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La “Obediencia” a la “Palabra”, es la clave para que Dios Padre, escuche nuestras súplicas

26/09/2011 20:28 2 Comentarios Lectura: ( palabras)

En su Nombre todo es dado y todo se cumple. Por su obediencia la humanidad entera se redimió, sólo hay que obedecer como El "religiosamente" lo hizo

En el comienzo de los tiempos Dios creó al hombre para que fuera feliz y disfrutara de la creación, es decir, de ese paraíso o “jardín del Edén” del que habla el libro del Génesis (3, 23). Pero el hombre no supo aprovechar esa oportunidad y perdió con su “desobediencia” todo lo bueno que le había sido dado. Porque ese es el verdadero pecado del hombre. No fue el hecho de comerse la manzana y lo que ello implicaba, fue desobedecer a una recomendación de Dios cuando dijo que podían comer de todos los frutos, menos del fruto del árbol que estaba en medio del jardín: “No coman de él ni lo prueben siquiera, porque si lo hacen morirán” (Gen 3, 3). Pero la astuta serpiente se las ingenió para que Eva quisiera probar de ese fruto y le dice: No es cierto que morirán. Es que Dios sabe muy bien que el día en que coman de él, se les abrirán a ustedes los ojos; entonces serán ustedes como dioses y conocerán lo que es bueno y lo que no lo es.” (Gen 3 4-5). Así fue como Eva se dejó tentar y no sólo comió ella sino que le dio a su marido. Y es claro que la Biblia no dice que ella obligó a Adán a comer, simplemente dice que le dio y el recibió, así que los dos fueron dos ingenuos: Eva por creerle a la serpiente y Adán por confiar en su mujer; pero es bien claro que hasta ese momento hombre y mujer eran ajenos a lo bueno y a lo malo, no tenían conocimiento del bien y del mal. ¿Será que podemos decir entonces que pecaron por ingenuos? Difícil responder, sería tema de otro ensayo. Así y todo desobedecieron y el precio que se pagó fue alto. A partir de ese momento el hombre rompió su amistad con Dios y vivió en carne propia el sufrimiento producto de su pecado. Pero Dios, en su infinito amor por su máxima creación, quiso darle una oportunidad de redimirse y envió a su Hijo amado para que se encarnara en una santa mujer y naciese para el perdón de los pecados. Parece fácil decirlo o entenderlo, pero todo esto tiene origen en la “Promesa de Salvación” que Dios hace al hombre justo en el momento en que le desobedece. Recordemos que después que Eva come del fruto prohibido, Dios sentencia a la serpiente: “Por haber hecho esto, maldita seas entre todas las bestias y entre todos los animales del campo. Te arrastrarás sobre tu vientre y comerás tierra todos los días de tu vida. Haré que haya enemistad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y la suya. Ella te pisará la cabeza mientras tu herirás su talón.” (Gen 3, 14-15). Es evidente que la mujer de la que se habla en este texto es María, quien llevaría en su vientre a Jesús, o sea, “su descendencia”. ¿Y quién es la descendencia de la serpiente? Siendo la serpiente símbolo del pecado o de Satán, todo lo que se derive de ello es también su descendencia. En otras palabras, quien pisaría la cabeza a la serpiente sería la “descendencia” de María, el hijo predilecto del Padre: ¡Jesucristo! Posiblemente este texto se preste a confusión, pero cuando María dijo “Sí” en la Anunciación, se dio cumplimiento a esa “Promesa”. Y San Pablo bien dijo que si por la desobediencia de un hombre entró el pecado al mundo, por la obediencia de otro llegó también la salvación (Rom 5, 12-21).

De esta manera Jesús al venir al mundo reconcilia a la humanidad con Dios, y de paso, con su testimonio de vida, nos enseña que la obediencia al Padre, es el motivo de su venida y es la causa de su “Encarnación”. Porque eso fue lo que se dedicó a hacer Jesús en su paso por la tierra: “Obedecer”. El libro de los Hebreos narra esto de una manera conmovedora y hermosa: “En los días de su vida mortal presentó ruegos y súplicas a aquel que podía salvarlo de la muerte; este fue su sacrificio, con grandes clamores y lágrimas, y fue escuchado por su religiosa sumisión. Aunque era hijo, aprendió en su pasión lo que es obedecer. Y ahora, llegado a su perfección, es fuente de salvación eterna para todos los que le obedecen…” (Heb 5, 7-9).

Es tan sencillo y a la vez tan difícil ser obedientes, pero en este texto se nos dice que Jesús “fue escuchado por su religiosa sumisión”. Qué hermoso como lo escribe el autor, es casi como un poema, pero también es una especie de “revelación” que nos dice cómo podemos ser escuchados por el Padre. ¿Qué hay que hacer? Ser religiosamente sumisos, es decir, religiosamente obedientes, dulcemente dóciles, así como lo fue Jesús, y de esa manera seremos escuchados en nuestras más intimas peticiones al Padre. También hay que imitar a Jesús y “obedecer” sus palabras, mismas que están en los cuatro Evangelios. Veamos algunos de esos pasajes:

“Te doy gracias, Padre, porque me has escuchado. Yo sabía que siempre me escuchas; pero lo he dicho por esta gente, para que crean que tú me has enviado.” (Jn 11, 41-42)

“En verdad les digo: El que crea en mí hará las mismas obras que yo hago y, como ahora voy al Padre, las hará aún mayores. Todo lo que pidan en mi nombre lo haré, de manera que el Padre sea glorificado en su Hijo. Y también haré lo que me pidan invocando mi Nombre.” Jn 14, 12-14).

Es tan sencillo y a la vez tan difícil ser obedientes, pero en este texto se nos dice que Jesús “fue escuchado por su religiosa sumisión”

Así como estos, hay muchos más pasajes en los Evangelios donde Jesús mismo nos enseña cómo hacer para que el Padre nos escuche.

San Pablo en una de sus cartas también nos muestra cómo hacer cuando no sabemos pedir: “Somos débiles, pero el Espíritu viene en nuestra ayuda. No sabemos cómo pedir ni qué pedir, pero el Espíritu lo pide por nosotros, sin palabras, como con gemidos. Y Aquel que penetra los secretos más íntimos entiende esas aspiraciones del Espíritu, pues el Espíritu quiere conseguir para los santos lo que es de Dios” (Rom 8, 26-27).

A veces me pregunto, por qué si tenemos las herramientas no hacemos uso de ellas, y me incluyo, pero es quizás porque somos necios, o porque nos falta fe, esa fe que hace que creamos ciegamente las palabras del Redentor del mundo, del ser que no sólo predicó, sino que dio ejemplo, es decir, Jesús no sólo fue testimonio en el tiempo que estuvo de paso por esta tierra, sino que con su pasión, muerte y resurrección corroboró su “Palabra”. Y como dice San Juan en su Evangelio: “Por Ella se hizo todo”, o sea, la “Palabra”, y quién es la “Palabra”: ¡Cristo!

Así que la clave está en la “Obediencia” a la “Palabra”. Y no hay más por decir, tan sólo que le pidamos al Espíritu Santo que nos ilumine para entender, para discernir, y para realizar todo conforme a la voluntad del Dios. Tampoco olvidemos que al orar hay que pedir al Padre en el nombre de su Hijo Jesucristo y con el poder del Espíritu Santo. AMÉN.


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Creisa (03/10/2011)

Gracias por este artículo, me queda muy claro que la obediencia es la respuesta, pero qué difícil es ser obediente.

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Benditas Palabras (08/10/2011)

Hola Creisa, si es complicado ser obedientes, pero de eso se trata, de poner de nuestra parte para lograrlo; al final, siempre concluiremos que valió la pena. Gracias por tu opinión.