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La salud: Un derecho que se convirtió en mercancía

14/04/2012 06:29 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Recuerdo que aquella tarde estábamos con Celiano, Daniel y Leo en la Casa de la Comunicación Techotiba en Timiza. Habíamos acordado trabajar en varias adecuaciones que se le vienen haciendo a esta Casa, que más que una casa, es un lugar de encuentro y de participación, pues aquí varias organizaciones realizan una labor de educación popular, especialmente desde múltiples medios de comunicación alternativos y comunitarios.

image Tomábamos un tinto cuando de pronto me di cuenta que mi amigo Daniel estaba enfermo, le vi la cara pálida y un gesto que no me gustó. Se empezó a caer lentamente, inmediatamente imaginé que le había dado un ataque de epilepsia de los que él sufre, y por fortuna alcancé a agarrarlo del brazo para evitar que se golpeara contra el marco de la puerta y el piso.

Al principio creí que se trataba de un episodio no tan grave, pero en realidad estaba comenzando una historia que se tornó dramática. La convulsión de Daniel duró unos segundos. Le ofrecimos agua e intentamos propiciarle un ambiente de comodidad y tranquilidad para que se repusiera. Tomó aire, nosotros nos miramos con cierta impotencia ante el manejo de dicha situación. Parecía que poco a poco se estaba reponiendo, noté como si él tratara con esfuerzo de recordar y volver al momento en que convulsionó. Sin embargo, a los pocos minutos vi que en silencio padecía un gran malestar. Nos dijo que se despedía porque se sentía mal. Era evidente que así era.

Le dije que si quería lo acompañaba a la casa, pues no estaba en condiciones de irse solo. Me respondió que bueno y salimos caminando en medio de sus quejidos, los cuales ya me estaban preocupando seriamente. Dimos unos cuantos pasos y con su rostro maltrecho me pidió que fuéramos al Hospital de Kennedy. Me dio angustia cuando en medio de su desesperación me dijo que esta vez sentía algo muy raro, que no era una convulsión como las que suelen darle, sino que se sentía intoxicado, quizá por una pasta que el hermano le dio para la gripa, y tal vez eso le causó esa reacción.

Poco a poco sus piernas dejaron de responderle y cayó en el pasto al lado de la avenida, ya casi no me podía hablar y para emporar la situación ningún taxi paraba para llevarnos al hospital. Me invadió la impotencia. De pronto Daniel como pudo logró decirme que llamara a su mamá para enterarla de lo que estaba pasando. Ella me dijo que estaba cuidando a su nieta y que no podía salir. Le comenté que íbamos hacia el Hospital de Kennedy y que en cualquier caso volvería a llamarla. Al fin nos recogió un taxista y fuimos directo a urgencias. Mi amigo se retorcía en el carro mientras yo trataba de controlar la angustia de verlo así. Al llegar nos encontramos con una sala repleta de heridos y personas graves esperando turno para ser atendidos. No hay algo tan deprimente como una de estas salas de urgencias.

Daniel rápidamente solicitó un médico al vigilante que nos encontramos al entrar, el tipo nos dijo que golpeáramos en un consultorio que nos señaló, pero allí nos encontramos con una señora mayor acostada en una camilla, y al lado una mujer joven amamantando a su hijo con otro niño al lado. No había un médico ni una enfermera, ni nadie que nos atendiera. Daniel ya no podía más del malestar y empezó a gritar: "¡Un doctor, por favor, un doctor, alguien que me examine!" Nadie respondió. Al rato nos dijeron que teníamos que hacer fila y esperar un turno. Por supuesto, esto era impensable ante la gravedad que manifestaba su semblante. Mi amigo nuevamente gritó aún más fuerte, expresando su desesperación y su urgencia de ser atendido: "¡Auxilio, un doctor!, ¿dónde están los doctores de este país por dios!!?".

Sin duda yo sabía que sus reclamos eran justificados, era inevitable indignarse ante semejantes condiciones inhumanas de la atención. Me invadió la rabia y la tristeza por el padecimiento que tiene que vivir la gente. Daniel siguió gritando: "¿Nadie me va a atender, tengo que estar desangrándome? ¿Cómo es posible que la gente se esté muriendo en los pasillos?!!". Volvió a desgonzarse, se doblegó en el piso, sus lamentos fueron en vano. Reinó ese silencio que odio ante la injusticia. De repente bajaron de una ambulancia un herido grave pero la camilla casi no podía pasar pues mi amigo estaba atravesado en el camino. Como pude, logré moverlo. Daniel tomó nuevamente aire, se levantó y me dijo con cierto tono de resignación: "Vámonos, Julio, vámonos que aquí no nos atienden, aquí uno se puede morir y no pasa nada".

Es inadmisible que mientras las EPS se convierten en empresas millonarias se tengan que ver estas barbaridades con los pacientes. Realmente la salud en nuestro país no es un derecho sino un negocio muy rentable que ofende. Ya sabemos que han sido billones los que se han robado los negociantes de la salud. Finalmente salimos ofendidos de aquella lamentable sala de urgencias. En ese momento pasaban dos médicos y fue inevitable acercarnos a pedirles que nos atendieran. Nos dejaron hablando solos, pues no interrumpieron el paso y siguieron su camino como quien no ha visto ni ha escuchado nada. A pesar de nuestro asombro e indignación los abordamos para explicarles la urgencia...pero la respuesta de uno de esos "doctores" fue: " Yo no lo puedo atender porque no soy el médico de él". No pudo ser más insólita y cruel esta respuesta. Está demostrado, los pacientes son vistos como clientes. Si no ha facturado es como si no existiera. ! Qué frialdad tan espantosa!

Nos sentimos como hablándole a una pared, este par de "doctores" ni se sonrojaron. Cogimos un taxi hacia la casa de Daniel, pensando que tal vez uno se enferma más de desconsuelo en el hospital, que acompañado por un pariente que lo cuide. Durante el recorrido me pidió que le comprara un suero en la droguería, seguía retorciéndose. Yo lo único que podía hacer era tratar de darle tranquilidad y decirle que ya todo iba a pasar. El insistía que jamás había estado así, que sentía que algo en su estómago se le movía como si se le comiera los intestinos y se le fuera a subir a la cabeza. Eso lo angustiaba enormemente, de paso a mí también.

Decidimos con mi hermano y los amigos llamar una ambulancia desde mi casa. La ambulancia llegó media hora tarde. Daniel no aguantó más y se fue con su madre en un taxi al Hospital de Bosa. Esa noche mi amigo volvió a convulsionar por tercera vez, en medio del terrible hacinamiento de este hospital del suroccidente de Bogotá. Yo hablé con su madre para mantenerme al tanto, ella me informaba que la situación seguía siendo exasperante, pues su hijo se retorcía del dolor y ante su desesperación gritaba por todo el hospital. Por mi parte, no cesaba la sensación de indignación al darme cuenta de semejante humillación que padecen miles de personas enfermas de los estratos populares. Hasta el momento no se sabe la causa de esta crisis que ha sufrido mi amigo Daniel. Lo único cierto es que la salud en nuestro país está en coma, agonizando, como el Hospital San Juan de Dios.

Por: Julio E. Cortés M.juliaocortes@yahoo.com.ar

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patiobonitoaldia.org
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