubo gritos, llantos, insultos y palmadas. Todo esto duró menos de un minuto. Luego, empezamos a asomarnos con temor a la puerta de la calle. Un vecino ve que se asoma el otro vecino, el otro el otro, y va volviendo la calma al cuerpo hasta que todos están afuera mirando despavoridos hacia la esquina. Por la intersección de la calle se ve pasar corriendo a una mujer con las manos en la cabeza, luego aparece otro muchacho que viene corriendo hacia nosotros. Una vecina que lo conoce le pregunta: “¿qué pasó?” Y él responde: “Mataron a una vieja”. Y luego se regresa otra vez hacia la esquina, corriendo. La mujer le grita: “Mira, qué vas a hacer!” pero él no se detiene. Luego, alguien de entre nosotros también se anima a ir a ver, llega a a la esquina, se pone las manos en la cabeza y se regresa corriendo. Todos estamos a la expectativa, él grita: “Ahí está tirado”. “¿Lo conoces?” “No lo vi bien está bocabajo”. De la calle debajo de la esquina empiezan a surgir personas como hormigas, del lado derecho también, al parecer el muerto está hacia la izquierda. De la parte baja de nuestra calle también empiezan a llegar curiosos corriendo. Ya varios nos animamos a ir a mirar. Las caras se miran pasmadas, pero en el fondo está esa pasmosa enfermedad de la que ya hablé. Al llegar a la esquina, habrán pasado unos dos minutos desde que ocurrió todo. La gente se aglomera en las orillas de la calle y mira hacia la parte alta de ésta. El muerto está tirado a la orilla de la calle unos metros más allá, bocabajo. Es hombre y tiene una camiseta azul. Dos policías pasan zumbando en una motocicleta y siguen de largo, hasta la parte alta. Detrás de ellos vienen otros dos, los cuales se detienen al lado del muerto y se bajan y empiezan a examinarlo. Uno de ellos le pone el dedo índice y medio en el cuello, se levanta y empieza a hablar algo confuso por el radio teléfono. El otro policía mientras tanto se ha subido a la parte superior del corredor de la casa y mira atento a todos lados, con el arma lista para disparar. Con el casco de la motocicleta, el radioteléfono y la pistola, y el uniforme verde, parece un enorme saltamontes ahí arriba.

Su compañero ha puesto el casco en uno de los cachos de la motocicleta y llama por el radio. En la otra mano tiene una pistola que reluce en medio de las luces de la calle. La gente en este momento, ya se encuentra apiñada alrededor y él comienza a espantarlos: “Despejen, despejen, hagan espacio”. Es un tipo alto y moreno, y su acento es de la gente del pacífico colombiano. El herido o muerto está detrás de él, bocabajo. Es un muchacho bastante joven, de unos 20 años. Tiene aspecto atlético y motilado de soldado. Viste un jean azul, un suéter azul y zapatos tenis blancos. Su caja torácica se mueve como cuando una persona tiene hipo. Alguien grita entre la multitud. Está vivo, está respirando!, llévenlo en la moto! El policía de la voz estilosa grita como lamentándose: cuál moto ome! Que vamos a poder llevar eso en una moto! Un taxi! Un taxi! Que alguien llame un taxi!!” pero nadie llama al taxi. Al momento llegan los otros policías que habían desaparecido calle arriba y se bajan de su moto también, se quedan parados en medio de la calle. El policía negro sigue espantando a la gente: Despejen ome, no ven que esto es peligroso”. Y con los brazos parece que espantara gallinas. La gente sigue apiñada sobre el pretil del borde de la calle y el andén, empujándose, cayéndose. La multitud sólo se esparce y despeja el área cuando el policía que está en la parte superior del corredor saca una cámara digital y empieza a tomar fotos haciendo un barrido de 180 grados. El movimiento de espanto hace que la gente se mueva como una ola, y despejen la calle y se aplasten contra las paredes de las casas.

Una muchacha llega entre la multitud y rompe a llorar, se acerca al muchacho tendido en la calle y palmotea el suelo dando gritos: “No!” luego desaparece corriendo calle arriba. Por increíble que parezca, nadie pronuncia una palabra en medio de lo que está ocurriendo. Entre tantas personas, solo se escucha un murmullo bajo. A los pocos segundos de haberse ido la muchacha llega otro joven que al ver el cuerpo tendido unos metros frente a él comienza a dar gritos: “Ay, cómo va a ser cómo va a ser, ese es mi hermano!, mi amigo del alma mi hermano, ahora que le digo a Mary? Ay ay ay” y acto seguido se tira en el suelo de la calle y se revuelca dando vueltas como un tronco de madera y llorando, “me las van a pagar, me las van a pagar, malparidos!”, se queda unos segundos en la misma posición en que está su amigo unos metros más abajo y sigue gritando: “Me las pagan, me las pagan!” en realidad, en ese momento la muchedumbre está más bien aterrorizada por primera vez. En el ambiente hay un olor a pólvora fatigante.

Ahora aparece del fondo de la calle una camioneta de la policía con sus luces multicolores. Vienen varios uniformados, éstos también van a donde está el cuerpo del joven y le toman el pulso. Uno de ellos da la señal de que está muerto. Ya no hay nada que hacer por él.

El amigo del muerto desaparece en la misma forma en que lo hizo la muchacha unos minutos antes. Ahora hay una increíble cantidad de personas mirando. Me sorprendió ver las caras pálidas, los ojos desorbitados, y la enfermedad de la curiosidad violencia bailando en ellos. Mis propios vecinos de siempre parecían no reconocerme, todo el mundo se miraba con una desconfianza y una alarma ridícula. Algunos hasta se reían entre ellos no sé de qué. Ya empezaba a sentirse la insensibilidad y el aburrimiento, la curiosidad satisfecha entre los chismosos. Fue entonces cuando vi aparecer al “loco de allá abajo” con sus auriculares y los ojos desorbitados preguntando: que fue lo que pasó?”, Un muerto”, “pero, en qué momento por Dios?” y la verdad no sé por qué pero sentí una inmensa alegría de que no fuera él.

Regresé a mi casa, la gente comentaba, susurraba y hablaba en la esquina y a lo largo de todas las calles circundantes. Llegó la Dijin y los forenses, había personas muy extrañas en la escena del crimen, quizás hasta los mismos sicarios estarían por allí, y por eso las personas se abstenían de comentar tantas cosas. Nadie vio nada. Nadie sabía nada. Llegaron los periodistas. Llegó el carro de la funeraria. También vi con sorpresa la cantidad de mujeres hermosas que había en mi propio barrio, y de las que no tenía ni idea. Los últimos curiosos no se fueron del lugar hasta que hicieron el levantamiento del cadáver y subieron a éste, tieso, en el carro fúnebre.


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Dogod (3 noticias)
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