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Edición: Seix Barral, 2012 (trad. Carlos Gumpert) Páginas: 128 ISBN: 9788432214172 Precio: 15, 00 € (bolsillo: 6, 95 € / e-book: 6, 49 €) Leído en la edición en catalán de Bromera, 2012 (trad. Anna Casassas).

Mi cabeza había cambiado, y a mí me parecía que para mal. A la edad en que los niños han dejado de llorar, yo, en cambio, comenzaba. La infancia había sido una guerra, alrededor morían más criaturas que viejos. Su tiempo no era ningún juguete, aunque jugaran con él con furia. A mí se me había perdonado, pero tenía que merecerme el tiempo.

Dice Rosa Chacel: «Y ésa es una de las cosas que yo siento como esenciales: no romper el hilo, seguir siempre hablando de lo mismo ?en su infinito cambio? siempre respondiendo acordes, nunca saliendo por peteneras para complacer a la galería. Ése es el sistema que lleva no a ser original, sino a ser originario» (en su correspondencia con Ana María Moix, De mar a mar , Comba, 2015, p. 52). Habla de los escritores que vuelven una y otra vez sobre lo mismo a lo largo de su carrera, que dan forma a un corpus personal, un universo literario propio. Y, entre los autores contemporáneos, no se me ocurre un ejemplo mejor de ello que el italiano Erri De Luca (Nápoles, 1950). En su vasta producción, los temas, los escenarios y los personajes son limitadísimos; sin embargo, en cada libro les da otra vida, su voz tiene la textura necesaria para enriquecerlos, para aportar otro matiz sin dejar de ser coherente consigo mismo, hasta el punto de crear su propio género. Sí: verdaderamente originario. Los peces no cierran los ojos (2011) tuvo bastante repercusión en los medios españoles y, al menos aquí, parece ser su obra más conocida: fue la primera novela que le publicó Seix Barral, del Grupo Planeta, acompañada de una campaña de lanzamiento más intensa que las de Akal y Siruela, las editoriales que apostaron antes por él. Promociones aparte, no cabe duda de que se trata de un buen libro, y, además, un libro muy «típico» de Erri De Luca, pues comprende las cuestiones en las que ha ahondado una y otra vez desde sus inicios: el aprendizaje en la infancia, el Nápoles de posguerra, el primer amor, la pasión por los libros y el respeto por el medio ambiente. El narrador, a sus sesenta años, recuerda en primera persona el verano de cuando tenía diez: una historia de iniciación en una isla napolitana, sobre un muchacho que conoce a una chica y otras realidades más amargas, en sintonía con El día antes de la felicidad (2009) y, sobre todo, con Tú, mío (1998). Aquel verano, el protagonista aprendió el significado de las palabras «amor» y «justicia», gracias a una jovencita cuyo nombre no recuerda: «Cuando hago de lector enseguida olvido los nombres de las historias. No añaden consistencia y son una convención. Por eso dejo vacía la casilla del nombre y continúo llamándola jovencita, porque de niña no la conocí» (p. 65). Tal vez esto último sea el motivo por el que tampoco revela nunca el nombre del narrador, su alter ego (él mismo ha reconocido que toda su obra tiene ecos autobiográficos, y no cuesta advertirlos). El personaje tiene dos frentes abiertos, o dos conflictos internos, uno ligado a cada palabra y a la vez interrelacionados: por un lado, la relación con la chica, el descubrimiento de algo parecido al amor a tan corta edad; por el otro, el enfrentamiento latente con unos muchachos, mayores que el protagonista, que rondan a su amiga y lo intimidan a él por celos. El mismo verano en el que descubre el afecto mutuo con otra persona descubre también la tensión, la envidia y, en suma, la violencia que esto desencadena. El protagonista, no obstante, dista mucho de parecerse a los tipos chulescos que lo provocan. A sus diez años, está en una edad intermedia entre la más tierna infancia y la adolescencia; Erri De Luca, con su excelente uso de las digresiones, medita acerca de la naturaleza de esta etapa antes de entrar en materia. El muchacho se da cuenta de lo que ocurre a su alrededor, no es un niño al que se pueda engañar, pero la particularidad de conocer ese mundo de forma consciente por primera vez añade matices a su mirada, matices de asombro, de ternura. Es un niño de ciudad que aprovecha las vacaciones para aprender el oficio de los pescadores y estar en contacto con el mar. Es, además, un gran lector, y los libros tienen un papel determinante a la hora de entender a los adultos. Al narrador no le interesan los niños de su edad, no comparte intereses con los bravucones; en cambio, su nueva amiga le llama la atención porque devora novelas policíacas y dice ser escritora. Ella, una gran amante de los animales, le dice que tiene ojos de pez, de ahí el título. En medio de una isla en la que tan a menudo impera la tosca ley del más fuerte, estos chiquillos solitarios y sensibles rompen su cascarón y hallan un tesoro de valor incalculable: la complicidad. Erri De Luca La historia de Los peces no cierran los ojos , la historia del narrador y su amiga lectora de novelas policíacas, me parece, si me permitís la cursilería, preciosa, si bien no en el sentido en el que suele emplearse este término. Nada de romanticismo, nada de exaltación, nada de final feliz (aunque tampoco lo consideraría un desenlace «infeliz». Prefiero llamarlo un final hermoso, como el poso que deja un verano de la pubertad). Son personajes poco afines a las costumbres dominantes que, de pronto, se encuentran y se hacen compañía. En la hermosura de este relato tiene mucho que ver el estilo poético y preciso de Erri De Luca, como siempre salpicado de reflexiones sobre sus temas recurrentes (la posguerra, la naturaleza, la lectura, Nápoles). Es un pedazo de intimidad contada con gusto; otra muestra de ese hilo espléndido que el autor lleva años tejiendo. Cita inicial en cursiva de la página 9.

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