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Edición: Libros del Asteroide, 2016 (trad. Marta Alcaraz) Páginas: 224 ISBN: 9788416213825 Precio: 18, 95 € (e-book: 10, 99 €)

Recordad este nombre: Rachel Cusk. Tal vez ahora no resulte todo lo familiar que debería, al menos entre el público español ?y no será por falta de traducciones: desde el principio de su carrera se apostó por ella?, pero he aquí una de las autoras contemporáneas más interesantes y creativas, a menudo señalada como una heredera de Virginia Woolf (y con motivos más que justificados). Nacida en Canadá en 1967 y establecida en Inglaterra desde su infancia, debutó en 1993 con La salvación de Agnes (Thassàlia, 1996), galardonada con el Whitbread Award a la mejor primera novela. Desde entonces ha publicado ocho novelas, entre las que destacan Mucha suerte (2003; Lumen, 2004), Arlington Park (2006; Lumen, 2008) y Las variaciones Bradshaw (2009; Lumen, 2010); y tres libros autobiográficos, de los que de momento solo se ha traducido La última cena: un verano en Italia (Lumen, 2009). A contraluz (2014), que inaugura una serie de tres novelas con la misma protagonista, es su trabajo más aclamado hasta la fecha: resultó finalista de los premios Folio, Bailey's y Goldsmiths, entre otros. Y es, además, la obra con la que se incorpora al catálogo de Libros del Asteroide: ojalá esta segunda vida (editorial) le permita llegar a más lectores. En un naufragio se pierden muchísimas cosas. Lo que queda son fragmentos, y si no te agarras bien a ellos, el mar te lleva a ti también. Sin embargo, añadió mi vecino, todavía creo en el amor. El amor lo cura casi todo, y cuando no puede curar, borra el dolor. Tú, por ejemplo, me dijo mi vecino, ahora estás triste, pero si estuvieras enamorada, la tristeza desaparecería. Allí sentada, me acordé otra vez de mis hijos en la trona y de su descubrimiento: la angustia hacía que la pelota regresara por arte de magia. Una escritora inglesa viaja a Atenas para impartir un curso. El argumento es tan sencillo como eso. Tan sencillo, y tan singular, porque su construcción no tiene nada de simple. Pese a estar narrada en primera persona, la protagonista apenas habla de sí misma: el grueso de la narración se compone de conversaciones con los personajes que se cruzan en su camino, desde su vecino de vuelo a los alumnos del taller, pasando por un colega del trabajo, un viejo amigo o una autora comprometida con el feminismo. Más que un intercambio de opiniones, en las charlas cada interlocutor se vacía con la protagonista, hace su particular monólogo sobre aquello que ha marcado su vida, lo que le preocupa en estos momentos, su relación con la literatura. Balance del pasado y el presente en un ratito. La escritora se borra, en cierto modo, de la narración; y, en lugar de dar forma al relato a través de su subjetividad, da voz a los demás, que se sinceran con ella o, como mínimo, le cuentan lo que quieren. Ella, con sus agudas observaciones, deja entrever las ambigüedades, la hipocresía o las contradicciones de sus discursos. Mantiene un perfil bajo, discreto, pero sus apuntes resultan fundamentales para plantear una visión poliédrica de sus interlocutores. Era imposible [...] explicar por qué el matrimonio se había roto: el matrimonio es, entre otras cosas, un sistema de creencias, un relato, y aunque se manifiesta en cosas muy reales, sigue un impulso que, en última instancia, es un misterio. Al final, lo real era la pérdida de la casa, que se había convertido en el emplazamiento geográfico de todas las cosas que habían desaparecido y que representaba, suponía yo, la esperanza de que un día esas cosas pudieran regresar. Abandonar esa casa manifestaba, en cierto modo, que habíamos dejado de esperar; ya no podrían encontrarnos en el número de siempre, en la dirección de siempre. Mi hijo pequeño, le conté a mi vecino, tiene la irritante costumbre de marcharse al instante del lugar en el que has quedado en reunirte con él si ve que tú no has llegado antes. Lo que hace es ir a buscarte, y si no te encuentra, se impacienta y acaba perdiéndose. «¡No te encontraba!», grita más tarde, indefectiblemente ofendido. Pero si quieres encontrar algo, tu única esperanza consiste en quedarte exactamente donde estás, en el lugar acordado. Solo es cuestión de cuánto puedes aguantar allí. Esta «anulación» de la voz protagonista?o su mimetización con otras voces? tiene un porqué: la escritora ha sufrido un revés personal, el malestar la diluye, la convierte en una espectadora de su propia vida. Poco a poco, a través de sus intervenciones en los diálogos, habla de su divorcio, de la crianza de sus hijos, de los problemas económicos que conlleva su nueva situación («Tus fracasos nunca dejan de regresar a tu lado, mientras que tus éxitos son algo de lo que siempre tendrás que convencerte», p. 41). Sus inquietudes se desvelan por contraste o afinidad con las experiencias de los demás: lo que tiene, lo que ha tenido, lo que echa de menos, lo que rechaza («Supongo, añadí, que esa es una definición del amor, creer en algo que solo dos personas pueden ver», p. 75). También en momentos precisos en los que la realidad que dejó en Inglaterra emerge como una necesidad imperiosa (la llamada de su hijo, la referencia a una petición de un crédito, una foto tomada años atrás por un amigo). Es muy, muy sutil. Su originalidad reside en el hecho de no contar la historia de una escritora separada y madre de dos hijos en una primera persona convencional (yo esto, yo lo otro). En lugar de eso, expresa su tedio mediante la forma literaria: no quiere centrarse en ella, no quiere llevar la iniciativa, deja que los demás guíen sus pasos, sus palabras. Pero ninguno ve las cosas como realmente son. Y, de igual manera, yo empezaba a ver mis propios miedos y mis propios deseos manifestándose fuera de mí, empezaba a ver en las vidas ajenas un comentario de la mía. Observando a la familia del barco, yo veía una visión de lo que ya no tenía: veía algo, en otras palabras, que no estaba allí. Esa gente habitaba su propio momento, y aunque yo podía verlo, era tan incapaz de regresar a ese momento como de caminar sobre las aguas que nos separaban. Y de esas dos maneras de vivir ?habitar el momento y vivir fuera de él?, ¿cuál era la más real? «Estaba tratando de dar con una manera distinta de habitar en el mundo» (p. 153). Este viaje, la ciudad extranjera, le permite desconectar de su hábitat; no debe ejercer el rol de madre, ni el de mujer que intenta rehacer su vida. Aprovecha la utilidad de lo desconocido (lugar, gente, cultura, idioma) para (re)inventarse a uno mismo, tanto en lo que los demás le cuentan a ella, puras perspectivas individuales, como en sus propias acciones. La ausencia de allegados resulta básica, ya que los desconocidos no tienen una opinión preconcebida («estar allí sin mi marido hizo que sintiera, de un modo totalmente nuevo, aquello que de verdad soy», p. 96); de hecho, no es casual que el momento más tenso se produzca durante la comida con un viejo amigo, que la había conocido casada («Sigue siendo tu verdad, por muchas cosas que hayan pasado. Que no te dé miedo mirarla», p. 118). La narradora expresa el temor a ser descubierta en una posición en la que se siente vulnerable, se esconde como si con la separación hubiera dado un paso atrás. El libro aborda la cuestión de afrontar un divorcio, con reflexiones sobre el matrimonio, la maternidad y la familia. Lo que somos con ellos. Lo que somos sin ellos. El miedo a mirar atrás, a recordar lo que se ha perdido. La necesidad de asumirlo, de encontrar una nueva forma de habitar en el mundo, como dice ella, para salir adelante. Le dije que yo, al contrario, había acabado cada vez más convencida de las virtudes de la pasividad, de vivir una vida en la que el yo dejara una impronta lo más pequeña posible. Si nos empeñábamos, podíamos lograr casi todo lo que nos propusiéramos, pero empeñarse ?me parecía a mí? era casi siempre una señal de ir a contracorriente, de forzar los acontecimientos en una dirección en la que, por naturaleza, no querían ir, y aunque podría decirse que sin forzar un poco la naturaleza de las cosas nunca conseguiríamos nada, la artificialidad de esa postura y sus consecuencias habían acabado ?por decirlo sin rodeos? repugnándome. Como existía una diferencia enorme entre las cosas que yo deseaba y las que, por lo visto, podía tener, [...], hasta que me reconciliara definitivamente con ese hecho, me había propuesto no desear nada. Rachel Cusk Tanto la original concepción de la obra ?su peculiar estructura, su estilo analítico, rico en símiles, fino, inteligentísimo, de una capacidad de observación extraordinaria? como la profesión de la protagonista sugieren una reflexión sobre la escritura y lo que la rodea, el mundillo literario. Por ejemplo, resulta ilustrativa la escena con la escritora autodenominada feminista, o cómo influye el posicionamiento ideológico a la hora de promocionarse. El taller, por otro lado, muestra los diferentes enfoques que puede tener un mismo motivo, en función del autor, su edad, su vida; cada yo transformado en literatura (incluye un relato brillante ?y asfixiante? sobre un perro) . Con la actitud de los alumnos, además, deja entrever los prejuicios en torno a lo que se entiende por escribir. En fin, hay muchos libros sobre escritores (algunos, mediocres y egotistas), pero la autora proyecta el tema de un modo refrescante, al centrarse en lo que escriben y piensan los otros, y en cómo se les ve desde fuera. Dadas las circunstancias de la narradora, su buscada invisibilidad, será interesante examinar cómo evoluciona en los próximos títulos. Con A contraluz , Rachel Cusk ha escrito una novela fascinante, tremendamente perspicaz, en la que forma y contenido se funden a la perfección. De ahora en adelante, me declaro su más fiel lectora. Citas en cursiva de las páginas 29, 15-16, 71 y 152.

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