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Un país de vuelta

21/06/2010 12:33 1 Comentarios Lectura: ( palabras)

Mi país, mi pueblo es una democracia, lo afirmo con el furor de 200 años de historia de independencia, los últimos 20 como parte de mi propia memoria, y los más recientes como obra de mi propia consciencia

Mi país, mi pueblo es una democracia, lo afirmo con el furor de 200 años de historia de independencia, los últimos 20 como parte de mi propia memoria, y los más recientes como obra de mi propia consciencia. Soy un sobreviviente más de sucesiones de hechos al amparo de la violencia en defensa de la paz, y en tantas ocasiones ante la ironía del absurdo y el desconsuelo de la irracionalidad propia del ser he sufrido delirios de torpeza y me he declarado un pesimista por naturaleza. Desde hace más de una década me he acostumbrado a los discursos de un cambio eterno que se entraña en la esperanza que comparto con todos los habitantes de este mundo, el cual revoluciona con cada vuelta. Desde el Nuevo Liberalismo y la visión de un líder caído he creído en la utopía y me he desaprendido de la realidad para suspirar por el ayer olvidado. De ahí que haya nacido novelista en una tierra de millones de nobeles que no saben contarse por temor a la verdad, a descubrir el pecado común: el ego como forma manifiesta del deseo de reconocimiento, ante el desamparo de la sociedad vuelta soledad. Y de ahí que las palabras se repitan, que la historia nunca cambie, por no saber hablar fuera del individuo con auténtica voz de humanidad. Ese saber lo intentó entregar un filósofo de origen lituano llamado Antanas Mockus, uno de los pocos políticos en curso que se haya atrevido a propugnar por un cambio cultural como política de gobierno, y “este país de novela” lo vio aparecer de repente sin estar preparado para escribir su nombre en su historia, como lo demuestran mis letras en boca de buena parte no representativa (abstencionista o no, no importa) de la población que persiste y existe. Nunca supimos si algún miembro de la UP se hubiera hecho acreedor a ocupar el solio de Bolívar, la intolerancia al servicio de las balas impidió pensarlo. Era otro momento histórico, eso decimos, pero que se repite a cada momento en nuestras propias casas, eso sucede, sin necesidad de armas, por fortuna o carencia, distintas a la palabra. Juan Manuel Santos Calderón recoge un país polarizado, categorizado así por sus detractores y partidarios en el espacio infinito que abre todo medio para sus comentarios. Eso da cuenta que hay libertad de expresión, derecho fundamental, máxime dentro de una democracia, pero que perviven fenómenos tan ajenos a este sistema implantado por la Constitución y tan arraigados al comportamiento rutinario de nuestro ser social que se enrarece la realidad, y se truncan las ideas con un modus operandi que hace cada vez más complejo la concepción y vivencia de nuestro pequeño universo. Esto lo señaló Aurelijus Rutenis Antanas Mockus Šivickas, así como tantos académicos a lo largo de los años, y tantos autores a lo largo de los siglos que junto a los estadistas y toda persona del común, partícipe como ciudadano, trabajan en conjunto por una misma labor: darnos un orden como sociedad que somos. Por eso participamos, por eso nos expresamos, por eso los elogios a quien interactúa con consciencia de su pensamiento con voluntad social, por eso el fraude cuando no lo escuchamos de verdad. Se elogia la función del comunicador, sea quien sea el que asuma este rol, y mucho más el que hace de periodista para alumbrar los caminos del diálogo de la razón al reunir a distintos interlocutores y revelar el mundo que conformamos. Ese papel lo cumple de nuevo Juan Manuel Santos, esta vez con la envestidura de presidente y bajo la tutela de director de un gran acuerdo para la Nación. Algunos lo cuestionan por su falta de visión, pero el sendero está trazado sobre las bases del gobierno de Uribe. Mientras unos todavía asocian a éste con figuras históricas como Putin o Kissinger, cerebro del gobierno de Nixon, traído a colación en otro momento coyuntural de nuestra actualidad, otros aplauden la transición. Saben que este paso lo otorgó la Corte Constitucional en una decisión que aletargó al país por más de año y medio, y lo aceleró en tan sólo tres meses, los suficientes para poner a prueba a los candidatos y a los medios para abordar los temas de carácter nacional que han de quedar al menos en el imaginario colectivo. Quedó en claro nuestra falta de cultura política (siempre hablo en términos de Nación), quedó en entredicho la transparencia de la elección del nuevo Congreso de la República. La figura de Mockus renació para señalar los problemas neurálgicos que nos constriñen como sociedad civil, muchos tradujeron su discurso como una reacción contra la práctica clientelista y las cuotas burocráticas, términos tan habituales junto a conflicto armado en los periódicos nacionales; la contravenía abierta a esos hábitos se convirtió en el pilar de la campaña del Partido Verde, que con sus formas y colores despertó ese sentimiento de cambio que alguna vez habrán cultivado nuestros ancestros, y que floreció de manera exponencial entre los jóvenes, algo que registraron las redes sociales con records mundiales, las cuales por su mismo carácter volátil en cuanto a la información dieron cuenta del desvanecimiento de la creciente. Al final de los días contravenían los discursos de seguridad y anti corrupción, y el tema del empleo en el medio, pero no se apreciaba un programa claro y serio detrás de ellos. Al final primó la imagen, como en todo país telecéntrico, y a esta hora Colombia y Latinoamérica se levantan con la foto de portada de Santos con las manos abiertas o apretadas a su pecho, con el gesto de gratitud que de manera recurrente utilizó su contendor, el saco oscuro, impecable, y camisa blanca de gala, uno de los cuatro colores que hacen parte del escudo del partido de la U. El reconocimiento a su gestión pública, a su comandancia de las Fuerzas Armadas (tan ovacionadas en su propio discurso) en cabeza del actual Presidente, y la sinceridad que reflejan sus palabras, aún con el talante populista a falta de una mayor oratoria, han motivado su designio como escudero de la patria. Atrás quedó la contienda, las ideas de debate, pero nada, ni la más mínima disertación sobre alguna reforma laboral, política, de salud o de justicia replanteadas desde un plano estructural han de quedar en el olvido para una verdadera concertación, un verdadero proyecto de país. Atrás quedó hablarle a un grupo de electores, toda una Nación está a la espera. Las cartas están abiertas, los agujeros del Estado están a la vista de todos, se requiere valentía, voluntad política y participación ciudadana para hacerles afrenta. Los mecanismos están dados, pero ante todo hay la apertura para mejorarlos e introducirnos de una vez en ese proyecto de modernidad que hemos visionado por siglos, pero que sólo hemos de construir sobre un auténtico pacto social de unidad en los principios de humanidad. Sólo aspiro a que mis palabras no sean fragmentos de retórica y que mis ilusiones renovadas no sean parte de un acto tradicional, sino la voz de un sentir real que se ha de diluir con el pasar de los días entre frases de secuestrados y desplazados que ven pasar los minutos como una deshonra a nuestra memoria (hablo en términos de Nación, vale recordar).

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Usuario anónimo (27/06/2010)

Impecable.