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19/06/2018

imageEn el mundo de la Ciencia el diseño experimental con sus controles es el elemento fundamental sobre el que luego se basan los resultados y conclusiones. Si el experimentador no ha tenido en cuenta todas las variables que afectan al experimento, el estudio puede estar severamente comprometido, invalidando incluso sus conclusiones. Y este principio básico en Ciencia es el que constantemente incumplen los científicos religiosos en su quehacer profesional.

Cualquier estudiante de doctorado sabe que para llegar a conclusiones sólidas, los estudios deben incluir los pertinentes controles que tengan en cuenta todas las variables conocidas que pudieran afectar de una u otra manera a la obtención de los resultados, de los que luego se extraerán unas conclusiones que serán tan sólidas como lo hayan sido los resultados y controles en las que se basan.

Así por ejemplo, en un ensayo clínico para determinar la supuesta efectividad de un fármaco es absolutamente vital que los dos grupos de pacientes que después tomarán el placebo o el medicamento a testar sean lo más similares posible. Porque cualquier diferencia entre los grupos: desigual porcentaje de adultos versus ancianos, hombres frente a mujeres, etc. puede dar lugar a una posterior estadística errónea que sugiera que el fármaco estudiado es efectivo o inútil, enmascarándose entonces su efecto real. Esto es así porque múltiples factores: edad, sexo, origen étnico y otros factores genéticos, hábitos alimenticios, costumbres más o menos dañinas como el consumo de alcohol o tabaco, enfermedades previas no relacionadas, etc. pueden afectar tanto a la morbilidad como a la mortalidad de la enfermedad a estudiar, así como a la propia función del medicamento. Es por ello que en los ensayos clínicos tras un estudio exhaustivo de todas las características de los pacientes a incluir se realiza después una aleatorización estratificada para garantizar la asignación de un número equivalente de participantes con una característica considerada como influyente en la respuesta a la intervención a cada grupo del ensayo.

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Llegados a este punto es interesante recalcar que esta estratificación o subdivisión en grupos de pacientes, además de por edad, sexo y demás factores anteriormente mencionados, puede incluir cualquier otro factor que sin haber sido todavía demostrado como relevante merezca el interés o la sospecha por parte del personal científico-médico que diseña el ensayo clínico. Si luego esta característica es relevante o no es asunto del análisis de los posteriores resultados.

Ahora supongamos que en EEUU, por ejemplo en el "Second Anabaptist Hospital" de la ciudad de Montgomery, en el más que cristiano estado norteamericano de Alabama se monta un ensayo clínico para determinar la eficacia de un nuevo antitumoral. En este hospital, fundado en la segunda mitad del siglo XIX por piadosos miembros de esta variante protestante y financiado hasta la fecha por la iglesia local y algunos de sus más que adinerados miembros, por supuesto que trabajan una mayoría de abnegados y más que competentes médicos anabaptistas que compaginan su reconocida labor profesional con una más que ferviente fe en los incuestionables dogmas de su Iglesia.

En la reunión de coordinación del ensayo clínico, uno de los encargados hace notar que además de incluir los parámetros habituales antes mencionados, sería necesario añadir un nuevo elemento a considerar: la religión. Por supuesto, todos los presentes dan su aprobación a tal modificación porque como buenos Anabaptistas del Cuarto Día que son, todos ellos saben del más que poderoso efecto de la oración y de los milagros de Nuestro Señor, ya que además de haber escuchado innumerables ejemplos a lo largo de su más que inexcusable asistencia dominical a los oficios religiosos, algunos de ellos además han vivido de primera mano: con amigos, familiares o incluso en primera persona como enfermedades más o menos graves e incluso a veces terminales (es que la magnanimidad del Señor con su rebaño anabaptista no tiene límites) se curaban mediante la divina intercesión.

Por ello, y como además de fervorosos cristianos son también médicos competentes, deciden incluir el mismo porcentaje de creyentes y de ateos en los dos grupos a estudiar, no sea que por azares del destino o por las malas artes del Maligno (que todos sabemos que siempre está al acecho) caigan más ateos en el grupo del medicamento y la siempre generosa benevolencia de Nuestro Señor Jesucristo acabe enmascarando la potencia del fármaco por un aumento de curaciones milagrosas en el grupo placebo, sobre todo teniendo en cuenta que el tipo de enfermedad a estudiar en este caso es una más que mortal variante de cáncer infantil. Y ya se sabe que en estas enfermedades tan sensibles, las esperanzadas oraciones del rebaño cristiano son mucho más perseverantes y tienden a ser mejor escuchadas en las alturas celestiales.

Por ello, y para no dejar sombra de duda sobre los futuros resultados, nuestro plantel de piadosos médicos decide estratificar a los pacientes de la manera más rigurosa posible, ya que bien saben ellos que no todos los creyentes, ni siquiera todos los cristianos, tienen el mismo grado de favor del Altísimo. Así los pacientes serán clasificados no sólo según su creencia o increencia, sino también por su filiación religiosa porque es más que evidente que siendo ellos (los anabaptistas) los que adoran correctamente al Único Dios verdadero serán los niños enfermos de su congregación los agraciados durante el ensayo clínico con mayor número de milagros en respuesta a la siempre efectiva oración. Después, por supuesto los baptistas y otras variantes próximas, que aunque erróneas ellas sin embargo tienen mucho en común con la Verdadera Fe, serán probablemente los siguientes en recibir los favores divinos. Protestantes en general y finalmente los siempre idólatras católicos conformarán respectivamente el penúltimo y el último objeto de la misericordia divina.

En último lugar, y con ayuda de los siempre sabios predicadores de la congregación, deciden incluir en un mismo grupo al resto de creyentes (puesto que a Dios le disgustan lo mismo judíos, musulmanes, budistas, hinduistas, etc.) junto con agnósticos y ateos, puesto que desde el punto de vista teológico todos ellos ofenden tanto al Señor que no se espera razonablemente ningún milagro en favor de esas descarriadas almas, por muy inocentes que sean esos pequeños, que además irán irremisiblemente al Infierno por toda la eternidad. Y total, son tan escasos estos pecadores en las consultas del mencionado hospital y del resto de sanatorios cristianos del Cinturón de la Biblia incluidos en el estudio, que la estadística iba a servir para poco.

Además, nuestros protagonistas encuentran una ventaja adicional a este diseño tan rigurosamente detallista del ensayo clínico, y es que servirá también para demostrar de una vez por todas (y de la manera más científica posible) ese poder de la oración (eso sí debidamente dirigida a su verdadero receptor) que tan benevolentemente fue revelado en la Sagrada Biblia.

Ahora bien, sorprendentemente este hipotético experimento o cualquier otro similar nunca se lleva a la práctica, aun cuando a veces estén implicados fervorosos científicos cristianos en sus más que infinitas variantes, musulmanes, judíos o hinduistas. Por lo que surge la duda ¿estos científicos son malos profesionales que no saben diseñar correctamente un experimento? ¿o simplemente es que no son tan creyentes como dicen afirmar?

P.D.

Y no es ya que en la actualidad los científicos religiosos no tengan en cuenta la Hipótesis de Dios, es que incluso en los albores del método científico, donde la omnipresencia religiosa era tan evidente como abrumadora, tampoco. Porque hasta los más que supuestamente piadosos pastores presbiterianos de la Iglesia de Escocia Alexander Webster y Robert Wallace, allá por el ya lejano año de 1744 decidieron (con muy buen juicio por cierto) que los milagros no afectaban a sus cálculos estadísticos sobre esperanza de vida ¡Y eso que lo que calculaban era la de sus también correligionarios en la verdadera fe! tal y como comenté en una entrada antigua.

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