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Lorena VelasquezMiembro desde: 09/05/13

Lorena Velasquez

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09/05/2013

Desde muy pequeños aprendemos a disimular nuestros pensamientos, a decir a los sensibles y los inseguros lo que sabemos que quieren oír, con cuidado de no ofenderlos

Si usted hace ostentación de ir contra la corriente, alardeando acerca de sus ideas poco convencionales y sus actitudes heterodoxas, la gente pensará que usted sólo desea llamar la atención y que desprecia a los demás. Encontrarán la forma de castigarlo por hacerlos sentir inferiores. Es mucho más seguro confundirse con la masa y adoptar un cierto aire “común”. Limítese a compartir su originalidad con amigos tolerantes y con aquellas personas de las que está seguro que aprecian su forma de ser, diferente y especial.

Todos mentimos y ocultamos nuestros verdaderos sentimientos, ya que la libertad de expresión absoluta es algo socialmente imposible. Desde muy pequeños aprendemos a disimular nuestros pensamientos, a decir a los sensibles y a los inseguros lo que sabemos que quieren oír, con cuidado de no ofenderlos. Para la mayoría esto es natural: “hay ideas y valores que la mayoría de la gente acepta y que no tiene sentido discutir. Creemos lo que queremos creer, pero hacia fuera llevamos puesta una máscara”.

Hay individuos, sin embargo, que interpretan estas limitaciones como una intolerable restricción a su libertad y por lo tanto sienten la necesidad de demostrar la superioridad de sus valores y convicciones. Sin embargo, a la larga sus argumentos suelen ofender a más personas de las que convencen. El motivo por el cual los argumentos no funcionan es que la mayoría de la gente se aferra a sus ideas y valores sin pensar mucho en ellos. En sus convicciones hay un fuerte contenido emocional: No quieren reelaborar sus hábitos de pensamiento, y cuando usted los desafía –ya sea de manera directa, a través de sus argumentos, o indirectamente, a través de su comportamiento- adoptan una actitud hostil.

Las personas sabias y sagaces aprenden pronto que pueden mostrar un comportamiento convencional y expresar ideas convencionales sin tener que creer en ellos. El poder que obtienen al combinar ambas posiciones es el de gozar de la libertad de pensar lo que quieran, y expresárselo a quienes quieran sin sufrir aislamiento ni ostracismo. Una vez establecida una posición de poder, pueden tratar de convencer a un círculo más amplio, quizá actuando de manera indirecta, mediante las estrategias de ironía e insinuación puestas en práctica por Campanella.

A fines del siglo XIV los españoles iniciaron una persecución masiva de los judíos; asesinaron a miles y expulsaron del país a muchos otros. Los que permanecieron en España fueron obligados a convertirse al cristianismo. Sin embargo, durante los trescientos años siguientes los españoles observaron un extraño fenómeno que los inquietó en grado sumo: muchos de los conversos vivían por fuera como católicos, pero de algún modo conservaban su fe judía y practicaban su religión en privado.

Muchos de estos judíos, llamados “Marranos”, ocupaban altos cargos en el gobierno, se casaban con miembros de la nobleza y se mostraban como perfectos y piadosos cristianos; sólo muchos años después se descubrió que eran judíos practicantes. (La Inquisición española tenía la misión específica de identificarlos).

A través de los años dominaron el arte del disimulo; exhibían crucifijos en sus casas, daban generosas donaciones a la Iglesia y hasta hacían ocasionales observaciones antisemitas... todo esto mientras, por dentro conservaban su libertad de culto.

Las personas sabias y sagaces aprenden pronto que pueden mostrar un comportamiento convencional y expresar ideas convencionales sin tener que creer en ellos

Los “Marranos” sabían que en la sociedad lo que importa son las apariencias. La estrategia es muy simple: como hizo Campanella al escribir “El ateísmo conquistado”, adécuese de manera ostentosa al entorno; llegue, al extremo de ser el más celoso abogado de la ortodoxia predominante. Si usted conserva las apariencias convencionales en público, pocos sospecharán que usted piensa de manera diferente en privado.

No tenga la ingenuidad de creer que en nuestros tiempos las viejas ortodoxias han desaparecido. Jonas Salk, por ejemplo, creía que la ciencia había superado la política y el protocolo. De modo que en su búsqueda de una vacuna contra la poliomielitis, violó todas las reglas al anunciar públicamente su descubrimiento antes de mostrarlo a la comunidad científica, atribuirse el mérito de la nueva vacuna sin reconocer a los científicos que habían preparado el camino para el descubrimiento, y convertirse así en una estrella. Quizás el público lo amara, pero los científicos lo evitaban. Su falta de respeto por la ortodoxia de su comunidad lo dejó aislado; pasó años tratando de cerrar la brecha y luchando por obtener financiación y cooperación.

Bertolt Brecht fue sometido a una moderna forma de Inquisición –el Comité de Actividades estadounidenses- y la encaró con considerable habilidad. Como había trabajado esporádicamente para la industria cinematográfica estadounidense durante la Segunda Guerra Mundial, en 1947 Brecht fue citado, ante el Comité, para responder preguntas en relación con sus supuestas simpatías por el comunismo. Otros escritores citados atacaron a los miembros del Comité y se comportaron de la forma más beligerante posible, a fin de obtener la adhesión del público. Por su parte, Brecht, que en efecto había trabajado por la causa comunista, se manejó de forma totalmente opuesta: contestó las preguntas con ambigüedades de difícil interpretación. Tomó una actitud semejante a la de Campanella. Hasta se vistió de traje –algo nada frecuente en él- y fumó un cigarrillo durante el interrogatorio, sabiendo que un miembro clave del Comité tenía pasión por los cigarrillos. Al final logró seducir a los miembros del Comité, que lo dejaron en libertad.

Después de haber abandonado los Estados Unidos, Brecht se trasladó a Alemania Oriental, donde se encontró con otra variante de la Inquisición. Allí estaban en el poder los comunistas, que criticaban sus obras por decadentes y pesimistas. Brecht no discutió; introdujo pequeños cambios en los guiones de las obras que se encontraban en cartel, a fin de acallar a sus censores. No obstante, consiguió que, en la versión literaria, los textos se publicaran tal como él los había escrito. En ambos casos, su fachada conformista le dio la libertad de trabajar sin problemas, sin tener que cambiar su forma de pensar. Al final, logró transitar sano y salvo por tiempos peligrosos, en diferentes países, gracias a su fingido conformismo, con lo cual demostró que era más poderoso que las fuerzas de la represión.

El hombre que maneja bien el poder no sólo evita ofender al prójimo como Pausanias y Salk, sino que aprender a interpretar el papel del sagaz zorro y simular un cierto toque “común”. Ésta es la maniobra a la que han recurrido estafadores y políticos de todos los tiempos. Líderes como Julio César y Franklin D. Roosevelt superaron su natural posición aristocrática para cultivar cierta familiaridad con el hombre común. Esta afinidad se expresaba a través de pequeños gestos, a menudo simbólicos, para demostrar a la gente que sus líderes compartían los valores populares, a pesar de su diferente posición social.

La extensión lógica de esta práctica es la tan valiosa habilidad de ser todo para todo el mundo. Cuando usted se integre en determinada sociedad, deje atrás sus propias ideas y valores y póngase la máscara más apropiada para el grupo en que se encuentra. Bismarck llevó adelante este juego durante años con gran éxito: había quienes intuían vagamente a qué estaba jugando, pero no veían sus intenciones con claridad suficiente como para preocuparse. Los demás se tragarán el anzuelo porque les halaga el pensar que usted comparte sus ideas. Si se maneja con cuidado, no lo tomarán como hipócrita, porque ¿cómo podrían acusarlo de hipócrita, si no saben con exactitud cuál es su posición? Tampoco lo verán como a una persona carente de valores. Por supuesto que usted tiene valores, los valores, que comparte con ellos, mientras se encuentren en su compañía.

El rebaño evita a la oveja negra, pues duda de su pertenencia al rebaño. Entonces la oveja negra trota detrás de todas o se aparta del rebaño, donde la arrinconan los lobos y pronto la devoran. Permanezca con el rebaño; el número garantiza seguridad. Guarde sus diferencias en su mente; no las lleve visibles en su vellón.

Si usted hace ostentación de ir contra la corriente, la gente pensará que usted sólo desea llamar la atención y que desprecia a los demás

Lorena Velasquez

http://mentesmillonaria.blogspot.no/

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