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Las medidas de nuestro vecindario cósmico se reformularon numerosas veces a lo largo del siglo XVIII. La llamada ley de Titius-Bode tuvo una vida breve. Fue hija del jugueteo aritmético (y no de la reflexión profunda de los naturalistas) y de la Estética. Los mecánicos celestiales, incapaces de encontrar una respuesta en la novísima física newtoniana, observaban con confusión las inexplicables distancias que separan los planetas. El cielo era igual de oscuro que hoy, pero guardaba más secretos. La ausencia de cualquier mecanismo que explicase por qué los gigantes gaseosos quedaban tan lejos de los rocosos astros interiores, o por qué las distancias son las que son, confundían al más docto de los expertos. Sólo hay que pensar que aún cien años después de que esto sucediera se quejaba Walt Whitman, poeta estadounidense, del insoportable hastío que en él causaban las áridas tablas de datos manejadas por los "cultos astrónomos".

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Quizá fuese uno de esos momentos históricos en los que las piezas de un puzzle están rozándose, dispuestas a que alguien las ensamble. Varios astrónomos europeos ?como Johann Titius, y más tarde su tocayo y paisano Johann Bode? dieron con sucesiones matemáticas que asignaban a cada planeta su distancia al Sol. ¡Qué belleza! Apenas había que poner en juego habilidades básicas de aritmética para comprobar que, por supuesto, cada planeta tenía una distancia asignada por una simplísima sucesión matemática. La concepción de Dios como esteta parecía sugerir que las matemáticas apuntaban hacia algo real, pero aún desconocido. (No es de extrañar que el hallazgo de semejante sucesión estuviese rodeado de un halo místico; aún había de inaugurarse el nuevo siglo para que un jovencísimo Gauss pusiese orden en la técnica de hallar descripciones matemáticas del estilo; práctica que hoy, por cierto, aprenden los estudiantes en sus primeros meses de instrucción científica).

Una década después de que Bode escribiese sobre esta curiosidad matemática (al menos la tercera persona en hacerlo), otro germano, William Herschel, descubrió un nuevo planeta. Y tras una trifulca por nombrar al nuevo integrante del sistema solar, la comunidad astronómica prefirió la idea que sugirió Bode: Urano. Y menos mal. Herschel quería llamarlo "estrella de Jorge III".

La casualidad quiso que el extraño hallazgo recibiera apoyo. Urano ocupaba razonablemente bien el hueco reservado por la sucesión en cuestión. El artefacto matemático de Titius-Bode quedó apuntalado: adquirió el rango de ley.

Pero había un problema: un hueco afeaba la sucesión. Y llevaba haciéndolo desde el principio. "Debería", pensaban algunos estudiosos, "existir un planeta entre Marte y Júpiter", pues había un lugar asignado entre estos dos astros. Siguiendo la misma lógica que Mendeleyev aplicaría un siglo más tarde para predecir la existencia de varios elementos en su tabla periódica, Bode y otros supusieron cierta la existencia de un planeta no descubierto. ¿Era razonable que un plano tan fiel de la mente de Dios fallase ahora? Los llamados a prioristas consideraban que no: la organización cósmica venía dada por una secuencia matemática prescriptiva.

Apenas nueve años después del descubrimiento de Urano, en 1801, Hegel ?parece que todo queda entre germanos? defendía su disertación "De orbitis planetarum". Conocedor de la ley de Titius y Bode, Hegel decidió exponer su falta de rigor mediante una vuelta de tuerca. Mostró que es posible elegir una secuencia igualmente elegante (y con la misma dosis de arbitrariedad, obtenida del diálogo "Timeo", de Platón) que asignase a cada uno de los planetas conocidos su distancia al Sol. Demostró así que todo el asunto se trataba de una curiosidad aritmética, que no había nada prescrito, y que no era necesario esperar que existiese un planeta entre Marte y Júpiter. Justo ese mismo año, un italiano de apellido Piazzi descubrió Ceres: un planeta enano que satisfacía la sucesión de Titius-Bode. Estaba situado en el lugar "predicho" por la sucesión matemática. He de admitir que, de haber vivido en la época, no me hubiese resistido a pensar que ahí se escondía algo.

Todo esto es, claro está, una suerte de ciencia arcana. Hemos dejado atrás las pretensiones estéticas, y nos guiamos por el infalible método científico, que nos permite poner orden en el caos. Acceder a certezas. Describir la realidad tal cual es, usando matemáticas e inmensas cantidades de ingenio. ¿Verdad?

Saltemos hasta 1980, año de publicación de "El cerebro de Broca", de Carl Sagan. El astrónomo comenta en una nota a pie de página:

"(...) Hegel aseveró con firmeza, usando presuntamente la totalidad del armamento filosófico disponible, que ningún cuerpo nuevo podría existir en el sistema solar. Un año más tarde, el asteroide Ceres fue descubierto."

¿Debemos creer que Carl Sagan, adalid del pensamiento escéptico, defensor a ultranza de la verdad, conocía de primera mano los hechos y los deformó? ¿O por el contrario se debe a una falta de información, unida a algo más? Es evidente que las palabras de Sagan esconden una burla socarrona difuminada, no sé muy bien si hacia Hegel o hacia alguna clase concreta de pensar filosófico.

Sagan no era ningún insensato: leyendo sus trabajos es inmediato reconocer que gran parte de su pensamiento se dirigía hacia el futuro de nuestra especie, nuestro lugar en el universo y la colaboración y paz entre pueblos. Vaticinó, entre otras cosas, la construcción de una "estación espacial" que albergase astronautas de diversas naciones, fruto de la colaboración entre naciones. Que fuese su discípulo y relevo mediático, Neil deGrasse Tyson, quien dijese que la filosofía es "inútil" y aconsejase a los estudiantes a dejarla atrás para seguir avanzando (¿hacia dónde?) quizá sí que sea algo sintomático de un problema mayor. A Tyson le parece una pérdida de tiempo, al parecer, que haya quien piense sobre "el significado del significado".

Otros científicos comparten la crítica. Cada cual a su manera, eso sí: desde el elaborado nietzscheanismo subrepticio de Stephen Hawking ("La filosofía ha muerto") hasta las declaraciones risiblemente inocentes de otras celebridades. Lawrence Krauss, físico y divulgador estadounidense, es bien conocido por su resquemor hacia la filosofía (que considera inútil para la ciencia, así como estanca y una ocupación de gente incapaz para otros menesteres intelectuales). Richard Feynman, que fue autor de varias obras que pueden leerse como ensayos filosóficos sobre la ciencia, se quejaba del lenguaje abstruso que a menudo emplean otros autores, filósofos de formación. Bill Nye, educado como ingeniero y conocido por sus apariciones en la televisión estadounidense, ha dejado entrever que considera la filosofía poco más que una ristra de ponderaciones pseudoprofundas. Preguntas como "¿somos conscientes de que somos conscientes?", una malinterpretación burda del cogito cartesiano y otras divagaciones traídas de los más remotos paraderos filosóficos, revela que la concepción sobre la filosofía con la que operan muchos científicos de primer nivel haría cubrirse la cara con vergüenza a cualquier graduado universitario.

Hasta bien entrado el siglo XIX, los sujetos dedicados al estudio de la naturaleza recibían el nombre de natural philosophers (filósofos de la naturaleza) en el mundo anglosajón. No fue hasta la década de 1870 que la palabra scientist (científico) superó a la antigua denominación en la literatura en lengua inglesa, quizá marcando el comienzo de un cisma que perdura hasta nuestros días. La desavenencia entre las Ciencias y las Letras es, en resumen, un asunto relativamente nuevo. Y heterogéneo, por descontado.

Sería fácil apartar toda crítica a la inutilidad de la filosofía de la ciencia diciendo que, en el propio debate, se está filosofando. Pero la necesidad de defender una mayor equipación filosófica entre las filas de los científicos en ciernes va mucho más allá. Desde las universidades se transmite tanto la idea de que la ciencia es una empresa de gente más capaz intelectualmente, como un estúpido elitismo inter- (en intra-) disciplinario que fomenta los piques que tanto nutren las sitcoms más cansinas. "Las dos culturas", ensayo del literato y físico británico C. P. Snow, desarrolla esta problemática. Snow lamenta la brecha existente entre literatos y científicos, pero no parece llegar a ninguna solución. Queda todo en lamentaciones generales, con el rápido avance técnico de la U.R.S.S. como telón de fondo. Sin embargo, su crítica, aunque circular e inflada, parece válida. ¿Qué hacer, y sobre todo, por qué actuar?

Corremos el riesgo de que la práctica científica, empresa más caótica de lo que parece apreciar la población general, quede apuntalada como el acceso directo a la verdad. De que sus problemas internos (y no me refiero sólo a las crisis de replicación, ni a los ránkings que determinan en qué cesta se echan más limosnas) sean ignorados y apartados, dando paso a que los tecnócratas tengan libre el paso. De que sean los mismísimos defensores del pensamiento crítico los que intenten acallar cualquier intento de cambiar la concepción popular de la ciencia. De que se deje de contemplar la búsqueda de conocimiento (y sus métodos, suposiciones y resultados) como un asunto político, como un juego de intereses en el que los jugadores son algo más que autómatas instruidos. De pretender que existen los hechos desnudos, despojados de toda arbitrariedad humana, meramente mediciones y reflejos del mundo condensados en bits y apuntes.

No podemos permitirnos llegar al punto en el que la ciencia sea un ente monolítico que nadie se atreve a profanar. Necesitamos voces intempestivas, que vean en la evidencia, en la metodología y en las actitudes caducas un motivo para rebelarse. En un arrebato de rechazo hacia el incesto intelectual, dejemos más espacio en las aulas para que Kuhn, Popper, Feyerabend o Russell permeen los folios de los arquitectos de la ciencia futura. No como una guía de tópicos que aprender y olvidar, claro, sino como bloques que manipular en un entorno de discusión. El ya manido "método científico" (¿cuántos estudiantes y profesores se han planteado siquiera su misma existencia, o su conveniencia?) suele ocupar poco más que unas diapositivas en el vasto cúmulo digital que acaba llenando las Papeleras de reciclaje de los dispositivos a final de curso.

No sugiero la adopción de un sistema filosófico concreto, sino que quienes construyen la ciencia dejen atrás la absurda pretensión de ser hacedores de Verdad. Son, por supuesto, hijos de su tiempo y continuadores de una tradición filosófica. Ignorar a propósito que se puede hacer ciencia desde otros marcos conceptuales convierte al científico en un peón.

Mi único propósito es crear conciencia. Démosle una oportunidad a otras posibilidades. Dejemos que Sabine Hossenfelder nos plantee si las motivaciones de la física más moderna (las mismas que impulsaron a Bode y sus contemporáneos a aceptar ciertas proposiciones como verdaderas) son las adecuadas. Leamos a Silk y Ellis proponer si, quizá, estamos adoptando una actitud falsamente científica en nuestras hazañas cosmológicas. Sin pretender encontrar una doctrina que lo abarque todo. Debatamos. Huyamos de los consensos frágiles, de las verdades mil veces repetidas que no aguantan el más ligero escrutinio. Démonos a la subversión: es fácil mencionar con aprobación a los que la historia ha nombrado victoriosos, pero la humanidad necesita nuevas ovejas negras.

Pensemos si estamos haciendo la ciencia que queremos, y sobre todo, si la estamos haciendo en nuestros propios términos.

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Manuel Almagro Rivas estudia Física y se interesa por la ciencia, su historia y su filosofía @phlogh

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