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¿Qué Soberanía Popular?

20/04/2012 01:30 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Para bien o para mal, la democracia moderna es un sistema representativo en el que la participación popular se reduce a elegir a sus representantes y a controlarlos indirectamente en cada convocatoria electoral

¿Qué soberanía popular?

Por: Teresa M.G. Da Cunha Lopes

Para bien o para mal, la democracia moderna es un sistema representativo en el que la participación popular se reduce a elegir a sus representantes y a controlarlos indirectamente en cada convocatoria electoral. El principio decisorio es el principio de la mayoría, y las instituciones del Estado de derecho velan, por su parte, para que las decisiones mayoritarias no puedan vulnerar los derechos de las minorías. El demos se autolimita a través de los controles externos de la democracia recogidos constitucionalmente.

El problema hoy no estriba ya tanto en ver si dichos preceptos constitucionales se adaptan mejor o peor a la nueva situación, sino en verificar si existe una auténtica ciudadanía activa o si los canales de mediación entre ciudadanía y clase política funcionan correctamente.

Si observamos nuestras actuales sociedades políticas percibimos una creciente apatía y retraimiento ciudadano en los procesos electorales; un paisaje marcado por la “fatiga civil”, la “demo-esclerosis”, la huida de los grupos más propensos a un activismo político solidario hacia el “tercer sector” (ONG sobre todo) y una creciente pluralización y fraccionamiento del cuerpo ciudadano.

Pero la responsabilidad no sólo cabe imputársela a los ciudadanos; hay también una serie de condicionantes sistémicos que no favorecen la participación y competencia de los ciudadanos. Estos condicionantes son:

1.- Las deficiencias del sistema de mediación política.

Las distorsiones en el funcionamiento de los canales de mediación entre sociedad y sistema político afectan sobre todo al concepto de la representación y están marcados por la oligarquización y “estatalización” de los partidos políticos, así como por la creciente corporativización de los intereses. Este proceso de corporativización es ya irreversible y ha contribuido a la nueva gobernación.

Lo que puede parecer no deseable desde una perspectiva democrática escorada excesivamente hacia la representación parlamentaria y los presupuestos de un espacio público omniabarcador, pierde fuerza si lo combinamos con lo que se llama ahora democracia sectorial : aquí el énfasis se pone en la posibilidad de crear mecanismos que faciliten la participación de los intereses afectados por una determinada política, que pasarían a ocupar el lugar que en la democracia representativa ordinaria compete a la ciudadanía.

El resultado sería la creación de redes comunicativas entre organizaciones afectadas que permitirían su participación y seguimiento de las decisiones que les incumbe. A medida que esta democracia sectorial va ascendiendo de ámbito de decisión, a los intereses sectoriales se les acaban uniendo también intereses regionales o nacionales, como en el caso de la UE.

2.- Los costes de la información

Fuera de las organizaciones, lobbies, ONG y otros grupos de interés atentos a la promoción de determinados objetivos, no parece que el ciudadano individual de nuestros días esté a la altura de los esfuerzos de tipo cognitivo y asimilación de información necesarios para poder orientarse eficazmente por la política actual.

Los medios de comunicación y la labor de los partidos en aplicación del código gobierno/oposición, contribuyen a reducir los costes de información. Pero el esfuerzo necesario para estar medianamente informado y para actuar políticamente excede con mucho las posibilidades de tiempo – y capacidad?- disponible por parte de la mayoría de los ciudadanos.

Lo característico de las cuestiones políticas es su lejanía, su cambio constante de temas, además de las dificultades de evaluación que suelen concurrir en muchas de las decisiones políticas; todo ello dificulta la posibilidad de una decisión racional, un juicio minimamente elaborado sobre dichas cuestiones.

El resultado es una voluntad susceptible de caer en la manipulación, de dejarse llevar por los “afectos” y, en todo caso, responde a una voluntad fabricada, no elaborada autónomamente.

La política expresiva y simbólica aparece así como el mecanismo más eficaz de movilización de la ciudadanía.

3.- La tecnocratización de la política

(t ema que fue objeto de una columna de opinión que publiqué en marzo 2012, de la cúal retomo las grandes líneas)

Las dificultades habituales para acceder a un amplio conocimiento de lo que acontece en la política y para evaluarla con autentica capacidad de juicio, se ha incrementado a medida que aquélla se ha ido especializando y haciendo más compleja. Un gran número de decisiones políticas se apoyan en el “conocimiento experto” de técnicos de todo tipo adscritos a diversas instituciones. Esta inteligencia especializada o nueva tecnocracia nos somete, según Dahl, a una nueva forma de tutela a pesar de que no puede defenderse la idea de que esas élites técnicas gocen de un conocimiento moral superior o más elevado respecto a lo que constituya el “interés público”.

Pero hoy son indispensables para ayudar a pilotar sistemas políticos complejos. Tecnócratas, spin-doctors, think-tanks, o los clásicos asesores marcan las pautas de la acción política y constituyen una especie de caja negra impenetrable a la mirada ciudadana.

El problema no reside en la aplicación del conocimiento experto, sino en su extensión a campos en los que dominan las contingencias, cuando tiende a suplantar la discusión y el debate público por considerarse que responden a imperativos científicos o están en la naturaleza de las cosas, algo cada vez más habitual en las medidas de política económica.

4.-La participación política transnacional

El caso paradigmático es la Unión Europea. Europa muestra claramente las insuficiencias de un sistema democrático apoyado fundamentalmente sobre arreglos jurídicos-institucionales, que suele ignorar otros aspectos sociales y estructurales más profundos. Entre otros, la ausencia de un intenso y compartido sentimiento de identidad que facilite el desarrollo de la solidaridad entre Estados o una autentica esfera pública paneuropea. Las carencias derivadas de la falta de medios de comunicación no mediados por el filtro nacional, o el escaso rendimiento representativo de los partidos y asociaciones en el ámbito europeo constituyen también obstáculos evidentes. La expresión clave para reflejar esta situación es la de “déficit democrático”.

Frente a esta situación caben dos opciones: o bien proseguir en la democratización de las instituciones europeas, de forma que las que son representativas de la Unión cobren más fuerza que las que representan intereses nacionales; o bien concentrar los esfuerzos sobre el Estado-nación europeizando su misma política interna.

Esta última propuesta asume como hecho evidente la imposibilidad de trasladar hoy los presupuestos de la democracia nacional al ámbito europeo, y aboga por la necesidad de introducir más profundamente las cuestiones europeas en la política interna de cada país miembro. Ello conduciría a una mayor participación de los ciudadanos en los temas que luego serán objeto de negociación en el ámbito superior. Pero también permitiría incorporar a la discusión pública la realidad de la interdependencia internacional y las posibilidades de la solución negociada cooperativa. El objetivo aquí es incorporar a los otros; no se trata ya de que las élites políticas recojan una determinada voluntad popular y traten de imponerla después en el proceso negociador, sino de que esa voluntad nacional se conforme ya desde la anticipación de los intereses de los otros.


Sobre esta noticia

Autor:
Teresa Da Cunha Lopes (267 noticias)
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Tipo:
Opinión
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