Globedia.com

×
×

Error de autenticación

Ha habido un problema a la hora de conectarse a la red social. Por favor intentalo de nuevo

Si el problema persiste, nos lo puedes decir AQUÍ

×
×
Recibir alertas

¿Quieres recibir una notificación por email cada vez que Criticic escriba una noticia?

Viajes del libro por el tiempo

03/12/2017 06:17 0 Comentarios Lectura: ( palabras)

Tendrás acceso gratuito a El Saloncito durante un mes. donar aquí.

Las cosas que parecen quietas en el espacio se mueven en el tiempo geológico. Las montañas y las placas tectónicas se desplazan, los mares avanzan y se retiran, los planetas se alejan del sol, las galaxias se extienden y se separan. Ninguno de nosotros vivirá para ver las configuración que la Tierra adoptará dentro de un millón de años (y cuyas energías trabajan incansables e invisibles) y no habrá humanidad cuando se desgarre la materia de la Vía Láctea. El despojo de la experiencia permite ignorar el movimiento pero no puede detenerlo ni ralentizarlo.

Todo el universo está sometido a un movimiento incesante. ¿Todo? No, existe un ámbito irreductible que parece ajeno al tránsito: el libro. Al menos si hacemos caso a las diversas teorías que se presentan como las herramientas definitivas para desentrañar su sentido y precisar (o renunciar) a su valor. El estructuralismo, la close reading, la teoría de la recepción, el abordaje cuántico de Chufo Carpetín, el análisis marxista, el Nuevo Criticismo, el estudio de los símbolos y emblemas, el escrutinio agónico de las influencias, el post-colonialismo... Podemos escoger la que prefiramos, todas, incluso, ay, las que propugnan la historicidad del valor, se presentan como válidas de manera intemporal. Fueron descubiertas en una "fecha", claro, pero aspiran a ser como la rueda: que nos ha servido desde que se inventó igual de bien que hubiese servido a los humanos vivos del milenio anterior.

Además de aspirar a la intemporalidad propia de la rueda, nuestras "teorías literarias" coquetean con la exclusividad. En tanto que herramientas maravillosamente ajustadas al objeto sobre el que se aplican, ¿para qué recurrir a otras? ¿Quién es el majadero que una vez descubierto el martillo se pone a sacar clavos a dentelladas? Así se explica, por ejemplo, que quienes creen que la crítica debería exponer los valores más o menos intemporales de las obras que estudia (sus verdades y bellezas, despegadas del ambiente circunstancial en el que fueron escritas) consideren inconducentes los esfuerzos de la escuela que valora como sobresaliente la obra que se aplica a esclarecer el ambiente social, político y económico que envolvió al escritor.

(Inciso: la tremenda derivación de esta oposición es la disociación profundamente idiota, y nunca lo bastante bien denunciada, según la cual los escritores "sociales" necesariamente deben escribir mal y los escritores "estilistas" necesariamente deben mantener una relación alelada con su propio entorno. Si con frecuencia sucede algo parecido no se debe a ninguna incompatibilidad estructural como la que impide que agua y aceite se mezclen, sino con déficits arraigados en el talento de cada escritor.)

Toda esta aparente exclusividad podemos atribuirla a una ceguera parecida a la que induce al ojo a convencerse de que el perfil actual de las costas es el "definitivo" (sustentada en la inexperiencia de los cientos de miles de años por venir). Pero, ¿y si los libros tampoco se estuviesen quietos? Y no me refiero ahora a la hidrólisis del papel ni a la acidez que debilita los trazos de tinta, sino al sentido mismo del texto que se sostiene sobre la combinación de letras, y que sobrevive a los sustentáculos concretos, de modo muy parecido a como la información genética se prolonga en el tiempo trasvasándose de un vaso carnal y corruptible a otro.

Propongo considerar el "contenido" del libro no solo como algo que "dura muchísimo", sino como una clase de materia que atraviesa distintas fases, que no solo avanza en el tiempo, sino que es alterada por él. El sentido de los libros se parecería a la materia que emplea siglos para viajar de un extremo a otro de la tabla periódica, impulsados por la inercia natural del átomo a transformar su sistema electrónico hasta encontrar y reposar en la estructura estable de los gases nobles. Digamos que al extremo de este proceso un libro como Gilgamesh apenas podrá ya interesarnos por lo que pudiera decirnos de las intrigas políticas de su tiempo (a menos que uno sea un estudioso de las épocas oscuras), que se han atenuado los aciertos de sus observaciones psicológicas y que destaca sobre todo los hallazgos literarios, que si los llamamos "intemporales" es solo porque el tiempo se ha despojado de sí mismo. O si se prefiere, porque el Tiempo en abstracto (su transcurrir) ha erosionado las marcas del tiempo concreto (el que envuelve a cada sujeto que ha existido).

Una obra recién descubierta puede manifestar elementos "intemporales" a ojos muy sagaces, pero solo un bizco vocacional sería capaz de "no ver" los elementos con los que afirma, debate o impugna el tiempo en el que la escritura y la lectura son casi coetáneos. Ya lo decía el Eclesiastés: "Todo tiene su momento oportuno / hay un tiempo para todo lo que se hace bajo el cielo". Y pese a todo, así seguimos perdiendo el tiempo en falsas batallas.


Sobre esta noticia

Autor:
Criticic (1967 noticias)
Fuente:
ctxt.es
Visitas:
1281
Tipo:
Reportaje
Licencia:
Creative Commons License
¿Problemas con esta noticia?
×
Denunciar esta noticia por

Denunciar

Etiquetas

Comentarios

Aún no hay comentarios en esta noticia.