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10/04/2018

El interés por la vejez y los procesos de envejecimiento ha sido una constante a lo largo de la historia de la humanidad. En pleno siglo XXI, la población mundial está más envejecida que nunca

El interés por la vejez y los procesos de envejecimiento ha sido una constante a lo largo de la historia de la humanidad. Los seres humanos de todos los tiempos, se han interesado por la prolongación de la vida y la posibilidad de la eterna juventud. Ello podría entenderse más como un interés por luchar contra la muerte que como una verdadera motivación científica por el estudio de la vejez o el envejecimiento. Sin embargo, está claro que en distintos períodos históricos existen claras y genuinas muestras del interés por el estudio de la vejez y el envejecimiento.

El envejecimiento ha sido definido como todas aquellas modificaciones morfológicas, fisiológicas, bioquímicas y psicológicas que aparecen como consecuencia de la acción del tiempo sobre los seres vivos. Dos ciencias se ocupan del estudio del envejecimiento y las enfermedades en la vejez: la Gerontología y la Geriatría.

Es una idea muy generalizada decir que “el envejecimiento es la antesala de la muerte”, idea que hace que la vejez sea una edad repudiada por muchos, aún por los propios ancianos, que la esperan y la viven con horror o con gran temor.

El envejecimiento y las enfermedades de la tercera edad ha sido de interés para numerosos estudiosos por centurias, eminentes individuos desde la antigua China, India y el este del Mediterráneo dedicaron muchas de sus energías a estudiar el envejecimiento. Más tarde griegos y romanos continuaron sus esfuerzos en tratar de entender los mecanismos del proceso de envejecimiento y su pensamiento matizó el desarrollo de la investigación en Europa. Toda la fascinación de Europa por el envejecimiento y la muerte, fue trasmitida a la América y al resto del mundo.

Es en esta última etapa de la vida cuando el ser humano, conocedor de su inminente final, tiene la capacidad de controlar incluso como será su muerte y como serán los cuidados médicos que reciba hasta que llegue ese momento, especificando incluso el no sentir dolor alguno. Esto ocurre gracias al testamento vital.

El envejecimiento individual no es un fenómeno exclusivo de las sociedades modernas, sino que ha estado presente en todas las etapas del desarrollo social, siendo de interés para la filosofía, el arte y la medicina de todas las épocas. Sin embargo, durante el presente siglo, asistimos a una situación singular, más y más personas sobrepasan las barreras cronológicas que el hombre ha situado como etapa de vejez y que convierte al envejecimiento poblacional en, quizás, uno de los retos más importantes para las sociedades modernas.

La filosofía y la ciencia del envejecimiento.

Si nos dejamos llevar exclusivamente por la etimología, la palabra “gerontología” procede del vocablo griego geron, gerontos/es o los más viejos o los más notables del pueblo griego (aquellos que componían el consejo de Agamenón). A este vocablo se une el término logos, logia o tratado, grupo de conocedores. Por ello, etimológicamente, gerontología se refiere a la disciplina que se ocupa del estudio o el conocimiento de los más viejos.

Desarrollos científicos y tecnológicos biomédicos, educativos y sociales, han llevado consigo que los seres humanos vivan más

Históricamente, la gerontología es una joven disciplina que a pesar de que Metchikoff (1845-1916) utiliza el término en su sentido actual en 1903, se ha desarrollado prácticamente, en la segunda mitad del siglo XX. Como señala Birren (1996), la gerontología supone un sujeto de conocimiento muy antiguo pero es una ciencia extraordinariamente reciente. Además, si nos referimos, concretamente, a su especialidad de “social”, no es hasta los años sesenta cuando se publica el primer texto con ese nombre (Tibbitts, 1960) y hemos de esperar hasta los setenta para que, impulsada por el estado de bienestar, la gerontología social empiece a alcanzar relevancia.

En todo caso, la gerontología se ha desarrollado esencialmente durante la segunda mitad del siglo XX, porque es entonces cuando comienza a producirse un fenómeno extraordinariamente importante: el envejecimiento de la población. Así, el incremento de la población mayor (cualquiera que sea la edad en la que establezcamos el límite de la vejez: los 60, 65, 70, ...) tanto en números absolutos como en términos relativos se ha doblado a lo largo del siglo. Este fenómeno ha sido debido a dos factores esenciales: de una parte la mortalidad ha disminuido a la vez que se ha incrementado la esperanza de vida y todo ello, junto a una fuerte caída de la tasa de natalidad. Estos fenómenos demográficos, son a su vez el resultado del éxito de nuestra sociedad. En otras palabras, desarrollos científicos y tecnológicos biomédicos, educativos y sociales, han llevado consigo que los seres humanos vivan más. Por todo ello, la gerontología social se ha venido ocupando del estudio y conocimiento de la vejez con el fin no sólo de que el ser humano viva más sino mejor.

La vejez ha sido ya abordada en los textos antiguos; así, como señala Lehr (1980), en el Antiguo Testamento se destacan las virtudes que adornan a las personas mayores, su papel de ejemplo o modelo, así como de guía y enseñanza. En esta misma línea, en textos egipcios y griegos se encuentran alusiones a la sabiduría de los mayores y al debido respeto del que son acreedores por parte de los más jóvenes.

Como ocurre en otras disciplinas, es en la filosofía donde podemos encontrar claros antecedentes de la gerontología. Así, Platón (427-347 a.C.), presenta una visión individualista e intimista de la vejez, resalta la idea de que se envejece como se ha vivido y de la importancia de cómo habría que prepararse para la vejez en la juventud. Así pues, Platón es un antecedente de la visión positiva de la vejez, así como de la importancia de la prevención y profilaxis.

Por el contrario, Aristóteles (384-322 a.C.) presenta lo que podríamos considerar unas etapas de la vida del hombre: la primera, la infancia; la segunda, la juventud; la tercera -la más prolongada-, la edad adulta; y la cuarta, la senectud, en la que se llega al deterioro y la ruina. Incluso en De generatione animalium considera a la vejez como una enfermedad natural.

Así, Cicerón (106-43 a.C.) en su obra “De senectute” presenta un panorama positivo de la vejez planteando, a través de ejemplos de personajes históricos griegos y romanos, las realizaciones logradas por personas de edades avanzadas y se recrea en las virtudes que adornan a los mayores. Así dice: “… las facultades que se refieren al mundo del espíritu crecen con la edad en los varones mejor dotados y de más clara inteligencia… dado que los ancianos son los que poseen entendimiento, razón y capacidad reflexiva… No es con la fuerza corporal, la agilidad o la rapidez como se hacen grandes cosas, sino por medio del pensamiento, la superioridad de la mente y la preeminencia de la propia opinión, cualidades de las que la vejez no sólo no se ve despojada, sino de las que se suele encontrar enriquecida en mayor medida que antes” (citado por Lehr 1980. p. 18-19). Por el contrario Séneca (4-65 d.C.), siguiendo la línea de pensamiento de Aristóteles, considera que la vejez es una enfermedad incurable y que lleva consigo la decrepitud mental y física.

Basten estos cuatro ejemplos del pensamiento filosófico sobre la vejez; las consideraciones que preconizan van a repetirse a lo largo de la historia tanto de la filosofía como de otras manifestaciones humanas como la literatura, la pintura, etc. También en este pensamiento humanista podemos examinar la importancia que la vejez ha tenido a lo largo de la historia de la humanidad.

La gerontología social se ha venido ocupando del estudio y conocimiento de la vejez con el fin no sólo de que el ser humano viva más sino mejor

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