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De película, Belinda, la sobandera; mecánica de huesos y torceduras musculares

21/05/2012 13:11 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

image Si por alguien en esta "puerca vida", como dice ella, siente apego y gratitud, es por el 'Negro Palindo', el 'mecánico de huesos' más famoso y efectivo que tiene Bogotá en los predios de la avenida Caracas con 6ª, donde se concentra el gremio de los sobanderos, esos quinesiólogos empíricos graduados en la sabiduría popular, quienes con sus pócimas, grasas y aceites, sacan los fríos concentrados de espalda, muslos y cuadril; enderezan tobillos y ponen en su puesto la huesamenta resquebrajada en accidentes, torceduras, pasos en falso y toda clase de reumatismos y debilidades del sistema óseo, sobre todo en mujeres descalcificadas y endebles adultos mayores.

Sólo un varón en la rebuscada existencia de esta hembra que supo respetarla y apoyarla cuando más lo necesitaba, de tantos que sólo la utilizaron para el 'sacudón de catre' y luego la desconocieron y abandonaron como trapo inservible.

Belinda Corcho Incenales llegó a la capital hace cinco años espantada por la violencia urabeña, con los contados ahorros de una vida entregada a las arduas faenas del cultivo y recolección del banano, dispuesta a rehacer un destino marcado por el sufrimiento, el engaño y las demoledoras palizas de un salvaje consumido en la cachaza de los alambiques y el vicio.

La única pariente que tenía en esta urbe voraz y endemoniada le ofreció en su covacha un cuartucho miserable hasta cuando la expulsó pitada el acoso permanente del marido, al menor descuido de su mujer, cuando se deslizaba como una rata, de rodillas, hasta alcanzar su objetivo.

El honor de la buena crianza no permitió que se dejara enredar de los proxenetas de los griles y lupanares del centro y Chapinero, con ese cuerpo por el que botaban baba parroquianos y mequetrefes de todas las pelambres, rábulas y rebuscadores, y los dueños de los inquilinatos, de la media docena donde pernoctó en La Estanzuela, Las Cruces y La Favorita.

Hubo temporadas en que Belinda pasaba en blanco, con una sopa de guacharaco, único golpe del día, de las que servían a 500 pesos en la Plaza de San Victorino, ese nicho de 'buscalavidas' a donde llegó cualquier día con una 'chaza' adquirida en el Pasaje Rivas para levantar el 'bitute' con la venta de dulces, 'gargüerías' y cigarrillos.

En ese entorno de desocupados, aventureros y desarraigados, Belinda conoció a Palindo, que a partir de ese instante se convirtió en su San Martín de Porres. Por un tubo de caramelos mentolados, el Negro y la desplazada trabaron una amistad que nunca fue más allá del afecto, la solidaridad y el mecenazgo de los hombres buenos -que todavía quedan-, para con las almas confusas y desperdigadas.

Aunque ella sí, más de una vez, pero con frustrados intentos, quiso retribuirle con sus encantos la sobrada molicie del mulato, la relación entre los dos trascendió con un entrañable amor de hermanos, porque Palindo, de tiempo atrás, y por esa melancolía de los 'niches' mecidos con los rumores del Atrato, cargaba, como en 'Negrura', el bolero fúnebre de Rolando Laserie, y de años atrás, "una honda pena en el alma":

"Hay una cosa en tu vivir / que roba lo que ya fue mío...".

El pacto entre los dos no pudo ser más sensato: ella le prometió extirpar la espina atravesada en el corazón con su magia y su alegría, y él, a cambio, como en los trueques de la antigua Grecia, le confió para su bien la sabiduría, los secretos y las destrezas de sus sobijos, herencia de los ancianos esclavos africanos que poblaron el Pacífico, y que se fueron regando en fecunda simiente de generación en generación.

Belinda, que de tonta no tiene un crespo, asimiló muy rápido la farmacopea doméstica de los ungüentos, cataplasmas, linimentos, bálsamos, pomadas y afeites para los martirios del cuerpo y las cizañas de la médula. Noches enteras, con su tutor a la espalda, estuvo enfrascada en los cocimientos a fuego lento de las milagrosas grasas de animales de monte, mezcladas con los aceites que él preparaba con hierbas de mejorana y amargoandrés (un arbusto del Litoral Pacífico), algodón laminado y yeso en su pureza.

Las manos de Belinda, acostumbradas a trabajos ásperos, plantación adentro, como en la mentada salsa de Rubén Blades, se fueron adiestrando en este ejercicio de cuadrar huesos y apaciguar el suplicio reumatoide de chocozuelas y tendones, con la misma suavidad de las monjas santas de bordado y cadeneta, sumidas en el encierro de los monasterios de clausura.

Su debut en estas prácticas mecánicas del astrágalo esquelético lo hizo con el hueso ilíaco descompuesto del gramático Heriberto Márdela, que por cambiar una bombilla de garaje, trepado sobre una escalera en ruinas, cayó desbaratado y con la cadera hecha gelatina.

Tiempo después arregló el esternocleidomastoideo del sargento Gutiérrez, luego de sufrir una fuerte lesión en el cuello, producto del fulminante taponazo que le propinó su hombre de confianza, el subintendente Profirio Guamán, en una de sus acostumbradas jugarretas de 'troncos' en los potreros del barrio Egipto.

Al dibujante de retratos hablados, Cosme Zulano Buitrago, le rescató la pata descompuesta y a punta de perderla por la infección de un horrible uñero que le estaba carcomiendo hasta el tuétano del metatarso.

Con esos logros triunfales y los que vinieron después, a Belinda Corcho Incenales se le crecieron las acciones como la sobandera más solícita y acreditada de la Caracas, estímulo diario de los gendarmes de la Metropolitana y hueso duro de roer del avezado reportero de sangre Héctor de Jesús Gómez Bustamante, quien por más que se esfuerza en pretenderla y asediarla, no obtiene otra prebenda que la mofa espuelona de la discípula estrella del experto en sobijos más autorizado de esta célebre cuadra: el quinesiólogo vallecaucano Wilfredo Jordán Palindo, hincha furibundo del América y mediador sin protocolos en los requerimientos de sanar y organizar el esqueleto.

Que pase el siguiente.

El Espacio


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Patiobonitoaldia (1190 noticias)
Fuente:
patiobonitoaldia.org
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Reportaje
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