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05/05/2016

Edición: Errata naturae, 2016 (trad. Vanesa García Cazorla) Páginas: 264 ISBN: 9788416544127 Precio: 19, 50 €

Es el mundo moderno el que abraza mi forma de ser. Se está gestando una gran crisis, un inmenso desconcierto empieza a adquirir forma. Lo bello, lo justo, lo verdadero, lo real..., éstas y otras tantas palabras se están haciendo añicos en este cabal instante. Sus contrarias, una vez aceptadas, pronto se confunden con ellas mismas. Una única materia mental al fin reducida en el crisol del universo, donde tan sólo existen los hechos ideales. Lo que, como un relámpago, me viene a la cabeza es mi propio ser. Y desaparece. No podría pasar nada por alto, pues soy el paso de la sombra a la luz, del mismo modo en que soy el ocaso y la aurora. Soy un límite, una línea. Que todas las cosas se mezclen al viento, esto es cuanto tengo que decir. Y lo que me envuelve es una ola: la onda perceptible de un tremor. (p. 131)

« I have walked many years in this city ». Este verso de T. S. Eliot, extraído del poema «A song for Simeon» (1928), expresa un emblema de la modernidad: la acción de vagar sin rumbo por la ciudad, como un paseante atento a todas las vicisitudes e impresiones que el paisaje urbanita le suscite. Esta actividad se encarna en el flâneur baudeleriano, una figura por la que Errata naturae ha manifestado predilección desde sus inicios, con rescates tan importantes como las obras de Franz Hessel, Léon-Paul Fargue y, ahora, El aldeano de París (1926), de Louis Aragon (París, 1897-1982), un libro fundamental del surrealismo francés que se encontraba descatalogado en castellano desde la edición de Bruguera de 1979. En esta ocasión, se publica con una nueva (y espléndida) traducción anotada de Vanesa García Cazorla. Aragon se dedicó a la creación literaria desde muy joven, primero como integrante del dadaísmo y luego, junto a sus colegas André Breton y Philippe Soupault, como fundador del surrealismo. Esta obra se sitúa en el periodo de consagración a este último movimiento y está escrita desde la rebeldía, la rebeldía de un veinteañero harto de las convenciones que busca otras formas de explorar la ciudad y la creación literaria. El desaparecido pasaje de la Ópera. Aragon también vagó muchos años por París, como un aldeano que se fija en lo rústico, lo insospechado, en busca de la esencia de la ciudad moderna tal como la entendía él. En el prefacio, una poética y sugerente indagación filosófica, hace toda una declaración de intenciones: «El estúpido racionalismo humano contiene más materialismo del que podríamos creer. [...] esta manía controladora hace que los hombres prefieran la imaginación de la razón a la imaginación de los sentidos» (pp. 11-12). La imaginación es, de hecho, una clave de El aldeano de París , puesto que el surrealismo surge como un desafío a la lógica del pensamiento racional (y, por ende, a la novela realista que precedió a las vanguardias). En el paseo de Aragon lo fundamental no reside en lo que está a la vista de todos, ese París de postal, sino en su forma singular de mirar la ciudad e interactuar con ella. Su camino cumple todos los principios del movimiento, a saber: efecto de incoherencia, sublimación del inconsciente, rechazo de la normativa, falta de unidad estilística, deseo de desconcertar e impresionar, cuestionamiento del presente. El resultado es un recorrido sensitivo, onírico e inquietante. Imaginativo, desde luego. Una particularidad del surrealismo es su atracción por lo oscuro, lo siniestro, ligada al tránsito hacia la muerte y la pulsión erótica (la influencia de Freud resulta evidente). Según Aragon, «con toda seguridad, en nuestro entorno ya no existe lo desconocido sino para aquellos cuyo corazón es propenso al arrobamiento; en cuanto al peligro, no hay más que ver cómo, día a día, todo se vuelve más inofensivo» (p. 61). En la obra todo esto se materializa en la fijación por los burdeles y salas de baños, donde Aragon se recrea en ensoñaciones; y asimismo en objetos vulgares y sórdidos, como los carteles, los urinarios o los maniquíes, auténticos fetiches del surrealismo. París se convierte en una metáfora del inconsciente, un espacio turbio y confuso, un impulso irreprimible, que se contrapone a la idea de ciudad ilustrada («el Surrealismo , hijo del frenesí y la sombra. Entrad, entrad, aquí comienzan los reinos de la instantaneidad», p. 78). El discurso torrencial del narrador surge directamente del interior, de los sueños y el inconsciente: una anécdota sirve para dar rienda suelta a su voz «caótica» (un caos muy estudiado), en la que abundan los juegos retóricos, como los pasajes en los que personifica facultades como la misma imaginación. Louis Aragon «La mente humana no soporta el desorden porque es incapaz de imaginarlo, me refiero a que no puede pensar en él en primera instancia» (p. 227). Aragon, precisamente, pone a prueba la mente humana con este libro, un libro en el que busca la vida en el espacio reprimido, en lo efímero, lo banal, lo inesperado. París emerge con un nuevo significado gracias a la poderosa inventiva del autor, que derriba las convenciones para crear esta obra de arte que es El aldeano de París . Aragon lo advierte: «El problema es que no conoces la fuerza infinita de lo irreal. Tu imaginación, querido amigo, vale más de lo que puedas imaginar» (p. 72-73). Esta sentencia resume la hazaña de las vanguardias, la hazaña de mirar lo de siempre desde un enfoque insólito, la hazaña de construir un texto tan filosófico y a la vez tan poético y pasional como este, un texto que marcó a Walter Benjamin y aún hoy conserva esa capacidad de enajenar al lector. Enajenar, sí, porque Aragon nos lleva por lo convulso y lo irracional; el espíritu de la modernidad que solo se encuentra en los autores que se entregaron a la ruptura estilística en ese periodo concreto. Y es que, en definitiva, El aldeano de París es el diálogo entre un escritor y París en una época determinada, hoy inconcebible, y por eso todavía más estimulante.

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