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Hace 1d

La tecnología sigue imparable para colarse en el rincón más íntimo de nuestras vidas, hasta que un día los calzoncillos o las bragas sean unos wearables más con conexión a Internet con IPv6 y Bluetooth. Eso no tiene por qué ser necesariamente malo, la tecnología -y concretamente, la tecnología digital- ha simplificado muchas cosas y las ha hecho accesibles a muchas más personas. Hablando de automóvil, no hay que saber mecánica, ni ser un experto al volante, ya casi no hace falta ni saber conducir (y que eso sea compatible con la vida).

Hay gente que no tendrá más contacto con la técnica del automóvil más allá de lo que le venga en el libro de la autoescuela. Al menor problema se pondrá en contacto con la asistencia en carretera o un servicio técnico. Es más, muchos coches ya dan acceso directo a un servicio oficial en caso de avería, pues algunas pueden diagnosticarse sin que nadie se manche las manos. Revistas como la que encabezan este artículo se van a quedar como un anacronismo, un vestigio de épocas pasadas.

Es lo que ha sucedido en el mundo de la informática. A mediados de los 90 -no me voy muy lejos- había que saber informática para muchas cosas o tener a mano a alguien que pilotase. Antes de que Windows 95 democratizase mucho la coexistencia con la plataforma PC había que ser un virtuoso de los disquetes de arranque, dominar el primer bloque de 640 kB de memoria, palabros como IRQ o DMA o saber toquetear jumpers. Lo sé, muchos pensaréis que escribo en chino, pero es inglés, y todo eso se usaba extensivamente. El Plug & Play también acercó mucho a los seres humanos todo el rollo de la informática.

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Ahora podemos ver a un niño de seis años manipular con total soltura un móvil o una tableta, y más de uno pensará que eso le convertirá en un gurú informático. A lo mejor nos equivocamos en la definición, podía apuntar más maneras su equivalente de 20-30 años antes que supiese programar en BASIC, Logo o moverse por MS-DOS sin tocar un ratón ni otras cosas táctiles e intuitivas. Pero volveré a los coches para que nadie se me pierda. ¿Es lo mismo aprender mecánica en el Gran Turismo que manchándose las manos de grasa? No lo creo.

Tengo la sensación de que los fabricantes han llegado a la conclusión de que hacer coches para gente a la que no le gustan los coches es más rentable que hacerlos para los que sí nos gustan los coches. Me explicaré... Tenemos en un extremo la filosofía del entusiasta del automóvil que sufrirá si algún día ha de deshacerse de su montura por rotura, accidente o necesidad de venderlo. En el extremo opuesto, un consumidor compulsivo que se aburre de su electrodoméstico de transporte en menos de cinco años, y sigue pagango por el modelo nuevo que tiene gadgets y cosas nuevas. ¿Cuál de los dos extremos da más dinero a un fabricante? Es obvio.

Poco a poco las cosas relacionadas con el automóvil se perciben como lastres que nos quitan tiempo y energías. Eso de perder el tiempo comparando modelos para elegir el adecuado, visitar concesionarios y sentarse en el aparato que va a consumirnos una buena cantidad de dinero no se estila como antes. El mantenimiento, otro lastre, con lo "cómodo" que era llevar el coche al mecánico directamente cuando se rompía algo. En nada estoy viendo un servicio en el que el fabricante tendrá permiso para recoger nuestro coche donde sea, hacerle el servicio y dejarlo donde estaba. Si en Estados Unidos ya hay empresas que van por ahí con camionetas cisterna para repostar los depósitos de sus atareadísimos clientes cuando tienen sus coches parados...

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El reciente caso del Volvo XC40 me ha recordado una tendencia comercial de los fabricantes de ofrecer un "todo en uno", con el mantenimiento incluido durante una temporada, labor que sea realizará por supuesto en concesionarios oficiales. Total, hay ciertas operaciones de mantenimiento que ya no puede realizar cualquiera con un maletín básico de herramientas, como pasaba hace unos años. Hay modelos donde cambiar una bombilla H4 de luz de cruce es una pesadilla de cables, tapitas y embellecedores... ¡pero cómo molaba ese faro en el catálogo!

La profesión de mecánico, tal y como la conocemos, no tiene mucho futuro en pocas décadas

Las aplicaciones móviles parasitan nuestro modo de vida moderno. Nos permiten encontrar compañeros de piso, ligues, comprar y vender cualquier cosa... Eso nos lleva a una desconexión con ciertos ámbitos de la vida, como el pequeño comercio, las amistades "analógicas" o el trato interpersonal directo. Obviamente eso llegará algún día al proceso de compra. Ya existen empresas que mediante aplicaciones móviles pueden simplificar al máximo el proceso de compra de un coche, solo hay que tener aprobada la financiación y echar una firma en los papeles del mozo que traiga en camión el nuevo modelo.

La creciente llegada de sistemas de conducción semiautónoma y defensiva harán más por la seguridad vial que el pretender que el grueso de la gente se conciencia de la importancia de conducir bien y la física asociada a la conducción. En un escalón siguiente, las carreteras se plagarán de coches que se conducen por sí mismos -eso sí, respetando a pies juntillas todo el reglamento de la circulación- mientras sus ocupantes se relajan con películas, redes sociales, siestas o lo que prefieran. Sí, toda esa gente va a dar más dinero a la industria del automóvil que quien se molesta en mantener su coche por sí mismo, a perfeccionar su conducción y/o alargar al máximo su vida útil.

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El entusiasta por el automóvil -o petrolhead- va perdiendo importancia progresivamente, seguramente porque estamos equivocados. Los diseñadores están más preocupados en hacer coches que parecen deportivos -pero no lo son- que en hacer coches donde la deportividad vaya en consonancia con el contenido de la carcasa. La palabra "deportivo" se ha prostituído tantísimo que ya cualquier mole de dos toneladas y pico se puede considerar como tal, pero no se considera deportivo -o que corre poco- un modelo que supera los 200 km/h y tiene una relación peso/potencia de menos de 5 kg/CV solo por carecer de turbo.

No para de vendérsenos una agresividad inexistente, unas sensaciones cada vez más descafeinadas y una mayor desconexión entre el conductor y la carretera. En último término es lo que se pretende. Eso por el lado de los fabricantes, por el lado administrativo también se lucha contra el carácter lúdico que tienen los vehículos, sin que eso quiera decir que pienso que desde que ir a 200 km/h es un delito ya no tiene gracia conducir. Tampoco es eso. ¿Por qué no hacen más fabricantes como Mazda, que aún se preocupan de esa conexión hombre-máquina que no tiene nada que ver con pantallas táctiles?

Me pregunto si esta deriva que desconecta al hombre de la máquina servirá para que poco a poco el mundo del automóvil se divida en dos bloques muy diferenciados: entusiastas y usuarios de un medio de transporte. Tal vez eso signifique autopistas llenas de coches autónomos y que las vías secundarias se vayan quedando para un uso más lúdico y entusiasta -y esto no choca frontalmente con la seguridad vial-. Puedo comprar la idea: menos coches que transporten más gente y con un nivel de seguridad mayor. Sí, genial, mientras aún se conserve el lado lúdico y de disfrutar por el mero hecho de conducir, como el que se da un paseo a caballo, recorre una vía verde en bicicleta o da una vuelta en velero habiendo alternativas de transporte más eficientes y cómodas.

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No quisiera concluir que todo tiempo pasado fue mejor, para unas cosas sí, para otras no. Si hay compañías como Kodak, PanAm o General Motors, que ser referentes empresariales han quebrado o les ha faltado un pelo, yo si fuese fabricante de automóviles me pensaría muy mucho mis prioridades. Puede que algunas apuestas de modelo de negocio contribuyan más a su final que a su supervivencia. Está muy bien dar respuesta a las necesidades de la sociedad o las nuevas tendencias, pero cuidado con el monstruo que se está alimentando.

Puede que vayamos en línea recta hacia una deriva en la que los coches tendrán que incrementar tanto sus precios que sean poco o nada asequibles para el ciudadano común, y este tendrá que usar los coches solo cuando sea necesario y puntualmente. Marcas como Tesla ya han previsto que algunos de sus modelos puedan generar dinero -o reducir los costes de propiedad- llevando a desconocidos de un lado a otro mientras no se usen. En la visión de LYNK & CO pasa algo parecido. En esas visiones la gente con poco poder adquisitivo parece no existir.

Espero que siga habiendo hueco para los vehículos más sencillos, que no busquen simplemente ser una solución de movilidad más. Que siga existiendo la conducción manual -al menos mientras este fósil viviente respire- y sea posible disfrutar de un clásico aunque sea con combustibles sintéticos. El otro día bromeaba con un compañero de profesión, y le decía que qué futuro veía a ser periodista del motor si para cuando lleguemos a la jubilación casi todos los coches serán autónomos. Igual nos tenemos que prejubilar todos.

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El futuro tendrá sus cosas buenas, como reducir muchos de los aspectos negativos del automóvil como es la siniestralidad, la contaminación o los atascos, aprovechando las ventajas de la tecnología. Nos transportaremos mejor que nunca, pero con menor gracia. Los mecánicos se convertirán en electricistas o restauradores, los taxistas en guías urbanos, los comerciales en community manager, los periodistas de motor en historiadores...

Pensándolo bien, creo que ya me he hecho viejo.

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