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Rebelión LGTBI en la granja

31/08/2018 04:20 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

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Monterroso. 28 parroquias que suman 4.000 habitantes y bastantes más vacas. Uno de los ayuntamientos de la comarca lucense de A Ulloa, tan interior que es uno de los lugares que se disputan ser el exacto centro geográfico de Galicia. Es también el escenario de una de las ferias agrarias anuales más famosas y tradicionales del país. Y desde hace cinco años, es además la sede del Agrocuir, un festival que reúne a unos dos millares de personas el último fin de semana de agosto, convocados no solamente por una opción distinta a la mainstream en la sexualidad o en la afectividad, sino en la educación, en la alimentación y en la producción ganadera y forestal.

Así, el público que desde la tarde del viernes 24 afluía a Monterroso, en cuya Praza do Froito se daba por inaugurada la quinta edición del Agrocuir da Ulloa, era bastante variopinto. Bajo la bandera arcoíris izada en la casa consistorial, deambulaba una mezcla de familias alternativas, con prole (es decir, doblemente alternativas); gente bastante entrada en la segunda edad, socialmente asentada ("jipis reverdecidos" según la amiga que me hace de guía en el evento), y las distintas tribus del orgullo LGTBI. La primera actuación en el palco de la música era la de Sacha na horta ("cava en la huerta"), grupo de sedicente agro-punkchanga, cuyos seguidores, para simbolizar su adhesión a sus principios de cultura gallega, feminismo y agroecología, suelen agitar azadas y otros aperos agrícolas (muestra fehaciente de que son pacíficos, puesto que no hay lesionados). Ya a las dos de la madrugada, estaban previstas sesiones de Dj de María Pardo y Tiparracas (que sin duda se celebraron, aunque no pueda dar testimonio presencial, dada la intensidad del concierto precedente).

El sábado es el día fuerte, y se celebra en la Granxa Maruxa. Una explotación agroganadera levantada a pulso por Marta Álvarez Quintero que, después de toda una vida en Vigo, decidió recuperar la explotación familiar (se llamaba así por su madre), pero no como antes. Partió de cero, estuvo años sola, sin amistades, sin internet, tuvo que aprender a dominar un tractor, y a sus propias vacas ?"llegaron a montarme una revolución"? y optó por volver a lo natural, al ganado que se cría y se alimenta en los prados. Conservó los robles para evitar la marea eucaliptizadora. Ahora dos décadas después de abandonar la ciudad, Además de vender leche con garantía ecológica, Marta y su hermana María usan esa materia prima para elaborar una línea de cosmética. La explotación está pintada como una granja de cuento ?las cuadras tienen incluso su fondo musical, de Mozart a Fangoria? .

"La gente tiene la idea de que el medio rural es más cerrado para la diversidad sexual, y no es cierto, al menos el gallego. Como todo el mundo se conoce y convive, al final lo que aprecian es como eres, como trabajas. Yo nunca me oculté. Me ayudaron y ayudé", señala Marta. La idea del Agrocuir partió de un conjunto de personas que se fueron conociendo y uniendo iniciativas. Braulio Vilariño, un pionero de la noche compostelana que se trasladó con armas y bagajes a A Ulloa, creó aquí hace años un festival llamado Orgullo Mohicano. Marta, con la ayuda de Adrián Gallero, el presidente de Agrocuir, que ahora vive en Madrid, organizó un evento musical, el Monterrosound... La Granxa Maruxa es el epicentro del Agrocuir. "Necesitábamos un recinto cerrado, y cobrar entrada, no tanto para financiar el festival, porque no tenemos ningún tipo de ayuda, sino para dimensionar la afluencia", comenta Marta Quintero. Este año vendieron 700 entradas por internet ( "a sitios tan dispares como Suiza, Holanda o Miami") y unas 1.000 en la granja. En el lugar de acceso, por cierto, había un armario-puerta con la inscripción a lo oráculo de Delfos: "Para entrar tienes que salir".

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En ese recinto, bosque de robles incluido, es en donde se celebran las actividades del sábado, empezando por las consabidas lúdico-educativas, a cargo de Semente, una red de padres que promueven escuelas para educar a sus hijos en gallego. Después, talleres, de baile tradicional (lo previsible) y de empoderamiento erótico femcuir, a cargo de un dúo llamado Lésbicas Creando, en una zona con piscina. Aparte del obvio problema de base que me impediría apuntarme, una amiga que intentó inscribirse y contarme la experiencia tampoco pudo: el cupo se completó a velocidad de venta de entradas a concierto de U2. Tras una mirada indiscreta por entre las balas de paja tras las que se impartía el taller, me comentó que la actividad, por lo menos al principio, consistía en tocarse. Después dejó de mirar. La sesión vermú era un taller abierto de regueifa (desafío cantado repentizado) impartido por una regueifeira (antes eran solo hombres) llamada Alba María. Comida picnic tipo "feria del condado", aunque había comensales que llevaban ¡percebes!, amenizada por Las Antonias (tuneo de standards con letras LGTBI). En vez de siesta, cuentacuentos con los de Semente de Lugo, representación de la obra teatral Elisa e Marcela (dos maestras que lograron casarse, una disfrazada de hombre, por la iglesias, en A Coruña en 1901) por el grupo A Panadaría. A la hora de la merienda, actuación de Baiuca (música folktrónica). Como se lee, aquí nada es mainstream. Excepto, quizá, que haya un manifiesto y una entrega de premios a la visibilidad agrocuir. Sobre las nueve de la noche se cerraron las puertas de la Granxa Maruxa, pero a medianoche estaba convocada una sesión golfa en el Área Natural A Peneda. Como también se lee, todo natural, aunque tampoco llegué a comprobarlo.

Lo que diferencia al Agrocuir de otros festivales, incluso de otros Pride Events, agendas de actos aparte, es esa mezcla de personas. En el mismo recinto estaban Paris, alguien que está promoviendo una especie de retiro rural cerca de Monforte de Lemos para acoger a las personas trans durante el proceso, porque considera que "el sitio más seguro para pasarlo es el rural, no el ambiente urbano", y un par de matrimonios de Monterroso, o alrededores, ellos con barriga cervecera y ellas vestidas como para ir de boda, que se resistían a pagar "para entrar en una carballeira" y además, solo iban a echar un ojo, y se quedaron toda la tarde y bailaron y se rieron con Las Antonias como los que más. Los puestos de comida vegana situados al lado del de la Asociación do Porco Celta, que había preparado una cerda de 200 kilos ?es decir: otros tantos de chorizos, lacones, salchichones? para el evento. La furgoneta de Toma Castaña, una empresa de las montañas de O Caurel que prepara con ese fruto hasta empanadas, con el puesto de Carmen Fernández, una señora que hace pan y lo cuece como siempre, en un horno de piedra, y que viene todos los años desde la parroquia de Lestedo, y a la que no le extraña que la clientela lleve cuernos de unicornio en la frente. "Al principio me parecía un poco rara, pero me sorprendió ver que era gente muy divertida y que lo pasa muy bien". Y que le compra todo, además.

Desde luego, los que desembarcaban del autobús que venía recorriendo distintas localidades para evitar tanto el problema del aparcamiento como el de la búsqueda desesperada del acompañante abstemio para volver eran todo un espectáculo, según mi amiga, que se ofreció a ayudar en la entrada, poniendo sellos a los que salían, como en las discotecas. "De pronto bajaban dos docenas de tipos con tutús rosa chicle, dos británicos, farmergays, colorados como camarones, que era la primera vez que venían y eran todo sonrisas. O dos amigos, una gallega y un onubense, que llegaban de Barcelona, donde se habían conocido. Ella, Zeltia, se había ido porque su familia era muy conservadora, decía que no se sentía ni de aquí ni de allá, y venía como buscando dónde ubicarse". Comentaba que la juventud emigra muchas veces no solo por cuestiones económicas, y que si Galicia fuese esto, mañana mismo volvía, me contaba mi amiga. ¿Y la gente de Monterroso? "Alguno me comentaba que pasaban el año esperando que se celebrara esto". "Esto", los emigrados que retornan en vacaciones y la Feira de Santos, el 1 de noviembre deben de ser desde luego los hitos que marcan la actividad social de Monterroso.

"Aquí hay homofobia, como en todas partes, pero no la sentimos. El grado de colaboración es tal que después de los conciertos, en el templete de la plaza, hay voluntarios que recogen todo, y Protección Civil me comenta que queda más limpio que un día normal", apunta Marta Álvarez Quinteiro. También el recinto de Granxa Maruxa queda impoluto. "Ni un papel, ni un vaso, como mucho alguna colilla". ¿Cómo resumirías el ambiente?, le pregunto a la amiga que hizo de sherpa. "Aunque había hombres, muchos heterosexuales, era tan distendida, tan fluida y tan alegre como si fuese una fiesta de mujeres, no sé si me entiendes". Creo que sí.


Sobre esta noticia

Autor:
Criticic (2156 noticias)
Fuente:
ctxt.es
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Tipo:
Reportaje
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