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Un réquiem para Enrique Morente

15/12/2017 11:00 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

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Noche del 13 de diciembre. El día exacto en que Enrique Morente se marchó al tablao de Curro el Palmo (a mano derecha, según se va al cielo), que es adonde van los flamencos cuando dejan de necesitar el oxígeno para cantar. En la Sala Barts de Barcelona el Taller dels Músics presentó un réquiem dedicado al maestro. Se cumplían siete años de su muerte. Entonces, el acontecimiento nos pilló a muchos de sorpresa al enchufar la radio del coche y escuchar al Ronco y luego la voz de los locutores. Algo había cambiado en ellas. De pronto, había una línea cruzada en la forma de hablar del genio, un permitirse reinterpretarlo, un apropiárselo un poco en beneficio o consuelo propio. Ese beneficio, que es el primer acto de vigilia de los fieles, esconde siempre una pretensión sutil: simplemente, el placer, el gusto por la adoración y la hagiografía que, como otras formas de melancolía, nace de una necesidad de acunarse a uno mismo. La adoración se hace con amor, pero a veces extravía al adorado.

Un réquiem puede entenderse como la mirada de un compositor que intenta, por un lado, revivir el espíritu del difunto y expresar el dolor por su desaparición y, por otro, auparlo, tenderle un puente de música hacia la eternidad. La visión presentada en el Barts fue la del compositor Joan Díaz, que se mantuvo al piano durante el concierto, y la del director Joan Albert Amargós. La pieza unas veces hizo crujir y manar el recuerdo del maestro como un olivarito y otras veces le perdió el camino. No obstante, era solo una perspectiva íntima y los itinerarios neuronales que resucitan a Morente en la mente del compositor no tienen por qué ser los mismos que los nuestros.

Antes de que salieran los casi 50 músicos que interpretaron el réquiem, se representó Alegoría: una primera parte más sobria y flamenca. Al cante: Kiki Morente y Arcángel. A la guitarra: Chicuelo. Arrancó Kiki a capela susurrando muy cerquita del micrófono, buscando el trance para después terminar alegrando el cante. Las notas trágicas arrumbadas, de pronto, por estallidos de euforia, iban a ser la tónica de la noche. Escogieron a Juan Gómez Chicuelo para el toque de esta primera parte. Tiene un pulgar terminante y unos golpes sobre la madera muy densos que aportaban un aire fúnebre como de cierre de ataúd. Luego salió Arcángel y cantó a dúo con el joven Morente. El montaje de luces oscuro con apenas algún foco sobre los artistas creaba un efecto visual acorde al concepto réquiem. Kiki Morente parecía emanar de las sombras: se quedaba a medio camino entre la oscuridad y la luz. Antes de que arrancara el réquiem, Arcángel apretó unas seguiriyas con los ojos abiertísimos, al borde del éxtasis místico. Es su mirada de siempre cuando canta, pero esa noche cabían interpretaciones oportunistas entre los espectadores: daban ganas de convencerse de que aquello era una señal de trascendencia, de la presencia fantasmal de Morente sobre el escenario.

La pieza central, dividida en ocho partes, incluía poemas de Mario Benedetti, Manuel Forcano, Lluís Cabrera, Antonio Machado, Miguel Hernández, Jorge Guillén, Rafael Alberti y Federico García Lorca. Un repertorio bien elegido, de acuerdo a los gustos de un creador que acudía a los poetas a probar su agua con sinceridad. Morente entendió que no había que musicar a los escritores para tomar prestado el laurel de su nombre y legitimarse y, por supuesto, tampoco por inercia.

La partitura de Joan Díaz tuvo momentos de vuelo como la segunda parte, bautizada como Kyrie Eleison, con poema en catalán de Forcano: "Perquè caiem en el desig/ de cada cosa i moltes mes". Cantó el joven Pere Martínez y el Coro ArsInNova expandió las armonías y encendió en nuestra imaginación una marea de cirios. No eran velas de altar, sin embargo, sino velas de templo expropiadas y sacadas a la calle para alumbrar la noche: esa cosa de hacer propio lo sagrado tan morentiana.

Graduale se inició con la pulsación tensa y mantenida del bordón del guitarrista Marc López y el cante a capela de Martínez, Arcángel, Kiki y Paula Domínguez. El pasaje sonaba a premonición y acabó con una explosión de voces solapadas, iracundas, en desorden. El director cerró el puño y mandó parar. Unos segundos de silencio y, de repente, la orquesta aplicó un giro emocional. Empezó una música festiva, una copla salseada. Se perdió, ahí, la sombra de Enrique Morente. No ocurrió por el carácter festivo, sabemos que el maestro se prodigaba tanto en la alegría como en el cante; no fue por eso, sino porque, para entendernos, la risa que sonaba en el escenario en ese momento seguía unos códigos distintos a los que usaba Morente para hacer reír a la música.

La última parte, en cambio, trajo un Sacromonte limpio, y un Morente caminando por él a la hora de la siesta, sintiéndose parte de todo, cerrando los ojos para respirar los últimos flecos del vapor de los pucheros, fundiéndose con el barrio, siendo, por fin, el barrio. Eran versos de Federico García Lorca: "Si muero, / dejad el balcón abierto./ El niño come naranjas. Desde mi balcón lo veo". Era fácil acordarse de aquella frase del Ronco, aquella declaración de principios que venía a expresar que merece la pena jugar a esto de la vida: "No mandar callar a los niños, callarse vosotros".


Sobre esta noticia

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Criticic (2156 noticias)
Fuente:
ctxt.es
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Reportaje
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