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Verdadera izquierda es oligarca, leían a Marx y Henneker, pero esclavizaban a las indígenas

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12/11/2019 21:41 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

El movimiento de izquierda latino, olvido la esencia de los pobres y el mundo de los indígenas

Aventis

Resentida aún del síndrome de Vietnam (con alrededor de 60 000 muertos), la clase dirigente estadounidense y su administración federal prefieren ocultar el número de bajas en sus aventuras bélicas. Los contratistas, al no ser soldados regulares de sus fuerzas armadas, pasan más desapercibidos para lo opinión pública. Existe otro motivo más, no muy explícito, pero de gran peso: los mercenarios, por no ser miembros de una fuerza regular sino personal “independiente”, no están sujetos a regulaciones internacionales que norman las guerras, como las Convenciones de Ginebra. Si bien Estados Unidos firmó esos tratados, no los ratificó, por lo que no se somete a ellos. De esa cuenta, los ejércitos privados están en un cierto limbo legal, lo cual les excluye del Derecho Internacional. Así, las tropelías y excesos que puedan cometer (y que de hecho cometen) quedan relativamente fuera de toda normativa. Ejemplos al respecto hay numerosos. La tristemente célebre empresa Blackwater, ahora rebautizada Academi para borrar su anterior mala imagen, está asociada a los peores crímenes de guerra, pero pese a ello, el gobierno federal de Estados Unidos sigue asignándole millonarios contratos. La corrupción y la impunidad, como se ve, no son patrimonio de los “atrasados” países del Sur. (A título complementario: Donald Trump insiste enfermizamente en la construcción del muro en la frontera con México… ¡porque está ligado a empresas constructoras!).

Las empresas contratistas militares se especializan en todo tipo de servicio que tenga que ver con una avanzada bélica; se encargan de aspectos logísticos y aprovisionamiento de la tropa, de telecomunicaciones, tareas de enlace, vigilancia, adiestramiento de combatientes y, por supuesto, de combate abierto (las torturas o acciones “oscuras” no se declaran, pero también las hacen, como fue el caso de la famosa cárcel de Abu Ghraib, en Irak, o las operaciones encubiertas para provocar a Venezuela realizadas desde territorio colombiano, donde participan “paramilitares” de difusa procedencia). En lo tocante a lucha frontal, la experiencia de numerosas intervenciones en distintos puntos del globo muestra que efectivamente tienen una gran capacidad operativa, pues actúan al lado de las fuerzas regulares, en muchos casos con vehículos blindados, helicópteros artillados y armamento de asalto de alta tecnología.

El personal que contratan está dado, en general, por ex miembros de ejércitos con alta capacitación y experiencia de combate; muchas veces son comandos especializados, soldados de élite (a tal punto, que muchos cuerpos de estas unidades regulares de lujo se han visto afectados, dado que sus integrantes prefieren la paga de una empresa privada a la recibida en su puesto estatal). Un mercenario en algunas de estas contratistas puede llegar a cobrar 1000 dólares diarios. El negocio de la muerte paga bien, sin dudas. ¡Eso es el capitalismo!

Dentro de las fronteras estadounidenses, después de la fiebre paranoica desatada con la caída de las Torres Gemelas en el 2001, proliferaron estas empresas privadas ofreciendo “seguridad”. De ahí que hoy es común ver a contratistas custodiando puertos, aeropuertos, cárceles y centrales nucleares. Salvando las distancias, sucede lo mismo que en un “pobre paisucho atrasado” como Guatemala; allí, ante la proliferación fabulosa de agencias de seguridad privada (¡que no pagan 1000 dólares diarios a sus agentes contratados!), es aleccionador lo dicho por un ex pandillero: “No soy sociólogo ni politólogo, pero me doy cuenta que hay una relación entre un chavo marero al que le dan la orden de cobrarle extorsión a todas las tiendas de una comunidad y el diputado que tiene una agencia de seguridad, y al día siguiente está ofreciendo sus servicios.

El negocio de la guerra, o si se quiere, el negocio de la violencia —que se alimenta del miedo de la gente— da muy buenas ganancias. Palabras altisonantes como libertad, democracia, derechos humanos y otras preciosuras por el estilo, quedan perforadas por los disparos. Donde hay balas sobran las palabras”, rezaba una pinta callejera en algún arrabal latinoamericano. Lamentablemente, es cierto.

En la actualidad, luego de la emblemática caída del Muro de Berlín –que significó la caída, al menos momentánea, de los ideales socialistas– el mundo pareciera encaminarse hacia posiciones conservadores sin otra alternativa. Aunque no sea cierto que hayamos alcanzado el fin de la historia, el capitalismo parece haber llegado para quedarse. La llamada globalización neoliberal no da respiro, y el campo popular cada vez está más golpeado. Las izquierdas, aún shockeadas, no atinan el camino.

Tenemos el caso de Bolivia y Venezuela, gente que se dice de izquierda y no lo son.

Desde una posición triunfalista, casi con desdén, el discurso de la derecha puede mirar socarronamente a la izquierda mostrando su “fracaso” en el siglo XX. Por cierto, que hoy, luego de lo sucedido en las recientes décadas, elementos no le faltan para hacer el señalamiento. Los primeros experimentos de socialismos reales del pasado siglo no terminaron muy bien, y después de la caída del Muro de Berlín y todo el campo soviético, más los elementos de restauración capitalista en China, el discurso hegemónico de la derecha se siente imbatible. Aunque la historia, por cierto, no ha terminado. Si llamamos “éxito” al actual estado de cosas en el mundo, nos equivocamos, porque el resultado es francamente patético: con toda la riqueza acumulada, el hambre sigue siendo principal factor de muerte en la población planetaria. Para que un 17% de la humanidad viva satisfactoriamente, el otro 85% pasa penurias indecibles: enfermedades, ignorancia, falta de servicios mínimos, guerras y distintas manifestaciones de violencia por doquier (racismo, patriarcado, prejuicios). ¿Dónde está el pretendido éxito del sistema capitalista?

Como dijo el brasileño Frei Betto: “El escándalo de la Inquisición no hizo que los cristianos abandonaran los valores y las propuestas del Evangelio. Del mismo modo, el fracaso del socialismo en el este europeo no debe inducir a descartar el socialismo del horizonte de la historia humana. Decir que el socialismo fracasó es erróneo; en todo caso, no avanzó como se esperaba, pero definitivamente en todos aquellos lados donde existió, resolvió muchos más problemas que los que produjo el sistema capitalista. En el socialismo nadie murió de hambre, nadie permaneció analfabeto, nadie dejó de tener vivienda y acceso a servicios básicos; nunca un país socialista invadió a otro ni propició golpes de Estado. Pero sin dudas, en la actualidad, no hay muchos logros que mostrar, al lado del discurso omnipresente del triunfalismo del capital, que enceguece con sus oropeles (léase: consumismo voraz,  shopping centers abarrotados y una ética del “sálvese quien pueda” individualista).

El colonialismo no debe repetirse

En este momento ser socialista, seguir abrazando el ideario socialista, seguir esperanzado en un mundo con mayores cuotas de justicia, no es una cuestión de pura fe, de creencia dogmática, ciega, irreflexiva. A una religión se la puede seguir por una pura cuestión de convicción, exclusivamente pasional, ilógica si se quiere (“Creo porque es absurdo”, llegó a decir un teólogo medieval. La fe no necesita demostrarse). Más allá del análisis, incluso, se puede seguir una creencia dejándose arrastrar por la corriente. Pero seguir firme en el ideal socialista es otra cosa. Por cierto, mucho más que dejarse llevar por la corriente, ser socialista sigue siendo una decisión sopesada, una decisión en la que hasta nos puede ir la vida incluso, pero que se alimenta de un profundo principismo, de una ética firme, y de un análisis conceptual contundente. ¿Quién produce la riqueza? La clase trabajadora: de eso no podemos dudar. Se la apropia en su gran mayoría la clase dueña de los medios de producción (banqueros, industriales, terratenientes); esa es una verdad irrefutable, no es cuestión de creencia. Optar por el socialismo es manejarse con conceptos de profundidad científica (materialismo histórico) al par que seguir teniendo sensibilidad social, preocupación y respeto por la dignidad humana. Es seguir creyendo firmemente en la justicia, en que lo más importante para un ser humano es otro ser humano.

La mayoría de los izquierdistas del mundo contemporáneo ignoran la tesis de Carlos Marx y, en su época, Teodoro Petkoff.

Seguir optando por el socialismo no es hacer una apología del amor al prójimo. La experiencia milenaria de la vida y las modernas ciencias sociales nos enseñan que el amor incondicional, el amor por el amor mismo no existe (los dioses omnipotentes podrán amar en forma absoluta. Los humanos de a pie, más modestamente, amamos en forma parcial, fragmentaria, con cuentagotas. El amor es siempre narcisista, conlleva una cuota de engaño). Pero sí existe el respeto –y hay que forjar una cultura que se base en él; eso es el socialismo, en definitiva–. Aunque no amemos incondicionalmente al otro (¿podríamos amar de verdad a todo el mundo?, ¿no tiene algo de mesiánico eso?), podemos y debemos respetarlo. Y la injusticia, en cualquiera de sus formas (explotación económica, subordinación de género, discriminación étnica) es una forma de irrespeto.

La otra opción que tenemos frente al socialismo, el capitalismo, la sociedad asentada en la explotación de una clase social por otra, ya hemos visto hacia dónde puede llevarnos: sólo hacia un holocausto como especie. El afán de poderío, la búsqueda interminable por la supremacía –cosas que pudiéramos estar tentados de tomar como naturales, como factor espontáneo de nuestra humana condición, pero que finalmente se descubren como construcciones culturales, históricas– no pueden ser el norte de la vida. Si lo son, ello depende de una historia que no nos ofrece otra salida, que nos lleva a valorar un teléfono celular o una botella de whisky por sobre otro ser humano. Y ahí radica justamente el trabajo revolucionario, el ser socialista: se trata de cambiar ese mundo, esa historia, esa conciencia. Si se quiere: se trata de ir contra esa corriente dominante.

El capitalismo, la sociedad basada sólo en el lucro personal, olvida el respeto. Si el motor último de la vida es “la ganancia”, amén de ser una vida muy pobre en términos de valores humanos, como construcción social eso es una bomba de tiempo. En nombre de su búsqueda se puede sacrificar la naturaleza completa (la actual catástrofe medioambiental), se generan contradicciones tan profundas que ya no tienen marcha atrás y se vuelven luego inmanejables (sectores sociales “respetables” que viven defendiéndose de los “excluidos” que reclaman su lugar en el mundo, Norte rico “invadido” por pobres que escapan del Sur excluido), todo lo cual genera una bomba de tiempo que por algún lado estalla. O, peor aún, en nombre de defender las ganancias obtenidas, se producen guerras tan mortíferas que ponen en riesgo la habitabilidad misma del planeta. De liberarse toda la energía nuclear contenida en las armas atómicas de que dispone la humanidad hoy día, se produciría una explosión tan monumental cuya onda expansiva llegaría a la órbita de Plutón… Pero ello no impide que cada siete segundos muera de hambre una persona en el mundo, siendo el hambre –¡el hambre y no la guerra!– la principal causa de muerte de nuestra especie. ¿Triste? ¿Indigno? ¿Tremendamente pobre? Eso y no otra cosa es el capitalismo. El socialismo nunca inició una guerra; el capitalismo… ya perdió la cuenta de cuántas.

La derecha podrá mostrar –con razón en muchos casos– que los experimentos socialistas tuvieron innumerables errores: verticalismo, abuso de poder, falta de libertades públicas, nepotismo, ineficiencia, burocratismo, culto a la personalidad de los líderes y una interminable lista de lacras y mezquindades vergonzantes. También la izquierda lo dice en una visión autocrítica de esas experiencias. Ahora bien: de la derecha ya nada se puede esperar, sino más de lo mismo: explotación, saqueo, injusticia, consumismo voraz…, más todas las lacras recién citadas. Por otro lado, el abuso de poder no es un invento del socialismo. Por tanto, el único camino que brinda aún esperanzas sigue siendo el socialismo. Con sus errores, defectos y mezquindades. Pero con esperanza al final del camino. ¿Qué esperar del capitalismo, si justamente tiene como “válvula de escape”, como “salida” a sus crisis, nada menos que la guerra?” Y hoy por hoy, la industria más redituable de todas, por lejos, es la producción de armas, la industria de la muerte. ¿Ese es el éxito?

Las sociedades basadas en la explotación de clase no ofrecen salidas y son, inexorablemente, una afrenta a la equidad entre humanos. Con un horizonte socialista, sabiendo de los errores que los seres humanos cometemos (estamos condenados a ser imperfectos) y sabiendo que hay que enfrentarlos, queda al menos la esperanza respecto a que se busca la justicia, que vamos más allá de la pobreza de la “salvación” personal. La vida es demasiado indigna si se mide por la cantidad de dinero que tenemos depositada en la cuenta bancaria, por el automóvil que usamos o por la ropa que llevamos. Pues como dijo el poeta canario Víctor Ramírez, “aunque no haya motivos para la esperanza, siempre tendremos razones para la dignidadY el socialismo, no olvidarlo, es dignidad.

* Escrito por Emiro Vera Suárez, Orientador Escolar y Filósofo. Especialista en Semántica del Lenguaje jurídico. Escritor. Miembro activo de la Asociación de Escritores del Estado Carabobo. AESCA. Trabajo en los diarios Espectador, Tribuna Popular de Puerto Cabello, y La Calle como coordinador de cultura. ex columnista del Aragüeño

 


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Emiro Vera Suárez (1223 noticias)
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