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Un refugio llamado Colombia

20/06/2012 15:19 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Aunque en menor proporción a la cantidad de personas que se van por el conflicto interno, Colombia también recibe a refugiados que huyen de violencias ajenas

Miodrag (yugoslavo), Alejandro (cubano) y Pongele Diabanza (congolesa) son algunos de los refugiados en Colombia. / David Campuzano

La palabra refugiado era tan desconocida como impronunciable para Pongele. A sus nueve años le faltaba edad y madurez para comprender la dimensión del término que le repetían los emisarios de Naciones Unidas la mañana del 14 de febrero de 1999, cuando llegaron de prisa hasta su casa, en el Congo. Nueve años. Nueve años y ni un día de escuela.

Nueve años de trasegar por campos de refugiados en Rwanda y Zimbabue, durante los cuales su familia nuclear (papá, mamá y tres hijas) rezaba todo el día para que la violencia de su país se acabara. Esa fue su primera noción de refugiado: la de una familia que huye porque papá es periodista y político y debe abandonar el país antes de que lo maten. Durante esa escapada la expresión familia nuclear también cambió de significado: papá, mamá y dos hijas. La menor falleció como consecuencia de un acto de brujería, según le informaron a Pongele con pleno detalle de las creencias africanas.

A Álvaro Diabanza, su padre, la carta de aceptación como refugiado en Colombia le llegó semanas antes que a las mujeres de la familia, y como tuvo que irse en silencio y sin avisar, Pongele pensó que un refugiado era aquel que jugaba a las escondidas, como ella lo hacía entre el pequeño espacio que separaba a su casa de la de su tía Shantal. Pero su mamá y sus hermanas, que no jugaban a lo mismo, la obligaron a empacar de afán y a salir sin avisar en un vuelo que las llevó a Kenia, luego a España y finalmente a Colombia. Fueron dos días de travesía al cabo de los cuales la familia llegó al sector de Chapinero, en Bogotá. Les acomodaron un pequeño apartamento de la calle 57 con carrera 11, en el que en seis meses, con una institutriz asignada por Acnur, Pongele aprendió a escribir en español antes que en el francés de su familia. Lo habla también sin acento, aunque de vez en cuando se delate: “La pronunciación es muy duro (sic)”, dice.

Fue así como ingresaron al grupo de los 224 extranjeros que hoy viven en Colombia en condición de refugiados, es decir, de personas que huyen de su país de nacionalidad o residencia a causa de un temor fundado de ser perseguidas por motivos de raza, religión, nacionalidad, opinión política o pertenencia a un determinado grupo social.

La entidad que se encarga de atenderlas es la Oficina de las Naciones Unidas para los Refugiados, Acnur, en cuyas dependencias hay registros de refugiados de todas partes del mundo. Desde perseguidos durante la Segunda Guerra Mundial hasta quienes huyen del régimen cubano. A muchos de ellos se los encuentra Pongele cada vez que, por algún motivo, debe acudir a las oficinas de Acnur en Bogotá.

Todos los pedidos de protección y gestiones relacionadas con el tema deben tramitarse ante el Ministerio de Relaciones exteriores

Ya está en sexto semestre de trabajo social, en la Universidad Nacional, y su hermana estudia en la Escuela Nacional de Administración Pública. El papá viajó a Estados Unidos. Mientras tanto, en el Congo, uno de los primos de Pongele fue torturado hasta la muerte para presionar el regreso de la familia. Al parecer, el hecho tuvo relación con una serie de asesinatos que el padre de Pongele documentó antes de huir y que pretendían favorecer a algún líder político de Kinshasa Kimbasaki. Con semejante mensaje, nadie quiso volver. Ni la familia nuclear de Pongele (que se redujo a tres, pues la madre murió de leucemia cuando apenas llevaban un año en Colombia), ni los primos que viven en Nueva Zelanda, Italia y Estados Unidos.

Pero el idioma no fue su única dificultad. La libertad que tienen las mujeres en Colombia representó para su familia un choque cultural muy fuerte. En el Congo no es tan frecuente verlas por las calles ni ejerciendo tantos oficios. ¿Y la alimentación? Eso no fue problema. Por supuesto que hay diferencias. En Colombia la cáscara de la yuca se bota, mientras que en Congo es un manjar al que llaman pondú. Allá no existen las sopas, mientras que acá el ajiaco deleita a Pongele. Tampoco tienen mango ni granadilla, que hoy son las frutas favoritas de la familia.

La casa en la que vivían, al borde del río Mai Nyansanga, está abandonada y es incierto que los árboles de aguacate que la rodeaban aún existan. Lo que sí se sabe es que Mobutu, el hombre que estaba en el poder cuando la familia Diabanza y sus mujeres tuvieron que huir, fue derrocado por Kabila padre, asesinado a su turno por Kabila hijo, quien aún es presidente. Hubo elecciones, claro, pero pasó lo mismo que el periodista Diabanza reportó en su momento, y como los opositores políticos empezaron a morir misteriosamente, Kabila ganó. Pero nadie lo quiere, dice Pongele.

Eso no significa que ella no añore regresar al país. Está muy bien en Colombia. Acá puede ejercer derechos que en su país están negados, así sea tácitamente. Pero quiere volver para ejercer su profesión, la cual escogió pensando tanto en lo que le gusta como en lo que pueda ser útil en Congo. Por eso será trabajadora social. Por eso sigue orando, con fe de protestante, para que la violencia cese en su tierra. Y cuando dice su tierra, habla también de Colombia.


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