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29/07/2017

A veces terminamos el día agotados y con la sensación de no haber hecho nada. Con algunas simples herramientas eso puede cambiar!

 

Estudiando un poco el tema de la neurociencia, hay dos temas que me impactaron mucho por su simplicidad y por su altísima efectividad a la hora de aplicarlo en cualquier tipo de organización o persona fueron el uso “inteligente” del limitado 2% de nuestro cerebro y la neuroplasticidad.

Está demostrado que los seres humanos sólo podemos utilizar, al mismo tiempo, sólo el 2% de nuestra capacidad cerebral. No importa si comparamos un genio intelectual con cualquier otra persona. Ambos tendrán idéntica capacidad.

En mi trabajo como consultor de organizaciones en temas referentes a la gestión me encuentro muy a menudo con personas que se siente agobiadas por el peso del trabajo, por la presión que día a día encuentran en sus ámbitos laborales o incluso de voluntariado.

En empresas es común hallar personas que terminan el día agotados, mental y/o físicamente, y con la sensación de que no han avanzado nada en la consecución de sus objetivos. La presión del jefe, de los compañeros, de las diferentes situaciones diarias tienen un ritmo a veces frenético. Han corrido de aquí para allá las 8-9 horas de trabajo, pero esa impresión de no haber dado un paso adelante está presente cuando llegan a casa. Y lo que es peor, llegan tan cansados que ni siquiera tienen fuerza para emprender con las tareas domésticas o aprovechar un rato de juego con sus hijos.

En organizaciones se encuentra lo mismo. Sólo que al ser organizaciones sin fines de lucro la “presión” viene por querer abarcar más, o dar soluciones a temáticas que pueden exceder las posibilidades reales que se tienen. Incluso a veces por la decepción de no contar con ayudas estatales que hagan el trabajo más simple.

En ambos ámbitos es habitual ver que algunos de los hábitos de trabajo dejan de lado lo importante para atender lo urgente. O incluso lo que se cree urgente, como responder un mail o un whatsapp.

Son pocas las personas que se toman el tiempo de priorizar las tareas del día y menos aun las que planifican la semana. Es habitual que use como ejemplo que un buen leñador siempre necesita tiempo para afilar el hacha y ser más eficiente en su trabajo. En la gestión de organizaciones afilar el hacha es justamente detenerse un rato y priorizar tareas, decidir qué hacer primero y qué después.

Es increíble cómo está marcado en la conciencia de las personas que ese tiempo donde frenamos la máquina un rato para organizarnos es malgastar tiempo. Es una creencia muy fuerte, sobre todo en ámbitos productivos donde no estar al frente de tal o cual máquina es sinónimo de pérdida de tiempo.

Otra fuerte creencia con que me encuentro a menudo es pensar que ya se es demasiado viejo para aprender. Y lo más triste es que sean personas de 30-35 años las que dicen “yo soy así, ya no puedo cambiarlo…”. ¿Qué es lo que puede llevar a una persona de esta edad -en los albores de su adultez- a pensar de esta manera?

Creo que lo principal es que casi siempre se ha dedicado a correr detrás de las urgencias y esto la lleva a un espiral de actividades donde es muy complicado encontrar el espacio para aquello que “se debe hacer” para empezar a cambiar.

El ritmo de la vida actual no deja muchos espacios para el deporte, la introspección, la vida social y muchas otras actividades que son el cable a tierra y la fuente de inspiración para muchas buenas ideas. Como bien dice Estanislao Bachrach, cuando no usamos nuestro cortex prefrontal (por ejemplo en las actividades previamente mencionadas) aparecen hallazgos (Hallazgos son aquellos momentos de inspiración que aparecen cuando estoy haciendo actividades que nada tienen que ver con el razonamiento o el análisis -generalmente deporte o recreativas, o incluso durmiendo-, y que dan respuesta a problemas que tenemos y con el que estábamos trancados.) para la mayoría de nuestras preocupaciones. Por eso -además de que es bueno para la salud- son importantes estas actividades.

Quizás esté relacionado con una de las características de la posmodernidad: el deseo de tener todo YA; de gozar las recompensas sin hacer el esfuerzo que implica conseguirlas. Si bien el cerebro tiene su capacidad de aprendizaje toda la vida, la voluntad de la persona juega un papel importante… primordial diría.

La priorización de tareas, la organización del tiempo, el evitar distracciones y hacer las cosas de “manera serial” trae beneficios no sólo en el ámbito laboral sino también en el personal.

Todos podemos aprender y ampliar nuestras fronteras de conocimiento, sin importar edad, formación o ámbito de trabajo

Desde principios de año estoy trabajando con una empresa donde me encontré con la particularidad de que todo el personal administrativo se encontraban trabajando bajo una increíble presión por no llegar nunca a “estar al día”.  En un comienzo pensé que se debía a alguna circunstancia en particular de ese momento, pero luego me di cuenta de que en realidad el desorden era su forma de trabajo.

Preparé una presentación especial donde les pude explicar algunos conceptos sobre cómo se puede maximizar el uso de nuestro 2% y su gran utilidad a la hora de trabajar más tranquilos.  No fue simple convencerlos a que probaran al menos una de las ideas escuchadas. Les parecía que no eran posibles en la práctica. No obstante, luego de un rato de conversar accedieron. Mi trabajo entonces fue acompañarlos en la implementación de dichas herramientas: priorizar; hacer las cosas importantes primero; evitar las distracciones cuando estoy realizando actividades que implican el uso intensivo del cortex prefrontal; organizar la semana de trabajo tanto personal como de equipo con una reunión los días lunes a la mañana; hacer de a una tarea a la vez y no acumular tareas que puedo hacer de manera inmediata.

Luego de un par de meses de trabajar de esta manera nos volvimos a juntar todos y les pregunté si algo había cambiado. En forma unánime respondieron que no sabían cómo habían hecho para estar casi al día y, mejor aún, que veían que las cosas no se acumulaban más. El ambiente de trabajo era otro, mucho más calmo -aunque con la habitual presión de un trabajo complejo- y que notaban que se cansaban menos. Este menor cansancio en el trabajo también les permitía llegar mejor a casa.

A la fecha ya no conciben trabajar de otra manera y cada día que pasa se refuerzan los hábitos positivos.

 

Todos podemos aprender y ampliar nuestras fronteras de conocimiento, sin importar edad, formación o ámbito de trabajo.

 

Esta experiencia la comencé hace dos años y hoy estoy viendo sus frutos, que justamente confirman la hipótesis presentada y muestran que la neuroplasticidad es algo de lo que todos disponemos.

Trabajo con una empresa agrícola ayudando a su organización. Me encontré con un grupo de gente muy heterogéneo -y muy buena- ya que en la administración había personas que eran egresados universitarios (contadores públicos y licenciados en administración de empresas), otros empleados con manejo básico de administración y uso de la informática y un tercer grupo donde existían personas que habían terminado el secundario y otros que ni siquiera sabían leer o escribir (los peones que trabajan en el campo por ejemplo).

Hice el planteo de la importancia de la capacitación continua para que la empresa -a través de la mejora de sus componentes- pudiera crecer con bases sólidas y también porque es fundamental la promoción humana que permita una mayor autonomía de pensamiento y progreso personal. La primera reacción de los empleados fue negativa: “¿para qué estudiar ahora?”; “no hace falta”; “soy muy vago y no me gusta estudiar”; “¿qué beneficios puede darme estudiar?”; etc.

Neuroplasticidad es la capacidad de nuestro cerebro de aprender, siempre y cuando nosotros hagamos nuestra parte, sin importar la edad o la instrucción previa, les propuse el desafío de probar. Ayudé a cada grupo de empleados a que eligieran un objetivo acorde a las posibilidades que tenían en ese momento y así eligieron desde MBA (Master Bussines Administration) hasta aprender a leer y escribir.

Me detengo en una persona en particular, el responsable de uno de los campos (con secundario completo) y quien participaba de las reuniones de gerencia. Era habitual verlo “perdido” en muchas ocasiones cuando se hablaba de números, proyecciones o estrategias. Sólo cuando se iba a lo concreto de la explotación productiva él participaba activamente.

Dado que su trabajo implicaba un involucramiento más profundo en la toma de decisiones y un análisis de múltiples variables no productivas, le propuse la realización de un curso de mediana duración (dos años). También le propuse que buscara a alguna otra persona que pudiera acompañarlo y así que le sea más fácil participar y estudiar. 

El desafío era grande, pero luego de insistir un poco se inscribió en el curso. No puedo relatarles la alegría de esta persona ya a la mitad del cursado: su “cabeza” había cambiado por completo y se evidenciaba en una mayor participación en las reuniones, opiniones mucho más formadas y criteriosas que las del pasado, interés por áreas de la empresa que antes ni se había enterado que existían.

Al finalizar el cursado era otra persona. A partir de este hecho ha seguido estudiando y sobre todo ha perdido el miedo a “no poder”.

Sólo es necesario un poco de esfuerzo. Nuestra naturaleza hará el resto.

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